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Selva Orejón y un falso premio

Selva Orejón y un falso premio

Pensamiento

Me han nombrado líder en Latinoamérica: solo cuesta 1.500 dólares

"La industria de los premios de pago factura sobre el activo más frágil que tiene cualquier empresa, la necesidad de ser reconocida, y el precio de aceptar es mucho más alto que la cuota"

Publicada

El 3 de agosto recibí un correo de Eloise Lambert, Senior Relationship Associate de una publicación de seguridad informática con presencia digital notable. El asunto era generoso: entre todos los candidatos, OnbrandinG había resultado la única galardonada como Top Online Reputation and Digital Crisis Protection Solutions in Latin America 2026. Un equipo de redactores veteranos prepararía un perfil detallado. Me cederían los derechos de reproducción. Faltaba solo agendar una llamada con el senior manager.

Tengo la sede en Barcelona y en Las Palmas de Gran Canaria. No opero en Latinoamérica. No me presenté a ninguna convocatoria. Y tres párrafos más abajo aparecía el verdadero cuerpo del mensaje, 1.500 dólares por los derechos de uso, el logotipo del premio y “otros beneficios”. El galardón, en rigor, no existía hasta que yo aceptara pagarlo.

No era la primera vez. El 14 de abril había llegado un correo prácticamente idéntico firmado por Regina Velasquez, Editorial Associate. Mismo texto, mismo teléfono de contacto, distinto nombre. Alias rotativos sobre una plantilla de envío masivo, con mi apellido extraído automáticamente de la dirección de correo y usado como nombre de pila. Al reconocimiento editorial más exclusivo del año no le había dado tiempo ni a leer quién era yo.

Un negocio viejo con vertical nueva

Esto tiene nombre técnico, vanity award. Premio de vanidad. El mecanismo lleva décadas funcionando y es de una sencillez brutal, se identifica un sector, se rastrean dominios corporativos, se genera una categoría lo bastante específica para que solo pueda ganarla el destinatario —“única galardonada en su segmento”, insisten los correos— y se cobra por el derecho a exhibirla.

El precedente histórico es el American Biographical Institute, que durante 45 años vendió cientos de distinciones anuales de “Hombre del Año” a entre 195 y 295 dólares la unidad, hasta quebrar en 2012 después de que varios parlamentos lo denunciaran públicamente como estafa.

El Better Business Bureau estadounidense acumula desde 2015 más de 1.300 reclamaciones que contienen la palabra award. La diferencia es que el esquema ha subido de precio, ha aprendido inglés corporativo y ha descubierto un sector nuevo, la ciberseguridad, donde la credibilidad técnica es difícil de auditar y por tanto especialmente fácil de simular.

Por qué funciona, que no es por tontería

La tentación es despachar esto como un problema de ego. Es un análisis cómodo y equivocado.

En los sectores donde el producto es intangible —consultoría, seguridad, gestión de crisis, pericia judicial—, el comprador no puede inspeccionar el entregable antes de contratarlo. Nadie prueba un servicio de gestión de crisis reputacional a modo de demostración. Así que el mercado compra señales, sellos, logotipos, apariciones en medios, listados de referencia.

Los premios de pago no explotan la vanidad del directivo, explotan una carencia estructural real del mercado B2B, y por eso resultan tan eficaces. Son colateral comercial baratísimo para un problema legítimo.

El coste, sin embargo, no está en los 1.500 dólares.

Está en que un sello comprado es auditable. Cualquier diligencia debida medianamente seria localiza en 10 minutos que no hubo convocatoria, ni bases, ni jurado identificable. Está en la contaminación cruzada, tengo tres reconocimientos con jurado, nombres, actas y fecha de fallo, y basta un cuarto sello dudoso en la misma página web para que un tercero razonable empiece a dudar de los tres. Y está, en mi caso concreto, en la sala de vistas.

Cuando comparezco como perito judicial, la primera línea de defensa de la parte contraria es siempre atacar mi solvencia. Un galardón comprado en un currículum no es un adorno, es un regalo al letrado de enfrente, y se paga en el único sitio donde una pericia vale algo, que es la credibilidad ante el juez.

Cuatro preguntas antes de contestar

No hace falta un departamento de compliance para filtrar esto. Bastan cuatro preguntas, y con que una falle ya está resuelto.

¿Me presenté yo? Los premios reales tienen convocatoria pública, bases, plazo y formulario. Los inventados llegan por sorpresa y con la decisión ya tomada.

¿Quién ha votado, con nombre y apellidos? Un “panel evaluador compuesto por un consejo asesor de directivos sénior” sin un solo nombre verificable no es un jurado. Es una frase.

¿El pago es condición del premio? Un galardón legítimo puede tener cuota de gala, de inscripción o de asistencia. Ninguno cobra por el premio en sí ni por el derecho a mencionarlo.

¿Existe cobertura editorial independiente del dinero? Busca al ganador del año anterior en tu misma categoría y escríbele. Es una llamada de cinco minutos y responde absolutamente todo.

Nadie regula, mientras tanto, quién puede autoproclamarse otorgante de premios. Estos envíos se hacen sin consentimiento, ignoran el RGPD de forma sistemática y desatienden las bajas solicitadas, pero la vía administrativa se topa con estructuras societarias deslocalizadas y direcciones que cambian de continente entre un correo y el siguiente. La defensa realista, hoy, es el criterio del destinatario.

Termino por donde importa. La reputación es la única partida del balance que no admite compra, solo se construye o se pierde. Quien te la ofrece por 1.500 dólares y una llamada con el senior manager te está diciendo, con bastante precisión, cuánto cree que vale la tuya.