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El descubrimiento de ser catalán

4 min

El domingo por la noche soñé que este artículo lo tenía metido en la mente. Era un escrito sarcástico made in Gila, pero lo he tenido que cambiar porque anoche una lectora amiga que tiene todos mis libros me dijo por guasap que acababa de morir su marido creyente. Le respondí que la suerte de los creyentes es la fe en la esperanza de otra vida, es una ventaja sobre los ateos, y me respondió que los creyentes también sufren. Naturalmente...

Por la mañana, otra vieja amiga (la mayoría de mis amigas son de mi quinta) me envió un audio sobre la muerte de su hermano, lo quería tanto como a su marido. La ultima vez que salió de casa fue para votar el 1-O. Se durmió el día 17 cuando yo celebraba con familia y amigos mis 60 años en una cena sorpresa en Barcelona. La vida y la muerte van de la mano. Así que he borrado de mi mente ese articulo mordaz, estilo Gila, para Crónica Global pensando en la hermana del fallecido, también indepe.

No hace falta que les diga, siempre hay algún despistado, que no formo parte de la in santa Cofradía de los pasos de la Dolorosa Estelada, que estamos a 15 días esta Semana Santa tan retardada, y que tanto me hace sufrir. Nada más que esto que me ha hecho romper amistades de muchos años…

***

Así que cambió de guión, pero no de tema: todos los agostos mi abuela me llevaba al pueblo de mi padre: Plasencia del Monte, cerca del castillo de Loarre (Huesca) hasta 1965, mi familia era de casa Lorente. En Plasencia, como en todos, había el tonto del pueblo. Todo pueblo tiene uno. Todos lo respetaban. Pues bien, Quim Torra me recuerda al tonto de la Generalitat. No digo que no sea inteligente, porque en política sólo los inteligentes suben, pero Torra me recuerda al tonto de la plaza de Sant Jaume...

Con siete años en Plasencia, descubrí que era catalán: los chicos jugábamos, cómo no, en una era de cabras con la tierra muy mullida, con sus bolitas de caca de cabra. Yo jugaba de defensa central. Era más bruto que un arado, di una patada merecedora de la tarjeta roja si hubiera un árbitro. El delantero se retorció de dolor en la tierra acolchada por las cacas; y su equipo me gritó a coro con rabia: catalán fotut!. No sólo me descubrió que no era maño, sino catalán. ¡Y me hizo gracia! No era consciente porque mis padres eran oscenses y la lengua de la escuela era mi lengua materna.

Confieso que ese insulto no me traumatizó, al contrario: recuerdo con cariño lo bruto que fui, y que me descubrió, con siete años, ¡que era catalán!.