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Marta Rovira, secretaria general de ERC / EFE

Marta Rovira: ¿Ella rendirá las cuentas de Junqueras?

Tiene golpes escondidos y mirada directa. Todos han aprendido a no fiarse de la primera impresión que produce, entre otras cosas, porque no tiene complejos

17.11.2017 00:00 h.
9 min

Las lágrimas de Marta el día de la proclamación de la República simbólica no eran de cocodrilo; y esto es lo más preocupante. Tragarse la mascarada, sabiendo lo que había de farol en la tripa de la Consejería de Economía, es demasiado. El discurso del procés evita rendir cuentas de un fracaso que ha encallado al país y que costará miseria social y desesperación (los indicadores empiezan a caer y es solo el principio) ¿Está justificado que Junqueras​ no rinda cuentas por el hecho de estar en prisión?

El poder oracular del sabio de Sant Vicenç dels Horts pende sobre nuestras cabezas: no me retracto y cosas por el estilo. Y una herencia momentánea: aquí tenéis a Marta Rovira, una mujer sensible y rocosa al mismo tiempo, oriunda de la Ciutat del Angels (Vic) y experta en ritos de sumisión al gran muftí del independentismo. Detrás de su fina estampa d’esbart dansaire, Rovira exhala un mundo robustecido en el mérito: abuelo paterno de colonia textil en la cuenca del Ter y abuelo materno endinsat en la boscúria para evitar las filas de la quinta del biberón, según ha sabido ella de la mano de un historiador de Prats de Lluçanès (¿No podría ser de la Autónoma este historiador? ¿Por qué todo viene de tan adentro?) Marta no es la bien plantada orsiana que todo catalán quiere ver en una mujer con mando; es más bien el reverso de Laura en La ciutat dels sants, la novela escándalo de Miquel Llor (escrita en 1931), con una heroína de tresillo, y pretensiones de situarse entre Ana Ozores y Emma Bovary.

La Laura de la ficción era una barcelonesa prisionera en Vic a causa de su matrimonio con el heredero Tomás Muntañola, mientras que Marta Rovira es una vigatana de carne y hueso triunfando en la metrópoli por deseo explícito de su jefe. La primera moría de melancolía en la Comarquinal, la Comala de Llor; la segunda se ufana y acepta el reto de presidir Cataluña. "La República tiene nombre de mujer", dice Oriol entre barrotes sin calibrar las consecuencias que tendrá el eco de sus palabras entre las buenas gentes que van a trabajar a diario al mercado del Ninot o al de la Concepción, pongamos por caso. La gobernanza ocupa ambientes de nula confianza y mucha crítica; vivimos en un mundo en el que los políticos nunca son personas de fiar. En este campo de juego contaminado, el blame game de los Estados modernos, no hay quién se lleve una condecoración.  Mandar en el Govern del partido más votado y menos deseado por su propensión a la inestabilidad, será el reto de Rovira. La troupe que la acompaña es de órdago: los Tardá, Anna Simó, Toni Comín y la mismísima Forcadell. Le pega haber crecido, según confiesa, leyendo a  Kundera para desarrollar el estigma anticomunista que nunca falta en ERC, sin dejar de admitir que la Revolución de Octubre fue el comienzo de la peor utopía criminal de la historia. La inteligencia republicana hunde sus raíces en la búsqueda de exploradores de la cultura, como Agustí Pons, quien en su última entrega (Zurich, 1914, Lenin, Joyce y Tzara) compara las tres revoluciones del siglo XX: la bolchevique, la literaria y la artística. Así es Esquerra. Funde las cosas de sacristía, panellet y malvasía, con las aventuras del pretencioso cosmopolitismo engagè. Con su síntesis de campo y la ciudad, ha captado la atención de muchísima gente, en gradación ascendente, con etapas que van desde Àngel Colom hasta la frágil Marta, pasando por Carod, el coco, y Puigcercós, el volcán de Ribes de Fraser.

Sin complejos

Rovira amaneció como dirigente en aquel congreso de ERC que vivió agudamente la pugna entre la corriente de Carretero, el joven Uriel Bertran y Carod-Rovira, el trío que disputaba la jefatura a Puigcercós. Empezó a quitarse el polvo del camino, como letrada en Vic --es abogada de profesión y de las buenas-- y fue entonces que la ERC de aquel momento le encargó dirigir la política internacional de la formación. Tiene golpes escondidos y mirada directa. Todos han aprendido a no fiarse de la primera impresión que produce, entre otras cosas, porque no tiene complejos. Proyecta el toque engañoso y peleón que acaba surtiendo efecto. Sus propuestas nunca serán desdeñadas y, a base de insistencia, gana batallas de corredor de fondo, las que cuentan. No es pusilánime, no está miniaturizada por las convenciones de una sociedad amanerada, pero tampoco garbancea en el clima fértil de sus asilvestrados camaradas de Osona o la Conca de Barberà. Pertenece, eso sí, a las tribus germánicas, que edificaron la libertad en los bosques de Europa. En cada republicano hay un héroe homérico cantado por Kavafis, una isla lejana y un viaje iniciático, eso que tanto temieron los hombres de la ilustración (Diderot y Voltaire) y que horroriza al racionalismo rabioso de hoy (Pepe Borrell). El problema es la factura. ¿Quién nos devolverá las dos mil empresas incluido todo el Ibex 35 que se han marchado​? ¿Qué país les dejaremos a nuestros hijos, Marta?

Los republicanos que nos ahogan son héroes solitarios que cuando van en manada se convierten en liliputienses de Gulliver propensos al embrollo. Se divierten inmersos en correlaciones de fuerza, tácticas y estrategias. Lo que nos pase a nosotros les importa muy poco. El peor mejor de la Cataluña calvinista que predican se da de bruces contra los instalados cardenales de la patria. El toque curón de ERC nunca se extingue. Detrás del trabuco, late la púrpura de una curia de caramelo de menta y tabaco de mascar.

No sé cómo lo hará Rovira para evitar la avalancha primero y el colapso después que pueden provocar los comicios del 21D. Ella será una renacida estrella del combate en la trinchera hecha de adoquines o tal vez pasará de puntillas por la historia de la hipotética República que inclina la cerviz delante de los magistrados. No lo sabemos; es un melón que se abre al destino de nuestro paladar ideológico.

Su origen se enclava en el de Jaume Balmes cuando sentenció el "poco espíritu de continuidad que impide alcanzar la altura moral que Cataluña necesita". Es la altura que reclama el país crecido de los ignorantes supremacistas, que toman posiciones en la estela de Marta, la ungida. Ella aguantará carros y carretas mientras los hombres de la casa reverberan en opciones estéticas y justificaciones de bajo perfil ético. Pertenece a un entorno en el que las mujeres tejen y destejen, como Penélope, mientras los hombres van a la guerra, se desafían en el patio de armas y someten sus criterios disquisiciones sin fin.