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"Oju, oju y oju"

Iceta es un todoterreno con una empatía natural que hace inimaginable que alguien pueda enfadarse con él

08.12.2017 00:00 h.
3 min
"Oju, oju, y oju"

Entre bailongo y bailongo, cuando deja de ponerse estupendo de la muerte, le sale a Iceta el animal político que lleva dentro. Tiene más conchas que un galápago, más vueltas dadas que los baúles de doña Concha Piquer y una endiablada capacidad camaleónica. Tiene una empatía natural, nada esforzada, que hace inimaginable que alguien pueda enfadarse con él, cae bien a la gente. Es un todoterreno que lleva muchos tiros pegados desde que era el negro de los discursos y fontanero de Narcís Serra.

Aquí en la sede de la UGT lleva a cabo un acto sectorial, como se denomina en la jerga de la campaña electoral. Hoy toca la Gent gran, un eufemismo para referirse lo viejos mondos y lirondos. Iceta hace gala de su coquetería habitual para decir que pronto estará entre ellos, es decir, entre nosotros. A continuación, procede ante una concurrencia de jubilados y profesionales del sector de la asistencia social a efectuar una lección práctica de los beneficios de la socialdemocracia y del Estado del bienestar. Pura ortodoxia de manual. Por tanto, si las empresas no van bien no hay beneficios, si no hay beneficios no hay aumento de los salarios y sin estos no hay pensiones.

Dialéctica cartesiana

"Oju", advierte el orador utilizando un barbarismo muy clarificador. Se han ido 2.800 empresas de Cataluña, eso significa, por ejemplo, que el Ayuntamiento de Sant Boi recaudará 300.000 euros menos para dedicarlos a programas sociales. "Oju", porque un 30% del paro es de jóvenes. “Oju”, que la Generalitat ha dedicado 1.300 millones menos a enseñanza, sanidad y asistencia social que el último gobierno de Montilla. "¿Para qué demonios [sic] --se pregunta el orador-- quiere la Generalitat una embajada en el Vaticano? Si quieren rezar, que recen en casa".

Hace gala de una dialéctica cartesiana que desmenuza la irrealidad catalana. Explica cómo las señoras mayores se le acercan y casi al oído le preguntan: "¿Esto se va a arreglar?". Propone cosas aparentemente tan sencillas como decir la verdad, no esconder los problemas, ser serio --bailes aparte--, cordial... Hace un diagnóstico demoledor del Gobierno Puigdemont. "Dicen que quieren mucho a Cataluña, pero muy poco a los catalanes". Más alto sí, más claro imposible.

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