Un montaje con una foto del columnista Guillem Bota y una imagen de archivo de una misa católica de fondo
Gaudí y Carreo, hermanados en la muerte
"Cuando se empeña uno en ser más papista que el papa y cumplir diariamente con la eucaristía, pasa lo que pasa"
Ahora que tenemos bendecida la Sagrada Familia, parece llegado el momento de beatificar a Antoni Gaudí, pero para eso la iglesia es muy estricta: sin milagro no hay beato, igual que sin tetas no hay paraíso. Habrá que buscarle un milagro a Gaudí, o por lo menos algo que se le parezca y podamos hacerlo pasar por tal.
Lo bueno de los milagros es que no hace falta realizarlos en vida —aunque eso siempre ayuda— sino que vale con curar a un enfermo desde la tumba, o sea que Gaudí está todavía a tiempo, no hay prisa.
No vale cualquier enfermedad, tiene que ser alguna incurable, eliminar un resfriado o un dolor de muelas no son pasaporte a la santidad. Y además de incurable ha de ser grave, no vale con subsanar una alopecia, ser santo es cosa seria, por favor.
Se conoce que conseguir que Gaudí llegue a santo —antes hay que llegar a beato, lo mismo que para ser comandante hay que ser antes capitán, en la iglesia y en la milicia las cosas han de seguir el curso establecido— es muy importante para Cataluña, no hay más que ver las ganas que se tienen de rezarle.
No me pregunten ustedes el motivo por el cual todos los catalanes deberíamos alegrarnos de la santificación del célebre arquitecto, yo pensaba que la santidad importaba únicamente al aludido, que así se sentaba más cerca de Dios, pero yo qué sé, doctores tiene la Iglesia. A lo mejor existe una competición para ver qué comunidad autónoma tiene más santos en nómina, y yo sin enterarme.
O tal vez es más fácil dirigirse a un santo para solicitarle ayuda si habla nuestra propia lengua, vayan ustedes a saber, habrá que preguntarle a alguno.
Beato ya lo era Gaudí en vida, aunque en el sentido más vulgar de la expresión, ya que era hombre de misa diaria. Precisamente el ir cada día a misa fue lo que acabó con su vida, ya que lo atropelló un tranvía cuando se dirigía a la iglesia de San Felipe Neri, iría el hombre pensando en sus cosas, porque no será que no hace ruido un tranvía. Anda que no se van a reír en el cielo los dos santos —en caso de que Gaudí llegue a serlo— recordando los pormenores del atropello.
—Hombre, Antoni, una cosa es que quisieras rezarme y la otra es que tuvieras tanta prisa por conocerme en persona—, le dirá el cachondo de Neri en cuanto se lo encuentre en el santoral.
El triste final de Gaudí lo hermana a Carrero Blanco, otro que murió por ir a misa cada día, aunque a éste no lo atropelló un tranvía sino 100 quilos de Goma-2 —más ruidosos que un tranvía—, puestos ahí precisamente porque el comando de ETA conocía el recorrido diario del almirante para cumplir con su fe.
De las dos muertes se deduce que ser de misa diaria es un peligro, por algo la propia Iglesia obliga a sus miembros a asistir al oficio solamente los domingos y fiestas de guardar, librándolos por su propio bien de ir cada día.
Cuando se empeña uno en ser más papista que el papa y cumplir diariamente con la eucaristía, pasa lo que pasa. O igual es que el Señor premia a los extremadamente creyentes, llamándolos bien pronto a su lado.
Sea como sea, Gaudí y Carrero demuestran, cada uno a su manera, que ir demasiado a misa acaba siendo perjudicial para la salud. Los alimentos del alma, igual que los del cuerpo, deben tomarse en su justa medida, sin abusar de ellos.
Curiosamente, a pesar de que por la forma de morir, Carrero parecía tomar clara ventaja sobre Gaudí para llegar al cielo, el hecho de que éste no ejerciera jamás de presidente de gobierno en una dictadura le coloca en bastante mejor posición para acceder a la santidad. Sigue faltando el milagro, eso sí.