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En nombre de la cultura, ¡no al Hermitage!

Ignacio Vidal-Folch
8 min

Estamos contra la operación Hermitage. Sería hora de decir basta de caprichos y de tonterías en nombre de la Cultura. El Hermitage de San Petersburgo es, desde luego, una colección inmensa de obras de arte. Al antiguo museo de los zares les salen por las orejas, e incluso en los años de vacas flacas vendía sotto voce algunas, para ir subsistiendo. Su patrimonio es interminable. ¿Quién lo niega?

Pero si alguien cree que en la sucursal planeada para Barcelona va a instalarse, por ejemplo, la fabulosa colección de Rembrandt que atesora el Hermitage, va aviado.

Es obvio, por la naturaleza de los agentes económicos que la proponen, que se trata de una operación de especulación inmobiliaria a gran escala a la que se intenta sumar al ayuntamiento de Barcelona, en calidad de pagano deslumbrado por los grandes nombres –¡Hermitage, Rembrandt!, etc--. Pero la señora Colau y sus edecanes han llegado a la conclusión de que la operación arroja resultados negativos. Y tienen razón. 

Para empezar, las franquicias o sucursales museísticas van a contrapelo de la contemporaneidad. No estamos en los años 90, cuando se organizaban aquellos frecuentes, fabulosos y carísimos movimientos de obras maestras de una capital a otra para inaugurar grandes retrospectivas, con largas colas a la puerta de los museos nacionales. Aquella dinámica es ecológica, intelectual y económicamente insostenible, y como proceso culturalizante, provinciano y estéril. Deje las cosas donde están y el que quiera verlas que se mueva.

Por poner un ejemplo: contribuir a la educación musical de un pueblo, de una ciudadanía –en este caso la española–, no se hace pagando cuatro conciertos de los Rolling Stones para que toquen gratis en la fiesta mayor de las grandes ciudades, aunque eso te garantice la gratitud de los elementos más idiotas y buen número de titulares en la prensa; sino cuidando y financiando el humus de los músicos locales, el aprendizaje en los conservatorios, la comprensión del fenómeno musical entre las nuevas generaciones, el establecimiento de un canon lírico --como tienen las naciones cultas-- que vaya más allá de “una vieja y un viejo van pa Albacete, y a mitad del camino va y se la mete".

Puntualizaré tres aspectos para subrayar que la operación Sucursal del Hermitage sería un error, y que hace bien el ayuntamiento en negarse a comprometerse con ella:

1-- En Barcelona, donde los equipamientos culturales más destacados (MNAC, MACBA, Fabra i Coats) están financieramente asfixiados, lo último que se necesita es que el Ayuntamiento, en vez de comprometerse a financiarlos mejor y potenciarlos y a buscar recursos, se involucre en nuevas operaciones especulativas de gestión incontrolada y en la creación de centros culturales/turísticos que surgen como setas, al tuntún, sin que haya una exigencia, planificación o necesidad previas.

2.-- Las franquicias de los museos rusos, por ricos que sean sus fondos, son de resultado impredecible. Por ejemplo, la del Hermitage funciona razonablemente en Amsterdam, donde siempre hubo buenas relaciones con la vanguardia rusa de principios del siglo XX, pero fracasó rotundamente en la Somerset House de Londres. Por poner otro ejemplo, el Museo Ruso de Málaga no lo visita nadie, aunque el edificio sea estupendo y las colecciones que trae sean interesantes.

En general estas franquicias pueden ser útiles allí donde pueden funcionar como un atractivo turístico del que el lugar de acogida carezca. A lo mejor una franquicia del Hermitage en Teruel sería estupenda; en la Barceloneta contribuirá al caos y servirá como avanzadilla de la gentrificación del barrio. 

3.-- Para dirigir el Hermitage de Barcelona se había contratado a Jorge Wagensberg, sujeto prestigioso que ciertamente tenía ideas (por discutibles que fuesen: ahora no entraremos en ello) para convertir una sucursal del museo de Petersburgo en un centro activo, dinámico, científico.

Pero Wagensberg ha fallecido. Y la verdad es que no hay mucha gente como él. ¿A quién pondrían en su lugar? ¿A Toyo Ito, como dicen? ¿Ha presentado un proyecto museístico razonable? ¿No? No es extraño, porque eso no es lo suyo. Nadie lo dude: bajo el nombre y el amparo del prestigioso arquitecto japonés, que dirá que sí a la dirección simbólica si se le garantiza lo que de verdad le interesa, que es construir el edificio, pondrán a dirigir, como siempre se hace en Cataluña, a alguno de los zoquetes de Convergencia o de ERC que aún no hayan sido inhabilitados; cuadros “intelectuales” que facilitarán lo que el Govern diga que hay que facilitar, y eventualmente pagarán los “pitufos” a quien se lo pidan y cuando se lo pidan. En este sentido, recuérdese que la especulación del Hermitage procede de cuando Antoni Vives mangoneaba en el ayuntamiento de Trías.

Finalmente hay que decir que se equivocan gravemente los responsables de Cultura de la Comunidad y el ayuntamiento de Madrid al aprovechar el mal momento de Barcelona y de Cataluña, que se hallan en manos de unas “famiglias” de la Mafia que más parecen la banda de Tony Leblanc, para anunciar, cayendo como buitres sobre el patrimonio de la Ciudad Condal, que lo que no quieran los barceloneses será muy bien recibido en Madrid.

No es precisamente así como se suturan las heridas, ni se crean complicidades ni se establecen relaciones más fluidas en el territorio español, que debería ser una preocupación, siquiera secundaria, de los gobernantes de sus regiones.

Al contrario: lo que convendría, como ya he dicho algunas veces, es abrir una sucursal de Prado en Barcelona, creando Marca España y acercando el imaginario nacional a la ciudadanía periférica. Pero para proyectos así hay que disponer de cabezas que piensen a medio y largo plazo, y no en beneficio de su partido sino de la ciudadanía. Y ya sabemos que eso es mucho pedir. 

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.