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Ramón de España y una manada de jabalíes

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Manicomio catalán

La mesa del jabalí muerto

"La única protesta ante el plan de exterminio del jabalí catalán ha venido del lazismo. Como el gobiernillo ha recurrido a la muy hispánica Guardia Civil para encargarse del trabajo sucio, los procesistas han puesto el grito en el cielo"

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¿Se acuerdan ustedes de cuando nuestro gobierno autonómico hablaba de crear la Mesa del Jabalí para afrontar convenientemente la excesiva cantidad de esos bichos y la peste porcina que de ellos se deriva?

La verdad es que nadie entendió muy bien de qué iba la citada mesa. ¿Tal vez de crear un cuerpo de negociadores humano-animal que resolviera de forma civilizada los problemas? ¿Crear una brigada de hipnotizadores que convenciera a los jabalíes, tras mirarlos fijamente a los ojos, de que se suicidaran por el bien de la humanidad? La cierto es que nunca quedó muy claro en qué consistiría la Mesa del Jabalí.

Lo descubrimos hace poco cuando se nos informó desde la Generalitat de que se iba a proceder a matar a tiros a todos los jabalíes que encontráramos, por pestilentes y excesivos. Una decisión para la que, francamente, no hacía falta crear ninguna mesa, ya que con un montón de rifles y de matarifes íbamos que chutábamos.

La alternativa, supongo, era comérnoslos, como hacían en el resiliente poblado galo de Astérix y Obélix, pero no parece que entre los catalanes haya mucha afición a la carne de jabalí (yo, al único que veo preparado para imitar a los galos es a Joan Laporta, cuya barriga cada día se parece más a la del hombre del menhir a la espalda quien, por cierto, afirmaba que él no era gordo, sino bajo de tórax: ¿no habría sido bonita una cena de Laporta y sus secuaces al estilo galo, inflándose todos de jabalí para celebrar la victoria electoral de su líder a la luz de la luna, como solía pasar al final de cada álbum de René Goscinny y Albert Uderzo?).

Teniendo en cuenta que el jabalí no deja de ser un cerdo peludo, no entiendo por qué lo hemos dejado fuera de la dieta mediterránea, pues habríamos controlado su expansión y no nos veríamos obligados ahora a asesinarlos. ¿Dónde están los defensores de los animales cuando se les necesita?

La única protesta ante el plan de exterminio del jabalí catalán ha venido del lazismo. Como el gobiernillo ha recurrido a la muy hispánica Guardia Civil para encargarse del trabajo sucio, los procesistas han puesto el grito en el cielo, lamentando que de semejante tarea no se encarguen nuestros agentes rurales y forestales, quienes, por lo menos, matarían en catalán.

Deben haberse dado cuenta de que el jabalí es un animal, sí, pero un animal catalán al que la Guardia Civil, con su maldad habitual y su proverbial catalanofobia, se dispone a matar a tiros. Si usted piensa que aquí lo importante es cargarse a los malditos puercos peludos y pestilentes, es porque no es un buen catalán y le importan un rábano sus conciudadanos de cuatro patas.

Este conato de genocidio constituye una novedad en la manera de hacer de nuestros gobernantes, que hasta ahora se mostraban escandalizados ante la posibilidad de recurrir a la violencia y solo les faltaba recomendarnos que, de la misma manera que negociábamos con los okupas en vez de molerlos a palos, dialogásemos con las cucarachas que se habían instalado en nuestras cocinas.

¿No era Parlem-ne nuestro concepto favorito para solucionar los problemas con gente, humana o animal, con la que no hay manera de hablar? ¿Se habrá dado cuenta, por fin, nuestra más cercana Administración de que hay cosas que solo se pueden solucionar a lo bestia?

Quiero creer que el ataque de la Guardia Civil a nuestros sangliers es un primer paso para empezar a hacer frente a las molestias animales de una manera más contundente. En ese sentido, animo a los picoletos desplazados a Cataluña para que se acerquen por la barcelonesa plaza del mismo nombre y, tras sustituir los fusiles por los lanzallamas, frían a la infecta tropa de palomas sucias y enfermas que afean la ciudad (y, ya puestos, a las viejas locas que las alimentan).

Por mi parte, exijo una pistola Taser para enfrentarme a mis propias cucarachas, que cada día están más gordas y se parecen más a Laporta (para mí que los insecticidas les sientan bien). Y en cuanto a los jabalíes, una vez descontados los que le tocan al presidente eterno del Barça, ¡fuego a discreción!