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La casa de Muñoz Ramonet / EP

Muñoz Ramonet, el hombre que controló el contrabando de algodón

La herencia de Muñoz Ramonet dispersó la portentosa colección de arte que había iniciado Ròmul Bosch

10 min

El día que se acabaron los patios nazarís, los salones de estilo francés o la decoración pompeyana, las colecciones de arte abandonaron los palacetes. Las edificaciones noucentistas atravesadas por jardines, fueron, en el primer cuarto del siglo pasado, el equivalente catalán de los palacios romanos de Bramante o de las villas inspiradas en el Cinquecento, esparcidas por la línea costera de la Toscana. En Barcelona, los palazos fueron el espacio escénico familiar de quienes necesitaban reafirmar su posición adquirida para ponerse a la altura de la nobleza de sangre.

Con los años, sus colecciones privadas acabaron engrosando los fondos museísticos o se reunieron en espacios destinados a ser embellecidos por artistas, cuyas obras tenían un significado concreto. Además, un grupo de colecciones valiosas se dispersaron o acabaron siendo pignoradas por prestamistas y embargadas por los tribunales de justicia o por el Fisco. Este último fue el caso del empresario y financiero, Julio Muñoz Ramonet, el hombre que controló en la posguerra el contrabando de algodón y los negocios del estraperlo, y que colgó en las paredes de su mansión, el palacio del Marqués de Alella,  piezas conocidas de Goya, El Greco, Ribera, Velázquez y Grünewalad.

En una etapa depresiva, Julio Muñoz Ramonet y su hermano, Álvaro, adquirieron a buen precio un buen número de empresas textiles (básicamente algodoneras), entre ellas la Unión Industrial Algodonera y Can Batlló, para crear un trust textil de casi 50.000 empleados. Abordaron también[ ​ la adquisición de grandes almacenes en Barcelona, como El Siglo y El Águila y se hicieron con el control de fincas singulares, como el Palau Robert, el Hotel Ritz y el citado palacete del Marqués de Alella, ubicado en la calle Muntaner, hoy propiedad municipal.  

En su etapa de expansión, Muñoz Ramonet amplió su imperio en el sector inmobiliario y en las finanzas, con la emblemática Compañía Internacional de Seguros (CIS) y con la fundación de dos bancos, con sede en Suiza: el Spar-und Kreditbank y la Banque Genevoise de Comerce et de Crédit. Después de atravesar las etapas de crecimiento inflacionario, con la llegada de la estabilización, los negocios fáciles empezaron su declive. Internacional de Seguros, que se había convertido en el mascarón de proa del magnate, instó quiebra y entró en un proceso concursal declarado fraudulento, con un pasivo no retornado de casi 5.000 millones de las antiguas pesetas.

Se concretaba así el naufragio de los negocios nacidos del estraperlo, que habían protagonizado una descomunal diversificación. El derrumbe empresarial de Muñoz Ramonet era una de las piezas de dominó que habían ido cayendo en la llamada “crisis financiera de los setentas”, iniciada por la liquidación del Banco de Navarra, de la Banca Coca y del Banco de los Pirineos, una marca gestionada hasta entonces por el industrial papelero Higinio Torres Magem.

Para entonces, la debilidad del grupo Muñoz se había convertido en crónica al exacerbarse sus discrepancias con el Banco Central y de ser estigmatizado por los llamados Siete Grandes, presidentes de los grandes bancos españoles, vinculados al burocracia del Estado y a las propiedades de ultramar (Hispano Americano), a la aristocracia propietaria de las grandes fincas con penetración en los nuevos negocios (Banesto), al comercio internacional (Banco Santander), al hierro y el acero (Banco de Bilbao) o al Opus Dei, como grupo de presión (Banco Popular). Su contencioso con el Central, presidido por su ex suegro Ignacio Villalonga, acabó por convertirse en el detonante de su desprestigio en el mundo de los negocios, ya muy tocado por las denuncias públicas de la familia de Leónidas Trujillo, dictador dominicano y antiguo socio de Muñoz Ramonet.

