Un kit para la secta

Mireia Esteva
7 min

El filósofo y sociólogo Max Weber y el teólogo Ernst Troeltsch definieron el concepto de secta en contraposición a iglesia. Habría mucho que hablar de la Iglesia y nos angustian la cantidad de pedófilos que se amparan en ella; los consejos que continuamente nos dan para mejorar nuestra vida sexual, desde su condición de célibes; el respeto a la momia del dictador ante los restos de sus innumerables víctimas y las inmatriculaciones indiscriminadas, apropiándose durante décadas de bienes de dominio público. A pesar de todo esto, ahora no hablaré de la Iglesia.

Me gustaría utilizar el concepto de secta en otro contexto, ajeno a la misma religión. Me refiero a conceptos contrapuestos entre una comunidad inclusiva que acoge en su seno al santo y al pecador frente a otra (la secta) que solo acepta adeptos comprometidos. Según Weber, en el caso de la secta, la pertenencia es voluntaria y ha de merecerse.

Cuando los dirigentes independentistas se refieren a un supuesto "mandato del pueblo catalán" están construyendo una comunidad excluyente donde sólo caben los independentistas. ¿Cómo se puede construir un país nuevo ignorando a más de la mitad de los catalanes? ¿Cómo puede pretenderse que sólo formen parte de esa nueva sociedad los que se sientan ideológicamente compenetrados? Aparte del deseo de construcción de una sociedad aislada y excluyente, ¿hay más cosas que nos recuerden al funcionamiento de una secta?

Sociológicamente, una secta sería un grupo más o menos numeroso de personas que se escinden de un grupo mayor al que consideran falso. Las sectas son grupos cohesionados y bien organizados, construidos entorno de una doctrina que se fundamenta en dogmas y verdades no contrastadas, cuyos miembros son proclives al fanatismo precisamente por esto. Propugnan un nuevo sistema de vida y suelen seguir a un líder carismático. Otras características de las sectas es que suelen captar adeptos entre las clases medias y acomodadas, rechazan la sociedad en la que viven y sus instituciones, etiquetando como enemigos a todos aquellos que están fuera del grupo. Su actividad principal es el proselitismo y la recaudación de dinero y hay un control absoluto sobre la información que llega a los adeptos.

Cuando veo en las manifestaciones independentistas aquellas grandes masas de gente que habiéndose comprado previamente el kit del buen independentista, se mueven en grandes coreografías perfectamente organizadas, todos vestidos iguales, coreando las mismas consignas, he de decir que más que causarme admiración, me preocupa. Unos hacen caja con el kit. De otros, me pregunto: ¿Qué hacen con ese kit cuándo llegan a casa? ¿Guardan los de cada año? ¿Lo ponen en la vitrina con el santo?

Actualmente el independentismo está gobernado por un líder carismático, Puigdemont, que pese a no haber sido elegido por el parlamento y viviendo a kilómetros de distancia, exige que sus órdenes sean ejecutadas sin la menor crítica. Quim Torra, el presidente de la Generalitat elegido a dedo por Puigdemont y ratificado en sede parlamentaria, no se atreve a levantar cabeza ni siquiera para utilizar los despachos de la Generalitat, custodiados con veneración para el ausente de Waterloo. Todo en su entorno se mueve con un respeto sacralizado hacia el líder. La elección de los cargos públicos, se basa más en criterios de obediencia que de capacidad. Temerosos, prefirieron cerrar el Parlament antes de dejar a Puigdemont sin escaño y reconocer que ya no está. Cuando veo todo esto me pregunto si no existe una idealización totémica, casi religiosa, del personaje.

Muchos hablan de la escisión de Cataluña en dos comunidades, que el independentismo no reconoce de palabra, aunque si de hecho, ya que cuando habla de y para los catalanes ignora sistemáticamente a los no independentistas. El independentismo se ha constituido al margen del resto y se organiza contra el disidente para ejercer presión, sometiéndolo a insulto, boicot y acoso. En muchos casos se han roto los lazos sociales con familiares, amigos, compañeros de trabajo o estudio, que si existían antes de la entrada en esa comunidad totémica. Hemos visto el intento de controlar la información y cómo se ha propugnado desde las mismas instituciones un rechazo total de la sociedad y sus instituciones. Desde fuera, muchos vemos a amplios sectores del independentismo, separados en una comunidad cerrada, inmunes a hechos y razonamientos que no cuadren con su ideología. Esperemos no haber llegado a lo que define a una secta como destructiva, cuando ocasiona la destrucción total o severa de los lazos y comunicación afectiva del sectario con su entorno social habitual y consigo mismo. Sin embargo, algunos deberían empezar a reflexionar sobre el hecho de que, si partes de este movimiento no funcionan ya como una secta, cada vez se les parecen más.

De momento, los líderes independentistas no demuestran suficiente valentía colectiva para reconocer que han estado engañando a sus seguidores con promesas incumplibles. Sin saber hacia dónde ir, con seguidores enfervorecidos que no les pasan factura, me temo que poco a poco se dedicarán menos a hacer política y más al cultivo de su propia liturgia y a mantener la parroquia. Como vimos el 11S, la liturgia incluye callar con veneración hasta el minuto 17.14 y romper con rabia y obediencia muros imaginarios en el momento exacto en que lo marca el guion previamente programado. Extraña mezcla de cultivo de emociones de inmolación, victimismo, rabia y destrucción, en este orden y todos a una. Emociones negativas, pensadas para construir desafección.

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¿Quién es... Mireia Esteva?
Mireia Esteva

Escritora y licenciada en Biología. Ex consultora de la OPS en Washington. Desempeña responsabilidades de dirección en la Administración pública catalana.

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