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¿Hacia un califato turco?

Caroline Fourest
7 min

En la guerra que nos hace el ISIS, existe lo que los escenaristas denominan un "falso aliado": Recep Tayyip Erdogan. Su doble juego permanente, su viraje dictatorial y la amenaza que hace pesar sobre las brigadas kurdas son bazas potentes para la estrategia de la organización terrorista.

Al inicio del conflicto en Siria, fue Turquía, junto con Qatar y Arabia Saudí, quien abasteció de armas a los rebeldes islamistas más que a la oposición democrática, favoreciendo así la hegemonía de los primeros en la alianza opositora... Si Erdogan hubiera hecho lo necesario para cerrar su frontera con la Siria ocupada, el ISIS jamás habría podido financiarse mediante el tráfico de petróleo, importar tantos combatientes extranjeros ni exportar a los que vienen a golpearnos. ¿Es que sus servicios de inteligencia y de policía estaban desbordados? Es bien conocida su capacidad represiva cuando se trata de ahogar la democracia.

Todos aquellos que intentaban tranquilizarnos y hablaban de "islamismo moderado" para referirse a Erdogan se han equivocado gravemente

Es posible que el fracasado golpe de Estado del pasado 15 de julio fuera auténtico; un golpe de Estado amateur y mal diseñado. Pero la reacción gubernamental, en cambio, pareció perfectamente planificada. A finales de julio, se contaban en más de 50.000 el número de de militares, policías, jueces, profesores o decanos de universidad que habían sido destituidos o arrestados. Desde entonces, la cifra ha seguido aumentando y casi toda la prensa opositora ha sido cerrada. Lo nunca visto en pleno siglo XXI.

Estas purgas, masivas e ilimitadas, golpean indistintamente a todos los grupos de oposición al régimen, ya sean laicos o gülenistas. El presidente turco ha puesto el foco en Gülen, el gurú islamista que lidera un imperio financiero y que vive refugiado en Estados Unidos, como supuesto responsable de la conspiración. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que Gülen y Erdogan conspiraban juntos para desmantelar el régimen laico. Y hay que constatar que lo consiguieron. Pero una vez alcanzado el poder, Erdogan quiso nacionalizar la poderosa red de escuelas religiosas de Gülen, para convertirlas en escuelas públicas, algo que habría permitido, de paso, autorizar el porte del velo desde la edad más temprana. El hombre de negocios que también es Gülen no apreció en absoluto el intento. Tampoco lo apreciaron sus periódicos ni sus jueces. Erdogan ve la sombra de Gülen en la serie de escándalos mediáticos y judiciales que han revelado últimamente la magnitud de la corrupción de su régimen. Esta es la verdera razón de la lucha sin cuartel entre unos y otros islamistas turcos: el business, que no la ideología.

En cambio, sí son motivos ideológicos los que han llevado a Erdogan a meter en cintura a toda la sociedad demócrata y laica, después de haber ahogado las revueltas democráticas de Taksim y haber llevado a cabo en el Ejército una depuración de sus elementos kemalistas, gracias al "proceso Ergenekon". Un complot militar ampliamente exagerado, por no decir directamente fabricado.

Hoy Erdogan no puede hablar en nombre de ninguna forma de democracia, acumula todas las extravagancias de un sátrapa moderno

Todos aquellos que intentaban tranquilizarnos y hablaban de "islamismo moderado" para referirse al AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo, gobernante) se han equivocado gravemente. Los políticos que creen más en el cielo que en las leyes siempre acaban por burlarse de ellos. Reelegido en condiciones dudosas, hoy Erdogan no puede hablar en nombre de ninguna forma de democracia. Acumula todas las extravagancias de un sátrapa moderno: el disimulo propio de las hermandades islamistas en las que se formó, el sueño restaurar el esplendor imperialista del califato otomano, los métodos autoritarios de Atatürk, incluso la corrupción. Éste es el hombre del que depende nuestra guerra contra el fanatismo. Los estadounidenses, como de costumbre, se han dado cuenta un poco tarde... sin por ello dejarlo caer.

Sobre el terreno, el doble juego turco se va desvelando. Erdogan envía sus tanques contra las brigadas kurdas de Rojava (Kurdistán sirio), con el apoyo de paramilitares de extrema derecha como los Lobos Grises (Bozkurtlar). Todo vale para impedir que los kurdos derroten a ISIS y puedan, por tanto, soñar con un Kurdistán demasiado cercano a sus fronteras. Extrañamente, las tropas del Estado Islámico se retiran de ciertas ciudades para facilitar un enfrentamiento cara a cara que divide a la Coalición. El PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) tiene inmensos defectos, sobre todo el de perpetrar atentados suicidas para defender su causa, pero Öcalan pide una tregua desde su celda. Sus guerreras feministas y las brigadas de todas las culturas que les son cercanas, como las YPJ (Unidades Femeninas de Protección) y las YPG (Unidades de Protección Popular) en Siria, son notables combatientes y por tanto valiosas aliadas contra el islamismo. Hay que protegerlas de Erdogan a toda costa. El estatus del presidente turco dentro de la Coalición no puede convertirse en una carta blanca que le permita purgar a la oposición en Turquía, masacrar a los kurdos, dividir a la resistencia y quizá incluso alimentar el proyecto de un califato turco alternativo... que podría revelarse más influyente y más duradero, tanto en el tiempo como en el espacio, que el de ISIS.

[Artículo traducido por Juan Antonio Cordero Fuertes, publicado en Marianne.net y reproducido en Crónica Global con autorización]

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¿Quién es... Caroline Fourest?
Caroline Fourest

Ensayista, feminista y periodista. Diplomada en Historia y Sociología en el EHESS y en Ciencias Políticas, es titular de un DESS en comunicación política obtenido en la Sorbona (Francia). Redactora jefa de la revista 'Prochoix' y colaboradora en diversos medios en Francia.