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El economista Simón Pérez

El economista Simón Pérez

Manicomio catalán

La muerte en directo

"Resulta pasmoso que exista gente que, cuando apaga el ordenador, parece normal, pero no lo es"

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¿Se acuerdan de Simón Pérez Golarons? Durante un tiempo no tan lejano, fue el economista estrella de la televisión. Parecía un tipo serio que sabía de lo que hablaba y que estaba especialmente versado en el proceloso tema de las hipotecas.

La gente lo veía y lo escuchaba. Hasta que se cayó con todo el equipo (y con su compañera sentimental y de tertulia financiera, Silvia Charro) el día en que apareció en pantalla puesto de alcohol y cocaína --ella también-- y se dedicó a desbarrar y a mostrar una conducta que piadosamente tildaremos de errática en la que no faltaban las risas a destiempo y los comentarios chocarreros.

De la noche a la mañana, el señor Pérez Golarons se convirtió en un paria: lo despidieron de su trabajo, la novia lo acabó plantando y dio inicio a un descenso a los infiernos del que aún no ha salido.

Actualmente, se gana la vida (si a eso se le puede llamar vida) atendiendo a retos absurdos y humillantes en internet con los que se financia las drogas y se pone en peligro constantemente, como aquel personaje de la serie Black Mirror que, falto de monises, entraba en el mundo alternativo de la tortura en directo, financiada por una pandilla de tarados que disfrutan viendo como alguien se brutaliza al máximo.

No hace mucho vi a Silvia Charro por televisión, explicando lo que le había costado salir de las drogas y el escaso éxito cosechado al intentar que su pareja siguiera su ejemplo. La entrevista se completaba con unas imágenes de la actual vida de Simón en un sucio chamizo desde el que se conecta con sus torturadores de pago y obedece sus instrucciones para que le envíen unos euros vía Bizum.

Simón no sabía cómo salir de su situación, pero tampoco parecía tener muchas ganas, como si se hubiera hecho a la idea de que iba a tener que seguir con lo suyo hasta reventar: me vino a la cabeza el final de Días de vino y rosas, cuando Jack Lemmon, que ha salido de su horror particular, ve por la ventana a Lee Remick entrando en un bar.

La vida social de Simón es prácticamente inexistente y da la impresión de ir de casa a la guarida del camello y de la guarida del camello a casa, pero le dio tiempo a conocer a un tal Sergio, un tipo de Vilanova i la Geltrú con problemas de drogas y en tratamiento psiquiátrico al que le pareció una buena idea seguir su ejemplo y convertirse en un fenómeno de la tortura en directo.

Simón le dio unos consejos y supongo que también la bienvenida a su maravilloso mundo. Sergio murió hace unos días en el apartamento de su madre en Vilanova tras aceptar el reto de sus verdugos: zamparse una botella de whisky y seis gramos de cocaína en menos de tres horas.

Cuando su familia accedió a su habitación, se lo encontraron arrodillado frente a la cama y con la cabeza apoyada en el colchón. El ordenador seguía conectado y se oía a sus torturadores mientras intentaban inútilmente comunicarse con él, aunque no sé para qué, ya que su objetivo se había cumplido: ver morirse a alguien en directo.

No le vamos a echar la culpa de esto al desdichado Simón, que bastante tiene con lo suyo, pero sí a los irresponsables tarados que financian sus actividades y las del difunto Sergio. ¿Cuánta mierda hay que almacenar en el cerebro para poner en marcha y financiar estos suicidios más o menos demorados?

Estamos ante la versión tecnológica del viejo maltrato al tonto del pueblo. O ante una nueva aproximación a los monstruos de feria que se ganaban la vida recibiendo leñazos de los espectadores, como sucedía en la desoladora novela de William Lindsay Gresham Nightmare alley (El callejón de las almas perdidas), llevada al cine en dos ocasiones.

Supongo que la policía hace lo que puede para detectar a estos torturadores de sillón que disfrutan viendo a alguien envilecerse en su presencia por cuatro perras. Pero resulta pasmoso que exista gente así, gente que, cuando apaga el ordenador, parece normal, pero no lo es. Sergio no ha resistido tanto como Simón. A ver a quién le toca a continuación.