Alberto Gimeno y una imagen del reciente asesinato de un hombre a tiros en la calle Balmes de Barcelona
La ciudad de las dos caras
"Los crímenes en el centro de Barcelona, ya sean por ajustes de cuentas, por cosas de sicarios, o por violencia juvenil, ponen en evidencia cuestiones de convivencia esenciales y colocan también en el mapa a la capital catalana: en el mapa de una desagradable e insostenible sensación de temor"
El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, agitaba el badajo de la campana con energía, con la satisfacción de haber colocado su ciudad por segunda vez en el último mes en el escaparate mundial, ese escenario que logran pocas ciudades y que las eleva a un nivel de orgullo encomiable. Pasó con la inauguración de la Sagrada Familia como el templo católico más alto del mundo, con el Papa como principal invitado, y también el fin de semana con la mirada del deporte mundial en las calles y el skyline de la capital catalana, que albergó las dos primeras etapas del Tour de Francia.
Montjuïc, la montaña olímpica, el enclave mágico del deporte en Barcelona, y que encara la celebración del centenario de la segunda exposición universal, asistió a un espectáculo sensacional. Y ahí estaba Collboni advirtiendo a los ciclistas de la llegada del tramo final de la etapa a golpe de campana, disfrutando del momento, aunque las preocupaciones se acumulan.
Barcelona supo lucir como solo ella es capaz de hacerlo, pero al mismo tiempo que el mundo aplaude su puesta en escena hay otro mundo, el de los barceloneses, que empieza a perder la paciencia con el asunto de los crímenes en plena ciudad.
La realidad se ha convertido en una cuestión escabrosa para quienes tienen la responsabilidad de ofrecer resultados en la ciudad porque, como hemos dicho en los últimos meses, pese a que las cifras globales de criminalidad han descendido en los dos últimos años, hay cuestiones que pueden hacer saltar por los aires cualquier evolución positiva.
Los crímenes en el centro de la ciudad, ya sean por ajustes de cuentas, por cosas de sicarios, o por violencia juvenil —el último suceso se ha llevado por delante a un menor de 15 años en el parque Pegaso de Barcelona— ponen en evidencia cuestiones de convivencia esenciales y colocan también en el mapa a la capital catalana: en el mapa de una desagradable e insostenible sensación de temor.
No basta ya con el mensaje de que es cuestión de grupos criminales que se ajustan las cuentas entre ellos. Eso valía cuando ese tipo de asesinatos se producían en naves industriales aisladas, alejadas de los ojos de la ciudadanía. Hubo una época, no demasiado lejana, en la que los periódicos de la ciudad destacaban en sus portadas la noticia de un aislado tiroteo en el centro de Barcelona, aunque no hubiese ni heridos. Hemos normalizado que las calles más relevantes se hayan convertido en un Chicago de los años 20 y, aunque globalmente haya menos muertos que hace unos años, la imagen es insostenible.
La respuesta requiere más medios humanos, policías, más esfuerzos técnicos, cámaras y sistemas de seguridad, leyes más claras y, sin duda, más determinación política.
Nuestros gobernantes actúan todavía con demasiada prudencia por la herencia de satisfacer a colectivos cuyo buenismo inherente ha condenado al conjunto de la sociedad a vivir en un mundo que precisa otros métodos para combatir el crimen. Más inversión en seguridad, más de la que ya han logrado que aumente, y menos complejos a la hora de colocar cámaras y de forzar al Gobierno del país a acelerar en la reforma judicial que debe hacer frente a los problemas de las grandes ciudades. Urge ir en esa dirección, porque la gente pierde la paciencia y olvida los votos.