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La Ahnenerbe y el Ministerio del Tiempo catalán

Julio Murillo
6 min

Lo reconozco, soy incorregible, no tengo remedio. Mi médico de cabecera y mi psicólogo argentino me habían advertido de las nefastas consecuencias de algunos de mis hábitos cotidianos, pero lejos de obedecerles, y dedicar estos días de Semana Santa al recogimiento y al dolce far niente, me levanto y voy directo --café con leche en ristre y en zapatillas-- a ojear la prensa digital. Y me doy de bruces con un artículo en el que se relacionan los últimos y asombrosos hallazgos del Institut Nova Història. "No lo leas, imbécil, o acabarás en urgencias" --me he repetido--, pero que si quieres arroz...

Me doy de bruces con un artículo en el que se relacionan los últimos y asombrosos hallazgos del Institut Nova Història. "No lo leas, imbécil, o acabarás en urgencias"

Los discípulos de Cucurull confirman que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, era en realidad Ferran Ramon Folch de Cardona, propietario de latifundios en el sur --y de ahí el error de naturalizarlo español--; que jamás existió un tal Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, pues era ese un título honorífico que detentaban los condes de Urgell y de Cabrera, y que pasaba de padres a hijos, creando de este modo un linaje que inmersionaba a los musulmanes amb un somriure: o bien recitaban un Virolai a la Moreneta o bien morían mirando a la capital de Cataluña, que seguramente seguía siendo Damasco. Aunque eso habrá que preguntárselo a Oriol Junqueras.

Ojiplático y al borde del delírium trémens continúo leyendo los resultados de la investigación realizada por Lluís Maria Mandado y Pep Mayolas, que no dudan en rebautizar la Guerra de Sucesión como Guerra de Sumisión. Una risa histérica empieza a escaparse por las comisuras de mis labios cuando descubro que tampoco Don Pelayo y Covadonga existieron, ya que según ellos la Reconquista comenzó en Nîmes y fue cosa de aguerridos catalanes, que fueron liberando Asturias y León mientras asaban calçots y le daban al porrón.

Una monumental carcajada hace que mi mandíbula salga disparada. Gateo como un niño hasta dar con ella y recolocarla. Furioso me dirijo a la biblioteca, dispuesto a destruir la obra de Ferran Soldevila y Vicens Vives, pero recuerdo --¡Ay, miserere mei, deus!--, que ya hice trizas sus libros tiempo atrás, cuando supe que Santa Teresa de Jesús veía al Mesías entre los pucheros del convento de Pedralbes; que Cervantes era Miquel Servent; que Amerigo Vespucci era Aymerich Despuig; que Colón era Cristòfor Colom --cuyo hijo, Erasmo, inventó el erasmus, o año sabático, y se fue a Rotterdam--, o que Wifredo el Velloso fundó el Imperio Romano.

Decido entonces encender la chimenea a base de ir quemando los cinco preciosos tomos de la Historia de la Corona de Aragón y Cataluña del sublime Víctor Balaguer, historiador de la Renaixença nunca apreciado por los nacionalistas porque escribía en castellano, el muy cabrón. Y a medida en que arden grabados y capítulos, se hace la luz en el centro de mi abrasado cerebro, y prorrumpo en un formidable y liberador eureka que ni Arquímedes de Siracusa al sumergirse en la tina.

Finalmente lo entiendo todo, absolutamente todo...

Finalmente lo entiendo todo, absolutamente todo. Existió una conspiración española, que se extendió por todo el orbe, destinada a borrar toda huella o vestigio de la gloria catalana

Existió una conspiración española --que se extendió por los reinos, cortes, archivos y bibliotecas de todo el orbe--, destinada a borrar toda huella o vestigio de la gloria catalana. Pero de algún modo los testarudos miembros de la Ahnenerbe nacionalista han logrado encontrar la manera de evidenciar ante el mundo tan vil mentira.

Seguramente Rull y Turull, que son un par de belluguets, o tal vez Homs, que tiene cara de ratón sabelotodo, en una inspección rutinaria por las cloacas de la Plaza de Sant Jaume, en la que buscaban cerciorarse de que la ruta de huida de Companys permanecía expédita, por si era necesario utilizarla de nuevo tras la DUI, encontraron un agujero de gusano, una puerta espacio temporal, un vórtice negro. Alborozados corrieron a comunicárselo a Cucurull, que dando un respingo cayó de espaldas maravillado...

Ahora lo sé. Los nacionalistas catalanes controlan el Ministerio del Tiempo y recorren el laberinto de la Historia. Asoman la nariz, aquí y allá, y corroboran que Hernán Cortés, Garcilaso de la Vega, Juan Sebastián El Cano, Séneca, el Arcipreste de Hita y Estrellita Castro eran catalanes de no menos de 16 apellidos incontaminados.

De nada va a servir que el Gobierno central, los constitucionalistas, aterrados, intenten contrarestar semejante proeza con una serie patriótica en la televisión pública estatal: Catalonia rules the waves y, por si fuera poco, controla también las eras... Por lo tanto, no lo duden: #AixóEsImparable y #MarxemMarxem

Juro que cuando me recupere del cebollazo que produce tanta lucidez pienso llamar a Cucurull, a ver si me da trabajo, porque como historiador soy de lo mejorcito. Lo conseguiré, ya que estoy convencido de que todavía no ha reparado en que el insigne Ramón María del Valle-Inclán era en realidad Ramon de La Vall d’Inclà.

Así se explica que el esperpento sea inestimable contribución catalana a la Historia de la Humanidad.

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¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.