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Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente de Andalucía gracias al pacto entre las tres derechas –PP-Cs-Vox–, comenzó la campaña electoral del histórico 2D a las puertas de un prostíbulo, clausurado unos años antes, en el que los altos cargos del difunto susanato socialista se gastaban el dinero para luchar contra el desempleo en congas privadas hasta altas horas de la madrugada. Mientras los portavoces del peronismo rociero reivindicaban la liberación femenina –sin construir ni una maldita guardería que permitiera a las mujeres conciliar la maternidad con el trabajo–, sus huestes pagaban con cargo al presupuesto (de todos) sus alegrías de entrepierna.

A Moreno Bonilla los socialistas le criticaron mucho por aquella foto, pero unas semanas después, con menos votos aún que cuando empezó la campaña, los desalojaba de San Telmo después de casi cuarenta años de hegemonía. La demagogia funciona como argumento político; sobre todo cuando la realidad también lo es. En política los espacios cuentan. Y mucho. Si están vacíos, se ocupan. Y si tienen un significado metafórico se incorporan al relato electoral. Suponemos que eso es lo que buscaba Inés Arrimadas plantándose ayer en Waterloo, residencia de Puigdemont, el napoleoncito de los del lacito, para proclamar lo que ya dijo –en un perfecto catalán– el mosso de la Lonja del Mar: “La república no existe, idiota”.

Horas después de anunciar su salto a la política nacional, la ahora candidata al Congreso por Barcelona buscaba arrancar la carrera electoral destruyendo la estampita a la que rezan todas las noches, antes de irse a la cama, los salvíficos soberanistas, esa gente capaz de llamar fascistas a los venerables viejos republicanos del exilio. Está por ver, sin embargo, que el movimiento de Arrimadas vaya a tener un saldo político positivo. Porque por mucho que Cs, cuya coherencia argumental ha ido entrando en una crisis más profunda a medida que ganaba respaldo social, argumente lo contrario, su marcha a Madrid es la muestra (tardía) de un fracaso, la aceptación (tácita) de una renuncia. Un inevitable final de época.

Tras ganar las elecciones en Cataluña, Arrimadas ha hecho todo menos cumplir con su deber en el Parlament. Ni intentó en su día una investidura –aritméticamente inviable pero moralmente necesaria–, ni ha hecho valer desde entonces su condición de primera fuerza política y alternativa al soberanismo. Tampoco ha sido capaz de evitar el cierre técnico de la cámara legislativa catalana, una imagen que evidencia cuánto creen los independentistas en la democracia.

Cs parece renunciar con esta operación al objetivo mismo con el que nació: defender el constitucionalismo en Cataluña, que es donde está en peligro. La salida de Arrimadas, previsible desde hace bastantes meses, deja al partido sin referente en Barcelona y supone una alegría –chusca– para los nacionalistas, que saben que el perfil de la política jerezana representa la Cataluña que ellos niegan: aquella que se convierte en destino personal por voluntad propia, no por nacimiento ni por el mito estúpido de la identidad familiar.

Por mucho que algunos digan que la lucha contra el soberanismo debe hacerse desde Madrid, los hechos cuestionan esta tesis. Todo lo que ha ocurrido en los últimos cuarenta años en Cataluña no se explica sin las sucesivas cegueras (interesadas) de los políticos de la capital del Reino. Desde González a Aznar, pasando por Zapatero y Rajoy. Arrimadas, además, cambia de espacio político no por convicción, sino porque entre su carrera y el sacrificio que supone permanecer en las trincheras en un territorio tan hostil ha pesado más lo primero que lo segundo.

En esto la candidata de Cs no es distinta a otros políticos de su generación, para los que el narcisismo es más trascendente que el bien común. Nadie puede negarle a Arrimadas el mérito de haberse enfrentado al monstruo del nacionalismo desde sus entrañas. Pero esta muestra de valor (pretérita) no anula la evidencia venidera: con su marcha abandona a su suerte a los mismos votantes a los que ahora vuelve a pedirles el voto mientras viaja entre Madrid y Waterloo. Le deseamos suerte en las elecciones del 28A. Le va a hacer más falta de la que piensa.

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¿Quién es... Carlos Mármol?
Carlos Mármol

Estudió Poética, pero desde hace tres décadas se dedica a esa forma de literatura prosaica que es el periodismo. Empezó en El Correo de Andalucía (1990-1999). Más tarde formó parte del equipo directivo fundacional de Diario de Sevilla (1999-2012), donde fue subdirector, columnista y editorialista. Desde entonces es articulista de opinión en los diarios El Mundo y La Vanguardia y coordinador editorial de #LetraGlobal, el spin-off cultural de Crónica Global. Doctor en Teoría de la Literatura, Máster en Literatura General & Comparada y licenciado en Filología. Lee, escribe y viaja. No siempre por este orden.