El 'sanchismo' toma Andalucía

Carlos Mármol
6 min

Las bases del PSOE andaluz se han vuelto conservadoras sin dejar de ser fenicias. Esto es: han apostado por un cambio de caballo en el cartel electoral pero sin acompañar esta decisión con un cambio de costumbres. En un partido que ha gobernado durante tres décadas y media la gran autonomía del Sur, influyendo de manera decisiva en el curso de la política nacional desde los tiempos del felipismo y, hasta hace sólo dos años, ejerciendo un importante papel de equilibrio territorial ante el aggiornamento del PSC, excesivamente comprensivo con la cuestión nacionalista dentro de la organización socialista, la victoria de Juan Espadas –que es la de Ferraz– abre una etapa donde los mismos actores encarnarán papeles diferentes. 

El guión, sin embargo, todavía no pasa del primer acto: el futuro que tendrá la toma de Andalucía por parte del sanchismo es una incógnita en términos electorales, dado que toda la ceremonia en curso se ha limitado exclusivamente a sacar del cuadro a Susana Díaz, que ha sido derrotada con el mismo procedimiento que a Ella le ha permito hacer su carrera política: el arte (sin ensayo) del clientelismo orgánico. El triunfo del aparato el PSOE no es sorprendente pero sí llamativo teniendo en cuenta que es una vuelta a las esencias. En las primarias que en su momento ganó Sánchez, las bases votaron en contra de los patriarcas, las fuerzas vivas y toda la nomenclatura misma del socialismo. Un voto antisistema

Díaz pretendía emular la hazaña –que significó el principio de su naufragio– disfrazándose de outsider. Su campaña ha sido inteligente pero se ha topado con que, aunque ha peleado la partida hasta el final, el cuerpo electoral de militantes respiraba otro aire. La razón del cambio de tendencia es evidente: Díaz convirtió a Sánchez en un mártir cuando decidió dar el golpe de Estado en Ferraz en 2016. Esa imagen devolvió al presidente del Gobierno a la cúspide del partido y, un poco más tarde, moción de censura mediante, lo hizo entrar en la Moncloa. La expresidenta de la Junta nunca ha sido una víctima del aparato, sino su representación. Su puesta en escena ha sido vistosa pero carecía de la credibilidad suficiente ante los militantes, que saben que es preciso que cambie algo –Lampedusa– para que todo siga igual. 

La oposición, creen en ambas orillas del socialismo andaluz, es un epifenómeno. Para todos ellos sin excepción la normalidad es gobernar la Junta. La pérdida del Quirinale es vista como una anomalía histórica. Volver a ser lo que fueron –como reza el himno de Andalucía compuesto por Blas Infante– implicaba mudar de líder, pero no por idealismo, sino por puro materialismo dialéctico: intentar recuperar poder, que es la fuente que ha alimentado a las sucesivas sagas familiares del PSOE, exigía presentar otro candidato, incluso uno quietista, como Espadas, aunque su designación no garantice el retorno a San Telmo ni venga acompañada de un proyecto nuevo ni, al cabo, vaya a suponer un viraje de índole social. 

Las primarias del PSOE en Andalucía no se han adelantado para esto. Se han planteado para resolver una situación enquistada –el enrocamiento de Díaz y su menguante entorno en la dirección regional– facilitada en buena medida por la falta de decisión de Ferraz. Tal dilación permitió a la expresidenta intentar –a la desesperada– un resurgimiento que, para todo aquel que conozca el PSOE andaluz, era imposible. No se puede decir, sin embargo, que haya sido derrotada con facilidad: el 38% de votos conseguidos, sin capacidad real de ofrecer prebendas ciertas a los militantes, en cierto sentido es un cierto éxito moral, aunque en la práctica vaya a servirle de poco. Una derrota menos amarga, pero definitiva.

Las cosas, en la vida, terminan asentándose. La percepción que los demás tienen de uno, en política, es trascendente. Díaz ha peleado hasta su ocaso. Probablemente es el gesto más digno de una carrera marcada por la soberbia y el absolutismo patológico. Loable, pero estéril. Por experiencia sabe que lo trascendente en el PSOE andaluz no son las ideas, sino los intereses (creados). Y con este material fungible es con el que Ferraz ha tomado Andalucía.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa literatura prosaica que es el periodismo. Empezó su carrera profesional en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo que fundó Diario de Sevilla (1999-2012), donde ha ejercido como subdirector, articulista y editorialista. Desde 2013 es columnista en los diarios La Vanguardia y El Mundo, además de coordinador editorial de Letra Global, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología Hispánica. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.