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Un montaje con una imagen del libro 'El loco de Dios en el fin del mundo' y la columnista Andrea Rodés

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Pensamiento

Pie griego

"Yo no soy creyente, aunque no me avergüenzo de mi educación cristiana"

Publicada

Hace unos días empecé a leer El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas (Penguin Random House, 2025), y no paro de pensar en un párrafo en que el autor, que se declara ateo, explica cómo decidió aceptar la propuesta del Vaticano de escribir un libro sobre el Papa Francisco.

“Pensaba en Juan Sebastián Bach, que solo componía para Dios y cuya música apenas puede escucharse sin sentir un deseo irreprimible de creer en Dios. «Si yo fuera Bach», pensaba, «aceptaría de inmediato». Y pensaba: «Si por mis venas corriera una sola gota de la sangre de Bach, si mi carne contuviera un solo átomo de la carne genial de Bach, sentiría que Dios me está llamando». Aquel pensamiento me devolvió una experiencia mística”, explica, antes de detallar que fue mientras escuchaba la Cantata BWV 147 en el interior de un vagón de metro abarrotado cuando lo tuvo claro.

La experiencia “mística” de Cercas con Bach me recordó el sentimiento de paz y felicidad que me invadió la primera vez que escuché las Suites para orquesta (BWV 1066-1069) por recomendación de un novio.

Fue el verano antes de marcharme a Estados Unidos a hacer unas prácticas, así que me compré el disco, que viajó conmigo al otro lado del Atlántico, y escuché en bucle muchas tardes de domingo, cuando me ponía nostálgica y echaba de menos a mi novio.

La música de Bach me hacía pensar que estábamos conectados para siempre, que nuestro amor estaba por encima de lo mundano. Era una sensación temporal (además de falsa, pero eso aún no lo sabía) muy gratificante.

Yo no soy creyente, aunque no me avergüenzo de mi educación cristiana. Cursé buena parte de la primaria en un colegio parroquial de pueblo, cuyo director, Mossèn Raimon, nos decía que Dios era amor y que Adán y Eva no existieron. Además, era muy fan de la cultura alemana y un verano que viajó a Berlín de vacaciones y se enteró de que yo vivía allí, quedamos para tomar un helado y dar un paseo por Unter der Linden. Hablamos de Alemania, de política europea, de literatura, de historia… De todo, menos de Jesús.

Recuerdo también que paseaba por Berlín con unas sandalias de doble correa muy feas, muy parecidas a las Birkenstock Arizona, que yo bauticé desde el primer día como sandalias de reverendo. “Son el antisexy, sácatelas o no entro”, le dije una vez a un hombre que me recibió en Birkenstock y calcetines en nuestra segunda cita. Él me respondió que eran el zapato más cómodo del mundo y se vanaglorió de haber salido de su piso en Barcelona y llegado hasta Seúl con esas pintas, pasando por dos taxis, dos aeropuertos y un viaje en avión.

Un año después, estando embarazada y con los pies hinchados, decidí romper con todos mis principios y comprarme unas Birkenstock.

Elegí el modelo Madrid, de color rosa fucsia, bastante más bonito que el modelo Arizona de reverendo. Desde entonces, debo admitir que ya no puedo llevar otro zapato en verano.

Mi modelo favorito es el Mayari, porque consigue estilizar un poco mi pie de dinosaurio (pie griego, por cierto, con el segundo dedo más largo que el gordo), aunque este año me he comprado unas Arizona plastificadas de color lila claro, que hago servir de zapatillas para estar por casa.

Mi prima se las pone para salir a la calle. A mí me da vergüenza. Me parecen demasiado feas. Solo me atrevo con las Mayari o las Madrid, que, como escribe Milena Busquets en Mujeres Elegantes (Anagrama, 2026), son las “únicas Birkenstock que alargan la pierna y que son un poco femeninas”.

Yo las acabo arrastrando, como las espardenyes, pero con el bochorno que hace, arrastrarse me parece la forma más elegante de caminar estos días.