El cerco judicial sobre Muñoz se hizó más fuerte cuando la Audiencia Nacional lo acusó de estafa y falsedad documental; el empresario y coleccionista huyó de la justicia española y estableció su residencia en el hotel de lujo Quellenhof, en Bad Ragaz, Suiza, donde pasó los últimos años de su vida, temiendo al cerco impuesto por la Interpol. Murió en 1991 dejando el palacete del Marqués de Alella y toda su valiosísima colección de arte a la ciudad de Barcelona, pero sus hijas ocultaron el testamento. En 1994, el Ayuntamiento de la ciudad recibió una carta del pintor alemán Bernd Walter, quien, en venganza por no haber cobrado un préstamo del empresario, descubrió el fraude. Muñoz había legado el palacete de la calle Muntaner y todo su contenido a una fundación que llevase su nombre, cuya gestión dejó en manos del municipio. Este testamento provocó un litigio judicial entre el consistorio y las hijas de Muñoz. El legado quedó paralizado por la impugnación de sus hijas, en un largo litigio que duró quince años. ​

Rincón del jardín de la casa de Muñoz Ramonet en Barcelona / CG
Rincón del jardín de la casa de Muñoz Ramonet en Barcelona / CG

Al abrir la mansión, el erario de la administración local recibió marcos desconchados y tapices  raídos sobre las paredes rugosas del palacete del Marqués de Alella. En la mayoría de salas de la segunda planta, se apilaban en el suelo decenas de cuadros, apoyados contra la pared. Unos lienzos en los que se repetían  las firmas de Jordi Rollán, Ramon Aguilar Moré y Jordi Curós, a quien la familia Muñoz Ramonet compraba obras habitualmente, por lo que los expertos consideran ahora que no pertenecen a la valiosa colección artística de los años 20  iniciada por Ròmul Bosch Caterineu (antiguo propietario de Unión Industrial Algodonera, adquirida por Muñoz Ramonet). El origen de algunas piezas valiosas que fue incorporando la familia de Bosch procedían de  subastas celebradas en los años 20  en el Hotel Drouot y la Galería Georges Petit de París o las de la casa Christie de Londres .

Tras hacerse con la empresa algodonera de los Bosch, Unión Industrial se unió a la holding Unitesa, cuyas instalaciones y telares desaparecieron en 1964 bajo las aguas del embalse de Sau. Bosch Caterineu tuvo que vender parte de su colección para hacer frente a la crisis de 1934, cuando el textil tocó fondo por primera vez. Para recibir un crédito de la Generalitat republicana (a través del Instituto de crédito oficial de entonces, el ICAF) tuvo que depositar una parte importante de su colección como garantía en Museos de Barcelona, la institución que englobaba el Museo Arqueológico, el de Artes Decorativas y el Museo de Arte de Cataluña, antecedente del actual MNAC.

La adquisición de Unión Industrial se produjo tras la muerte de Bosch Catarineu y, al comprobar que los activos del fallecido formaban parte del balance de la compañía, Muñoz Ramonet fue consciente de que poseía los derechos de una colección de arte muy valiosa. Tuvo que hacer frente al préstamo del año 34 concedido por el ICAF, pero se benefició de las enormes ventajas que le ofrecía el bando nacional, gracias al vendaval de la guerra y a la entrada de los nacionales en Barcelona. Aunque la colección contenía obras del gótico y del románico, Muñoz valoró especialmente los lienzos de Marià Fortuny, Anglada Camarasa, Francisco de Goya, el Greco y Luis Paret y Alcazar.

Entendió que podía convertirse en un mecenas de la cultura pese a partir de un desconocimiento absoluto y reduciendo los oleos de los grandes maestros a su valor monetario. Así empezó a dispersarse una de las grandes colecciones de los últimos cien años. La experiencia demostró, una vez más que el arte como valor no resiste el paso del tiempo; es adquirido y vendido, como refugio[]​ o como rescate, en momentos de crisis; pero a la larga, no supera la erosión de los ciclos económicos.

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