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Javier Serrano Copete opina sobre la entrada de Canadá a la Unión Europea

Javier Serrano Copete opina sobre la entrada de Canadá a la Unión Europea

Pensamiento

Bienvenido Mr. Canadian

"Ante el peligro evidente y latente que representa un voraz, y maleducado en cualesquiera de las acepciones del diccionario, presidente vecino, la idea de una Canadá 'europea' vuelve a sonar con fuerza"

Publicada

Fantasía no tiene fronteras (en tecnicismo “endiano”) y, por tanto, las elucubraciones tampoco, aunque para toda decisión premeditada se exija encontrar contexto. En los últimos tiempos está saliendo a colación en prensa, aunque se lleva pensando y trabajando en ello durante mucho tiempo, la posibilidad de abrir la Unión Europea a un país del otro lado del Atlántico como es Canadá.

La realidad canadiense dista mucho de ser un clon de la de su incómodo vecino estadounidense. Se trata de un gigantesco Estado (el segundo del mundo en tamaño), con buena parte de su territorio virgen y despoblado, con una población que se concentra, sobre todo, en el sur del país en torno a grandes ciudades fronterizas con EEUU y que, entre otras cuestiones, ha mantenido un vínculo muy estrecho con Europa a lo largo de los siglos (sea como miembro de la Francofonía, por el Quebec, o de la Commonwealth anglosajona).

Ante el peligro evidente y latente que representa un voraz, y maleducado en cualesquiera de las acepciones del diccionario, presidente vecino, la idea de una Canadá “europea” vuelve a sonar con fuerza.

Superando cualquier consideración estrictamente geográfica, no habiendo posibilidad de uso y manipulación tectónica alguna, la eventual asociación canadiense implica, cuando poco, un cambio de concepto en el proceso de integración europea.

Ante el argumento de la falta de pertenencia geográfica, alegaría el argumento de la necesidad y de la coherencia. El proceso de integración europea hace tiempo que dejó de ser un fenómeno basado en otra coherencia mayor que la del mercado único europeo, dejando, como se ve viene demostrando, demasiadas cosas en proceso de fragmentación y una absoluta sensación de impotencia ante los desafíos globales (sean éstos, no sólo económicos, sino, en esencia, también militares).

La incorporación (en cualquier forma imaginable) de Canadá al fenómeno europeo sería unwin-winen toda regla. Por una parte, la UE vería aseguradas buena parte de sus necesidades energéticas y de materias primas (no dependiendo tanto de los hidrocarburos rusos… y del licuado yanqui). Asimismo, Canadá entraría a formar parte de un mercado único con millones de consumidores con posibles y vería respaldado su proyecto de democracia social y democrática ante los avances del hegemonón vecino, por momentos, incluso, anexionista.

Un tratado de libre comercio o una batería de tratados multilaterales entre los estados miembros y Canadá se antoja ya insuficiente.

La idea del proceso se podría resumir y acontecer eslogan: los países libres requieren asociarse y el proyecto ideológico, económico y social, de origen europeo, debe defenderse, a ultranza, frente a los autoritarismos.

Abrir la puerta a Canadá, cuando se cerró la puerta, prácticamente, a la sí europea (cuando menos, en parte) Turquía, fortalece la idea de que el problema con los otomanos fue su inconcluso camino hacia la modernidad liberal europea, tal y como los derroteros del neo-Sultán Erdogan han seguido demostrando.

La entrada, ni que fuere como asociada y no “miembro de pleno derecho” de la consolidada democracia canadiense, abriría la puerta y prestaría el ropaje idóneo para la vuelta, necesaria y en su momento seguro que celebrada, del Reino Unido a la gran familia europea. La idiotez chovinista del Brexit nada bueno ha traído a la isla, y el perdón entre estados, ni que sea por herencia cristiana europea, debe ser practicado.

Una posible entrada de Canadá abriría el melón del papel de EEUU en el día de después. Difícilmente se resignaría a un papel secundario de un territorio que ve, incluso, como posible anexión futura, y, en cualquier caso, sería difícil de digerir un Canadá íntegramente inserto en el circuito económico europeo, pero con barreras en relación a su vecino sureño.

El caso de Chipre muestra que el argumento geográfico no es el único para pertenecer a la UE. La Comunidad Europea (aún no Unión Europea) ya rechazó la candidatura de Marruecos allá por 1987, quienes defendían su posible incorporación por “estar más al norte que Canarias”, entre otros argumentos. La geografía, para el caso marroquí, no fue, ni por asomo, el principal argumento para la negativa.

Sin embargo, para los canadienses estaría la cuestión de ser un país “contribuidor neto”, al ser más rico que la media y sería, por ejemplo, muy difícil justificar una solidaridad canadiense para con los países menos desarrollados de la UE. Islandia, mucho más próxima al continente, ha desistido, por el momento, de entrar en la UE por el miedo a tener que compartir sus recursos pesqueros (atrás queda el miniconflicto bélico entre España y Canadá, precisamente, por el fletán). Sin visos de mejorarse la relación con Rusia a corto plazo, la cuestión de la soberanía sobre el Ártico (véase el caso de Groenlandia) sigue estando ahí, y la asociación con Canadá daría peso a la UE.

En cualquiera de los casos, y con el auge y peligro que los estados autoritarios plantean (en este momento, EEUU también), la protección entre aquellos países que estamos en el lado, evidentemente, ejemplar y de referencia para las futuras generaciones es siempre una buena noticia. ¡De una u otra forma, de una u otra manera o corona, demos la bienvenida a una Canadá europea!