Andrea Rodés, un lago y una montaña
Veranos de altura
"No disfruto en una playa ni bañándome en una piscina, especialmente si está plagada de niños que se tiran de bomba y te salpican cuando tú aún estás bajando las escaleras, dudando si tirarte o no"
No sé si en otra vida nací en los Alpes o en medio de las Rocky Mountain, pero puedo decir que soy de secano.
No disfruto en una playa ni bañándome en una piscina, especialmente si está plagada de niños que se tiran de bomba y te salpican cuando tú aún estás bajando las escaleras, dudando si tirarte o no.
No me gusta el olor a cloro, el tacto del bikini mojado pegado al cuerpo, el roce con otros cuerpos húmedos, caminar con los pies descalzos por el bordillo resbaladizo o la visión de algas y otros objetos no identificados flotando sobre la superficie del mar.
Mi verano ideal transcurre en la alta montaña, rodeada de verde, con noches frescas que invitan a esconderse bajo el edredón. El cambio climático me lo ha puesto difícil. En el Pirineo la canícula también aprieta durante el día, pero uno puede cambiar la excursión por un buen libro a la sombra de un nogal o del porche de algún amigo que te presta su casa.
No soy una burguesa barcelonesa com cal. No tengo casa en la Cerdanya, ni tampoco en Menorca. Si tuviera dinero, me compraría un apartamento en Cerler, en el Valle de Benasque, como el que tenía mi àvia, excursionista empedernida hasta que la osteoporosis se lo impidió. Me instalaría allí el mes entero. Llamaría a mi amiga Marta, que vive en Castejón de Sos, y subiríamos a ibones congelados donde quitarnos las botas y sumergir los pies, y a la vuelta recogeríamos chordones (frambuesas) y quizás, con suerte, algún cep.
Recuerdo que, hace 10 veranos, subimos al Ibón de Gorgutes, un lago que se forma con la nieve de los glaciares y que hace de puerto de montaña entre España y Francia. Saliendo de los Llanos del Hospital son dos horas cuesta arriba entre chordones, lagartijas y flores silvestres que más tarde dan paso a prados y riachuelos que bajan cargados con el agua de los últimos deshielos.
A 2.000 metros el aire era frío, pero el sol nos castigaba las nucas y las pantorrillas. A nuestras espaldas, la imponente cordillera nevada de la Maladeta. La cima más conocida es el Aneto, pero la única que yo he subido (y no creo que lo vuelva a hacer) es el Tuc de Mulleres (3.010 m).
Lo hice cuando tenía 23 o 24 años, un día de finales de julio, en plena ola de calor, arrastrada por mi pareja de entonces. La excursión me pareció tan dura que terminé escribiendo una novela sobre ese día.
Recuerdo que, a la vuelta, se nos hizo tarde y corríamos el riesgo de que se hiciera de noche. “Hay que darse prisa”, nos reñía mi novio, al ver que sus amigos y yo caminábamos en plan Heidi. Se puso muy nervioso. Pero nosotros, enfadados con él por habernos hecho sufrir tanto en el ascenso, no le hacíamos ni caso.
Acabé bajando de culo, agarrada a un hueso de un rebeco, y con unas agujetas tremendas durante al menos siete días. Gracias, Cristian. Fue una de las mejores experiencias de mi vida.