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Montserrat y el obispo gaditano

Montserrat y el obispo gaditano

Tras varios intentos, fue Urquinaona el que logró que el Vaticano aceptase el Patronazgo y la Coronación de la Virgen, hoy utilizada como símbolo nacionalista

25.03.2018 00:00 h.
9 min

Las caprichosas formas de su relieve hacen de Montserrat una montaña única, un conglomerado que sorprende a los viajeros que se acercan y que trepitja a los vecinos de las comarcas de la Anoia, del Bages y del Baix Llobregat, un macizo que para los habitantes del Vallès es el dueño del horizonte en el ocaso. Cor de Catalunya, con esta sentida expresión se suele denominar el impacto simbólico de la montaña y del monasterio de Montserrat; las guadianescas e históricas alianzas de sus abades con las élites, gobernantes o no, han hecho el resto.

Los estrechos vínculos con el poder comienzan con la leyenda de fray Garí y el asesinato de la hija de Guifredo el Velloso. Sí está documentado que en el año 888 este conde donó al monasterio de Ripoll el lugar con sus ermitas. En 1027 el Abat Oliba favoreció la constitución de una comunidad monástica con la que se inició la construcción de una iglesia románica en un sitio cercano a la cueva donde, según la tradición, unos pastores habían encontrado una imagen de madera en el año 880. La difusión de los milagros de la Virgen fue en paralelo a su devoción, conociéndose peregrinaciones populares desde en el siglo XII.

Felipe II

No fue casualidad que el nuevo santuario se construyese al mismo tiempo (1560-1592) que El Escorial, fue un empeño de Felipe II que se había desplazado hasta la montaña para supervisar personalmente las obras de la nueva basílica. La devoción de la Casa de Austria continuó con los sucesivos monarcas. La Moreneta fue entronizada en presencia de Felipe III en julio de 1599, y en 1626 Felipe IV también visitó el nuevo santuario.

Las excelentes relaciones con la Corona no se correspondieron con el trato recibido por los monjes benedictinos castellanos. Desde 1493 el monasterio estuvo vinculado a la Casa madre de la orden en Valladolid, ello significó la presencia de catorce monjes castellanos en Montserrat. Los conflictos desde entonces fueron constantes, hasta que en 1563 se acordó que se alternaran catalanes y castellanos en los cargos de abad y prior. Los ánimos lejos de calmarse fueron a más y, después de idas y venidas, de acuerdos y desacuerdos, en 1640 se produjo la expulsión de todos los monjes castellanos.

Pese a todo, y como ya demostró Henry Kamen, en la Europa de la Contrarreforma Montserrat no fue un referente por su catalanidad sino por ser un símbolo de la cultura religiosa internacional. Para los franceses y para los españoles era un lugar clave de la devoción mariana, y por su santuario pasaron todo tipo de personajes, desde cardenales y embajadores hasta peregrinos pobres. Su devoción trascendió fronteras y mares, y en muchos pueblos castellanos y americanos se levantaron altares y capillas para adorar la milagrosa virgen negra.

Catalanización 

En 1871 el abad Miquel Muntades publicó una historia de Montserrat en la que, basándose en el pasado, proponía la reconstrucción de sus edificios --destruidos por la invasión napoleónica--, fortalecer la devoción y, sobre todo, dotar de un nuevo significado a la montaña, al monasterio y a la Virgen. Los pasos siguientes fueron rápidos y en el mismo sentido: se trataba de unir el hecho religioso y el fervor patriótico con el objetivo de celebrar a bombo y platillo el milenario del hallazgo de la primera imagen. Los hombres de la Renaixença se sumaron apasionadamente al proyecto. La combinación no podía ser más exitosa para que la montaña culminase su simbólica catalanización: marco natural único, leyendas y tradiciones, ruinas de un pasado glorioso y muy antiguo, espiritualidad católica y regionalista, etc. 

El ecléctico equipo director de la operación estuvo formado por el abad Muntades, el canónigo y periodista Jaume Collell, el poeta y sacerdote Jacint Verdaguer y el cura carlista Félix Sardà. Colell resumió muy bien el espíritu con el que estaban preparando la celebración: “Era per Catalunya una nova aparició de la Verge”. Los obispos catalanes entusiasmados pidieron al Papa que declarase a la Moreneta patrona de Cataluña. El Vaticano era reticente ante un movimiento tan regionalista y tan conservador.

Urquinaona

Hubo que dejar de lado el integrismo catalanista y abrazar el regeneracionismo y el nuevo impulso de la acción social de la Iglesia. Fue un obispo gaditano recién llegado a Barcelona el que logró el anhelado objetivo. José María Urquinaona se trasladó a Roma y en su visita al Papa consiguió que aceptase el Patronazgo y la Coronación de la Virgen. Como ya no se podía celebrar en el día de las montses (27 de abril), el acto se realizó no por casualidad en otro día simbólico: el 11 de septiembre de 1881.

En días posteriores se completaron las fiestas con la bendición de la Virgen sobre Cataluña y demás territorios catalanohablantes, y con el ofrecimiento de Milà i Fontanals de una “Corona poética” en nombre de sus colegas catalanes, un acto que concluyó con El Virolai. Este canto a la Virgen, compuesto un año antes por Verdaguer y Josep Rodoreda, se convertirá con el paso de los años en el otro himno del nacionalcatalanismo: “Rosa d’abril / Morena de la serra, / de Montserrat estel, / il·lumineu la catalana terra, / guieu-nos cap al Cel”.

Franquismo y nacionalismo

A partir de 1881, en la poliédrica Montserrat se condensó el ideal patriótico y religioso catalán. Pero si hubo un gobernante devoto por excelencia de la patrona de Cataluña ese fue Francisco Franco. El dictador fue aclamado y recibido bajo palio en 1942, 1957 y 1966, no en vano en 1939 el abad Marcet ya lo había nombrado hermano de la Confraria de la Cambra Angelical de la Gloriosa Verge Maria de Montserrat. En 1963, las declaraciones del abad Escarré contrarias al régimen franquista, del que hasta entonces había sido un fiel colaborador, provocaron su exilio hasta 1968. Al mito contemporáneo de Montserrat, símbolo de las libertades nacionales, se le añadía el del refugio de la resistencia tardofranquista, amparada en algunos actos por el abad Cassià Maria Just.

Al final el sueño catalanista de Muntades se hizo realidad, Montserrat se había convertido en la Santa Muntanya de la Pàtria, tal y como la llamó Torras i Bages en una pastoral de 1908 con el deseo de que conservase “la unió entre tots el seus fills”. Aunque no parece haberse cumplido ese ruego del obispo de Vic, vista la deriva ultra del actual abad Soler i Canals, protector espiritual de los independentistas. Montserrat es ahora Abadia S.A., una empresa al servicio del soberanismo y de la exclusión identitaria. El Cor de Catalunya no late para todos.

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