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La búsqueda del muerto

Ignacio Vidal-Folch
8 min

La denodada búsqueda de un muerto por parte de algunas fuerzas del nacionalismo ya ha tenido éxito, pero un éxito relativo, o incluso fracasado.

Pues lo que se precisa, lo que conviene al Movimiento Nacional es un muerto entre las propias filas, para excitarlas, indignarlas, compactarlas y ofrecerles un mártir, según la psicología de masas más elemental.

Pero por desgracia el primer muerto del procés ha sido un turista francés, fulminado por un ataque al corazón en el aeropuerto de Barcelona tomado con gran algarabía por masas de chicos insurgentes.

¡Pero de un turista muerto poco rédito se puede sacar! ¡No se va muy lejos en el proceso de independencia con solo un turista muerto!

El muerto, para ser aprovechable, tiene que ser “uno de los nuestros”.

Ciertamente, algunos hacen todo lo que pueden para obtener su muertito, pero, igual que en intentonas previas, se enfrentan con unas fuerzas de la policía asombrosamente moderadas y contenidas que ni viéndose acosadas y desbordadas incurren en un error irreparable; hasta el punto de que después del desdichado turista francés, la persona que en esta semana de “alteración del orden público” más cerca está de perder la vida es precisamente un agente de la policía, que está internado en la UCI con traumatismo craneal y pronóstico de extrema gravedad.    

Se ven cosas asombrosas. Una masa de sujetos se sienta en medio de la calzada y obstruye el tráfico en alguna arteria principal. “Tossudament asseguts”, sí señor. Lejos de sacarlos de ahí a porrazo limpio, o de barrerlos con un chorro de agua del temido camión manguera, los agentes de la policía primeramente tratan de persuadirles con buenas palabras de que depongan su actitud; y cuando ven que no hay manera, proceden a irlos sacando de allí de uno en uno, desenganchándolos de sus compañeros como un gajo tras otro de una naranja, y luego los arrastran o los llevan a pulso hasta la acera, mientras estos les llaman “asesinos” y cantan que las calles serán siempre suyas.

Ya solo falta que en vez de llevárselos a rastras los policías les hagan la sillita de la reina, para que desalojen con mayor comodidad: y mientras los sacan, para suavizar el trauma de tanto abuso policial, podrían los agentes cantarles una nana.

Por ejemplo, “Al pasar la barca / le dije al barquero / las niñas bonitas / no pagan dinero”; eso, si interviene la Policía Nacional. Si son los mossos, mejor algo en catalán, por ejemplo “La balanguera fila, fila, / la balanguera filará…”

Tiene que ser extenuante cargar a pulso con un indepe y luego otro, y luego otro. Debe uno de acabar muy cansado.

Y después de eso, pásate otra noche en pie, pertrechado con el casco, el escudo, la porra y demás impedimenta, defendiendo instalaciones públicas frente a una horda de jóvenes fanatizados, desbordantes de testosterona y adrenalina, y que llegan convencidos por sus padres de que la causa es justa, que es en nombre de la libertad que te arrojan proyectiles de todas clases y ponen la ciudad patas arriba. Hay que tener la paciencia y la fortaleza del santo Job, y haber asimilado magníficamente las enseñanzas sobre mentalización y autocontrol que les hayan impartido, para aguantarse las ganas de darle a esos burguesitos traviesos que se conceden el capricho de una revolución lo que están pidiendo a gritos.

En fin. Dicen que la violencia remite. ¡Y el muerto, que no llega! Por ahora solo llevamos 300 agentes de la policía heridos –alguno de gravedad–, 4 manifestantes tuertos, otros 2 emasculados, docenas de detenidos, cientos de contusionados y docenas de fracturados.

Pero pronto se presentarán nuevas ocasiones para reanudar los festejos y jugar a la carta más alta: la inhabilitación de Torra por desobediencia; los juicios ante el TSJC; el de los CDR acusados de terrorismo; los de los detenidos estos días, algunos ya en la cárcel, acusados de delitos graves; las futuras detenciones de otros activistas responsables de lo que ha pasado estos días; y claro está, la eventual detención y entrega de Puigdemont, si se produce. No faltarán ocasiones para buscar el muerto.

Con perseverancia, y aunque la policía no está por la labor, el muerto se obtendrá. Pero téngase en consideración que no está tan claro que solamente uno sirva de mucho.

Piénsese que en Francia la revuelta de los gilets jaunes, que con sus violentos alborotos no pretendían romper un Estado sino solo tumbar un Gobierno, arroja un balance de 11 muertos, 6.400 detenidos, 5 personas han perdido una mano, 22 han perdido un ojo… Y a nadie se le ocurre acusar a Francia de no ser un país democrático.

En Chile, las violentas protestas de estos días por un impopular aumento en el precio del transporte público, violencia contra la que el presidente Sebastián Piñera ha decretado el estado de guerra, arroja ya la suma de 10 muertos.   

Todos nos pasan la mano por la cara. Aunque el que hace lo que puede no está obligado a más.

Ahora bien, el agente de policía en la UCI y los 300 contusionados de mayor o menor gravedad; el miedo que han pasado estas noches los ancianos encerrados en sus pisos viendo los incendios por la ventana y recordando épocas peores; la vergüenza de la sociedad entera; la rabia impotente y silenciosa de la gente corriente y decente; la vergüenza que sentirán, cuando maduren un poco y comprendan el gran timo del que han sido objeto, esos chicos que se han entregado noche tras noche al vandalismo… De todo eso, más el ascenso rampante de Vox, el daño económico sufrido y la imagen tercermundista y de decadencia dostievskiana de la región, son responsables directos el Govern, los partidos que lo sostienen y Torra en persona, que al fin y al cabo es el que paga y el jefe de todo esto.

¡Felicidades, pues, (metafóricas) a los consellers, y especialmente al presidente (metafórico) de la Generalitat (metafórica) por sus manejos en la sombra y sus estímulos a los chicos a que “aprieten”.

Seguid así, campeones.  

Dicho sea en plan irónico, de buen rollo, cum grano salis y no con animus iniuriandi, sed iocandi.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.