Hay quien se toma muy mal la distinción bizantina entre políticos presos y presos políticos; y quien se toma igual de mal que Miquel Iceta defina a España como nación de naciones o que ERC hable a trompicones del Estado plurinacional. La Constitución del 78 dejó abiertos muchos flancos a lomos del término “nacionalidades”, voz polisémica de tirios y troyanos; pero ojo, dejó los flancos para el buen entendedor, no para el que se pone de culo, con perdón. Es vigilia de Reveillón y estamos como siempre en plena guerra semántica, porque “España y yo somos así, señora”, como dice aquel capitán Diego Acuña, en la celebrada pieza teatral de Marquina (En Flandes se ha puesto el sol).

Felipe VI / FARRUQO

Felipe VI / FARRUQO

Todo viene a cuento del discurso navideño de Felipe VI, que atrajo la división de opiniones, aunque fue más encumbrado que vilipendiado. El Borbón dos Sicilias amagó ante rocabrunos y a ditirambos, como un reflejo centelleante de la herencia narrativa de Gonzalo Suárez; el monarca utilizó tecnicismos, pero no misterios. En resumen, vino a decirnos: ¡Entiéndanse de una vez, carajo!

El hombre está hasta arriba de la puerta de Zarzuela que se abre y se cierra tras los apretones de manos con los cargos electos. En los road shows de investidura, Felipe, el paciente, practica la asimetría en la igualdad, la distancia en la acogida y la humildad dentro de la altanería protocolaria. La noche del 24 quiso hablar de economía sin poner en riesgo su neutralidad respecto a los modelos de cada partido político. Pero, tres décadas después del Consenso de Washington, la exacerbación del liberalismo económico y el efecto disruptivo del cambio tecnológico han incrementado, como nunca antes, el mapa social de los excluidos. Aquí, en Cataluña, por enésimo año consecutivo, la mayoría apuesta por un modelo de Bienestar que el Govern de la Generalitat niega desde los recortes de Artur Mas en 2012. El enemigo de la racionalidad económica es un tronco con dos cabezas: la calificación de los mercados y la hibrys de la ciudadanía, entendida como una jerarquización natural; el “yo soy más”, tan socialmente injusto.

Desde Nochebuena, las élites del separatismo se han dedicado a cargarse el discurso de Felipe VI de principio a fin, aunque resulta evidente que las diferencias entre la locución real del 3 de octubre del 2017 y este esperanzador discurso navideño son abismales. Hemos ido de la frialdad al rigor, muy lejos todavía de la francachela borbónica que nunca volverá, pero que es francamente recomendable. Los puentes tendidos por la Jefatura del Estado, hasta rozar el entorno del procés, se han incrementado a través del gesto y de la palabra. Pero haciendo oídos sordos, la anomalía nacional-populista mantiene sus espadas en alto. La vertiente republicana arroja a diario su delenda est monarchia (utilizado por Ortega en el conocido Error Barenguer, publicado en el diario Sol, en 1930) sin darse cuenta de que Felipe solo reina y que las docenas de grandezas y marquesados que le adornan no son sino las campanillas de la carroza moral heredada de Carlos III, el reformador. El Rey funciona como un hall-round; le han enseñado a no separar el pensar, el sentir y el hacer. Pero, aunque parezca mentira, su heredad está sujeta también el peligro de un final.

En los tiempos que corren, el Rey se somete al escrutinio de la opinión. Felipe VI lo hace bien, creo y deseo, pero nunca se sabe desde el momento en que, en España, un monárquico convencido, como Niceto Alcalá Zamora, llegó a presidente de la República. Un día se bajó del Casino a la calle para pasearse por la Gran Vía madrileña tocado por el gorro frigio.

El Rey destacó el “carácter integrador de la Constitución que reconoce la diversidad territorial que nos define y preserva la unidad que nos da fuerza”. Sus palabras van al frente de una manifestación capaz de hacer retroceder al independentismo disolvente y a la extrema derecha de Vox, que no esconde su inclinación recentralizadora y unívoca, alejada de la letra y el espíritu de la Carta Magna del 78. El peligro acecha con la amenaza del populismo planetario de los feos, el dúo Trump-Johnson, que niega el librecambismo y el arbitrio de los tribunales internacional. Este populismo global, con presencia en la España Nacional de Abascal y plenitud en las vísceras del independentismo, apela a la vieja soberanía de los estados; incluido el espejismo de la República catalana, que no acepta nuestro vínculo europeo, a pesar de la victoria pírrica de Luxemburgo y a la espera del rapapolvo final de Estrasburgo

El monarca remarcó el peor mal de nuestro tiempo: el deterioro de la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Fue el momentum Maquiavelo del discurso real; un viaje al pasado (al 1533, concretamente) sin citar al gran pensador florentino, referido alusivamente en relación con el Discurso de Tito Livio, un resumen de argumentos en defensa del statu quo. Predicó diversidad y unidad, en la coyuntura histórica del “problema de Cataluña”. Dio a entender que nos hemos transitado desde el eje derecha-izquierda hasta el reconocimiento de las identidades (incluidas Teruel y León); y acarició con palabras las actuales fronteras que exigen ser oídas como lo fueron los protagonistas acreditados de antaño: las mujeres, la justicia climática, la migración a gran escala, los gobiernos autonómicos y municipales, las diferentes sexualidades o las lenguas minoritarias, antes de despedirse con los clásicos egun on, bona nit, boas noites. A criterio de Felipe VI, las miradas contrapuestas deben persistir porque nos enriquecen bajo el imperio de la Ley. Todo un elogio de la diferencia, como Razón de Estado.