Pásate al MODO AHORRO
Ignacio Vidal Folch y una imagen del concejal de deportes de Barcelona, David Escudé

Ignacio Vidal Folch y una imagen del concejal de deportes de Barcelona, David Escudé FOTOMONTAJE CG / Lorena Sopêna - Europa Press

Pensamiento

Viva el Bayern de los Caídos

"Deje a los chicos que jueguen en paz, que no por ello resucitará Franco, y dedíquese a hacer algo constructivo, en vez de prodigar amenazas y censuras"

Publicada

El concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona, David Escudé, encarna a la perfección el refrán catalán que dice “qui no té feina, el gat pentina”: Quien no tiene trabajo, peina al gato. Cuyo significado, por otra parte transparente, es que cuando una persona está desocupada, aburrida, o no tiene nada que hacer, se inventa tareas inútiles o absurdas sólo por entretenerse.

No hemos oído que el señor Escudé haya inaugurado diez piscinas públicas en Barcelona, o una serie de gimnasios de acceso barato, ahora que los gimnasios están tan solicitados tanto por jóvenes como por ancianos. No: el concejal de Deportes se ha distinguido ahora por ejercer de señorita Rottenmeyer (la maestra severa de Heidi).

El viernes pasado exigió al gestor del Velódromo de Horta que expulse de una competición de fútbol amateur (¡de fútbol amateur!) al equipo llamado Mingorrubio Balompié y lo ha denunciado ante la fiscalía por “vulnerar la Ley de Memoria Democrática”, al exhibir elementos franquistas.

En su represora carta, Escudé insta al Velódromo a llevar a cabo todas las actuaciones necesarias para que este equipo se retire de la competición. El consistorio, explica el señor concejal, a lo que se ve celosísimo defensor de la democracia, el consenso y blablablá, empleará “todos los medios” a su alcance para impedir la “apología del fascismo” en un espacio público, y ha avanzado que los servicios jurídicos del ayuntamiento estudian vías de actuación más contundentes, “sin descartar la vía penal”, según la agencia Efe.

El concejal Escudé, sin duda un demócrata ferviente, ha expresado su “indignación” porque el equipo de marras participe en una liga de fútbol privada. Téngase en cuenta que hasta hace pocos días el Mingorrubio lucía en su escudo –ya se lo han hecho sacar—la denominación “Bayern de los Caídos”.

¡Tremenda ofensa!

Señor Escudé, le invito cordialmente a una taza de tila en la cafetería de su preferencia. También puedo proporcionarle una gragea de Lorazepam, pues si estas chorradas insignificantes le provocan tal arrebato de indignación, no sería de extrañar que en cualquier momento sufra usted un ataque de nervios. Dios no lo quiera, le necesitamos para que inaugure, si no piscinas o gimnasios, por lo menos mesas de ping pong en los parques públicos, de manera que yo le medico gratuitamente y de buen talante.

Sepa que estas grageas sedantes las tengo yo muertas de risa en el botiquín de casa, las compré cuando padecí unas noches de fastidioso insomnio, hace ya dos años, pero me han dicho que no caducan. Puedo darle dos o tres. Puedo regalarle incluso un blíster entero. Le aseguro que, por lo que recuerdo de aquella época, deparan un sueño de lo más plácido y reparador.

El problema cuando uno se deja llevar por un instinto represor, sancionador, alimentado por la detentación de algún poder (por relativo que sea el poder de, por ejemplo, la concejalía de Deportes del consistorio barcelonés), es que fácilmente se incurre en actitudes grotescas. La sola idea de que usted utilice el dinero de los contribuyentes en hacer trabajar a los servicios jurídicos del ayuntamiento y a los juzgados, que van desbordados de trabajo, para demandar al Mingorrubio F.C., va por ahí, por los senderos del ridículo.

El terrible, el “indignante” delito que ha cometido ese equipo de fútbol amateur es llamarse a sí mismo con el nombre de la localidad en cuyo cementerio está enterrado el dictador Franco (Mingorrubio). Y apodarse “Bayern de los Caídos”, en alusión al bonito —aunque franquista— nombre del valle que el Gobierno ha hecho rebautizar con el nombre —histórico, pero horrendo— de “Valle de Cuelgamuros”, que, por cierto, nadie en su sano juicio estético utiliza.

Con tal nomenclatura no se le oculta a nadie que esos deportistas aficionados que quieren divertirse en una liguilla de fútbol cuyos partidos suelen ser rematados por una simpática cena a base de paella y la ingesta de grandes jarras de cerveza, y que a nadie hacen daño ni ofenden, deben ser más bien franquistoides, tirando a ultraderechistas. ¿Y qué? Deje a los chicos que jueguen en paz, que no por ello resucitará Franco, y dedíquese a hacer algo constructivo, en vez de prodigar amenazas y censuras.

Porque, además, con alardes de intolerancia como el suyo, que tienen de democráticos lo que yo de monje tibetano, con “líneas rojas”, con censuras, con inquisiciones, con rasgones de vestiduras, con prohibiciones, con expulsiones, con declaraciones altisonantes, lo que se consigue es precisamente lo contrario de lo que teóricamente se persigue: dotan al reprimido, al censurado, al que no le dejan ni jugar al fútbol en paz, de razones, de argumentos, de agravios. Y de simpatías ajenas.

Como la mía, que, siendo tan demócrata como usted —y probablemente, visto lo visto, más que usted—, ya la tienen: viva el Mingorrubio F.C. y viva el Bayern de los Caídos.