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Joaquim Coll, junto a una imagen de Jordi Pujol y Salvador Illa el 22 de junio de 2026

Joaquim Coll, junto a una imagen de Jordi Pujol y Salvador Illa el 22 de junio de 2026 David Zorrakino - Europa Press / FOTOMONTAJE CG

Pensamiento

El pujolismo de Illa

"Salvador Illa ha preferido el reconocimiento amable al examen crítico, la evocación abstracta del 'servicio al país' a la memoria concreta de la corrupción, del clientelismo y de la fractura social que marcaron el final del pujolismo"

Publicada

En el acto de ingreso del fondo histórico de Convergència al Arxiu Nacional de Catalunya, Salvador Illa quiso rendir un homenaje explícito a Jordi Pujol y al partido que durante décadas dominó la política catalana. “Cataluña debe mucho a Convergència”, afirmó. Y añadió que, sin Convergència, Cataluña no sería "el país que es hoy". Habló de “servicio al país”, de “pasión política” y de la necesidad de reconocer una contribución sostenida en el tiempo. Pujol, Artur Mas y varios exdirigentes de la extinta formación estaban presentes.

No es, además, la primera ni la segunda vez que Illa rinde pleitesía a Pujol. Ya se reunió con él tras su investidura y, hace apenas unas semanas, pidió “seny” a la Audiencia Nacional con motivo de la comparecencia del expresidente por el caso de las cuentas en Andorra.

No estamos, pues, ante una cortesía puntual ni ante un simple exceso retórico, sino ante una pauta política. Cabe preguntarse si responde a una convicción profunda o a la voluntad de capturar ese centro de gravedad nacionalista, institucional y pragmático que durante décadas orbitó alrededor del pujolismo.

Y para entender el significado de ese gesto conviene recordar qué fue realmente el pujolismo.

Pujol gobernó Cataluña durante 23 años. Bajo sus mandatos se consolidaron las instituciones autonómicas y se reforzó el autogobierno. Sería absurdo negarlo. Pero su trayectoria no puede separarse del sistema de poder que construyó: una red de hegemonía política y cultural basada en la confusión entre partido, administración y país. Ese sistema descansó durante años sobre una notable opacidad.

En 2014, el propio Pujol admitió la existencia de una fortuna familiar oculta en Andorra durante décadas, y el partido que fundó acabó hundido por los escándalos de corrupción: el caso Palau, el 3% y las comisiones en obra pública.

Tampoco la deriva soberanista posterior fue ajena a esa herencia. Cuando Artur Mas abrazó el procés en 2012, radicalizó una lógica ya existente: la subordinación del pluralismo político a la preservación de la hegemonía nacionalista. Por eso resulta tan significativa la reivindicación de Illa. Decir hoy que Cataluña “debe mucho a Convergència” equivale a ofrecer un balance globalmente favorable de aquella trayectoria. Y eso supone blanquear no solo una historia política, sino también sus zonas más oscuras.

Illa no es independentista. Precisamente por eso su gesto merece atención. La cuestión no es que comparta los objetivos del soberanismo, sino que parece asumir parte del marco político del viejo nacionalismo convergente. El PSC nació como alternativa a la Cataluña patrimonializada por el pujolismo. Representaba una tradición catalanista, federal y no nacionalista, capaz de articular identidad catalana y ciudadanía compartida.

Sin embargo, Illa parece recorrer otro camino. En lugar de actuar como contrapeso, da señales de querer ocupar el espacio de una imaginaria sociovergencia. El precio puede ser elevado: diluir la identidad propia del PSC y normalizar una memoria selectiva del pasado reciente.

Para el votante socialista histórico, todo ello resulta difícil de digerir: el partido que nació para disputar la hegemonía del pujolismo corre ahora el riesgo de convertirse en su heredero más presentable. Y, además, cuesta creer que esta reiteración de gestos hacia Pujol vaya a traducirse en una gratificación electoral significativa. El votante genuinamente nacionalista, incluso el más moderado, difícilmente acabará votando al PSC. Illa desdibuja así su identidad política sin ganar apenas apoyos en el campo nacionalista.

Preservar los archivos de un partido forma parte de las obligaciones de cualquier democracia madura. Convertir ese acto en una ceremonia de reconocimiento sin reservas es otra cosa. Una democracia sólida no necesita reescribir su historia para hacerla más cómoda a sus gobernantes.

Illa ha elegido. Ha preferido el reconocimiento amable al examen crítico. Ha preferido la evocación abstracta del “servicio al país” a la memoria concreta de la corrupción, del clientelismo y de la fractura social que marcaron el final del pujolismo. Y esa elección dice mucho sobre la Cataluña que quiere construir. Difícilmente sobre la que muchos esperaban.