Ignacio Vidal-Folch y Leo Messi
Messi resulta que no es un ángel
"Hay que saber perder con elegancia (como ha hecho, por cierto, el entrenador de tu selección), y ya no eres un chaval de 20 años sin experiencia en la vida que se cree que le asiste el derecho divino a siempre ganar"
Tras ver la final de la Copa del Mundo, en la que la selección española le dio un baño a la selección argentina, me acordé una vez más de Marcelo Cohen (1951-2022), hombre de letras argentino exiliado en Barcelona, donde fuimos vecinos y amigos.
Cohen era aficionado al fútbol, y le gustaba ir a ver los partidos del Barça, donde a la sazón jugaban varios futbolistas de su país, entre ellos uno apodado conejo Saviola, en un bar abarrotado, cercano a nuestras respectivas viviendas, que disponía de un gran televisor.
A él le gustaba ver el fútbol en ese ambiente popular, cálido. A mí me gustó acompañarle allí alguna vez, para escucharle opinar sobre los lances y sobre la calidad y prestaciones de los jugadores (era un erudito en esto), y ver lo en serio que aquel alto intelectual se tomaba el fútbol.
A este deporte algunos lo consideran una completa metáfora de la vida humana, otros ven en él solo a 22 hombres en pantalón corto, corriendo tras un balón. Yo pienso que es un espectáculo que puede ser entretenido si previamente decides que “vas” con uno de los dos equipos que compiten. Pero no conviene tomárselo demasiado en serio.
Hay quien habla de los “valores humanos” que se representan en el campo: esfuerzo, sacrificio, espíritu de equipo, combatividad, caballerosidad, coraje, resistencia, pundonor, firmeza ante la adversidad, etcétera.
En cuanto a esto último, en cuanto a los “valores humanos”, la final, y los acontecimientos posteriores, fue muy reveladora. Y no dejó en muy buen lugar a nuestros queridos argentinos. Los jugadores, frustrados e impotentes ante la superioridad del equipo adversario (o sea, la Roja), prodigaron las tarascadas y golpes intimidantes. Creo que Marcelo, que tenía un alma fina, de gran elegancia, se habría avergonzado de ese comportamiento.
El líder anterior de la llamada Albiceleste, Diego Armando Maradona, tuvo en 1986 el cuajo de marcar un gol decisivo contra Inglaterra con la mano, y luego afirmar que en realidad lo había marcado “la mano de Dios”, y toda su hinchada (bueno, quizá no toda) celebró el gol fraudulento y la explicación. En esa celebración de una trampa antideportiva había motivos políticos obvios: la reciente guerra de las Malvinas. Pero desde luego no fue fair play.
Ahora el sucesor de Maradona en el liderato y en la extendida convicción de ser el mejor jugador de la historia, Lionel Messi, que por ser, además, más bien lacónico, ha pasado largos años gozando de una fama de ser angelical, durante la final del otro día, en momentos de gran exigencia, reveló ante el mundo entero ser tan poco de fiar como un hincha de estofa muy baja.
Y no me refiero a sus lágrimas de mal perdedor al final del partido, que pueden comprenderse como producto de la gran tensión y fatiga emocional, sino a dos lances vergonzosos. El primero, tratar de anular la tarjeta roja que Enzo Fernández se había ganado a pulso en un choque en el que envió al aire a Pau Cubarsí, avisando reiteradamente al árbitro de que Tagliafico, a 50 metros de la jugada, yacía en el suelo, agarrándose teatralmente la pierna, fingiendo que había sufrido una falta previa que invalidaba lo posterior y por tanto también la tarjeta roja. Insistía Messi al árbitro en ese fraude, sin conseguir su objetivo. Muy mal, Lionel, muy mal.
El segundo, denunciar ante el árbitro a Cucurella por haberse dirigido a él tapándose la boca, lo cual parece ser que también es motivo de expulsión. Ante semejante bajeza, a Cucurella toda la admiración que hasta entonces había sentido por el astro argentino se le vino abajo de golpe, como él mismo ha declarado.
Muy feo, Lionel, hay que saber perder con elegancia (como ha hecho, por cierto, el entrenador de tu selección), y ya no eres un chaval de 20 años sin experiencia en la vida que se cree que le asiste el derecho divino a siempre ganar. Tus marrullerías y lágrimas las vio todo el planeta. Ahí no solo perdiste un partido y una Copa del Mundo. Perdiste el aura angelical. Se te vio humano, demasiado humano.