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Rosa Cañadas y una representación de IA

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Pensamiento

IA - ¡Ay!

"Si automatizamos sin pensar en las personas, el coste no lo paga solo una empresa; lo paga la sociedad entera"

Publicada

Estamos viviendo una especie de fiebre colectiva alrededor de la inteligencia artificial. Empresas, Gobiernos, inversores, universidades, consultoras… todo el mundo habla de IA, todo el mundo quiere subirse a la ola y todo el mundo parece tener prisa por no quedarse atrás.

Y lo entiendo, la IA va a transformar muchísimas cosas. Ya lo está haciendo. Pero me preocupa que estemos corriendo demasiado rápido hacia la herramienta sin hacernos antes algunas preguntas bastante básicas.

¿Para qué exactamente la vamos a utilizar? ¿Cuánto nos va a costar si lo hacemos mal? ¿Y qué pasa con las personas que tienen que adaptarse a todo esto?

Porque a veces tengo la sensación de que estamos incorporando inteligencia artificial con una fe casi automática. Hablamos de productividad, eficiencia, automatización y nuevos modelos… pero no siempre sabemos todavía cuál será su uso real ni si aquello que hoy parece revolucionario estará obsoleto mañana.

Muchas empresas están invirtiendo en herramientas, sistemas y automatización sin haber definido todavía qué quieren transformar realmente, qué funciones deben seguir siendo humanas, qué capacidades necesitan desarrollar internamente o cómo preparar a sus equipos para este cambio.

Y el problema no termina ahí.

La tecnología se compra más rápido de lo que las personas se transforman.

Esto no es una frase bonita. Es un problema de gestión. Muchas organizaciones están comprando herramientas antes de haber preparado a las personas que deberán utilizarlas.

Hoy vemos una asimetría muy clara: una gran parte de los presupuestos de transformación se dirige hacia la tecnología, la IA, la digitalización, las herramientas… pero una parte mucho más pequeña se dedica realmente a la formación continua, al reskilling, al acompañamiento humano y a la transformación de competencias.

La IA puede acelerar procesos, ordenar información, reducir tiempos o mejorar la productividad. Pero no transforma una organización por sí sola. Si los equipos no saben cuándo usarla, cómo interpretar sus resultados, qué límites tiene o qué decisiones no deberían delegarse, la herramienta no genera transformación. Genera ruido.

Y todo eso no aparece por arte de magia cuando una empresa compra una licencia.

Requiere formación. Requiere tiempo. Requiere liderazgo. Requiere acompañamiento.

Al mismo tiempo, la conversación pública sobre la IA avanza entre titulares exagerados, promesas desmedidas y mucha desinformación. Cada semana se anuncia la desaparición de una profesión, la sustitución de millones de empleos o la llegada de una nueva herramienta que supuestamente lo cambiará todo. Aunque muchas de esas predicciones son simplificaciones, el impacto psicológico ya existe.

Muchos trabajadores empiezan a preguntarse si sus capacidades seguirán teniendo valor, si podrán adaptarse suficientemente rápido y si tendrán un lugar claro en el futuro del trabajo. Y creo que estamos subestimando esa ansiedad.

Porque si una parte creciente de las personas siente que no entiende la transformación, que nadie la acompaña y que su experiencia deja de tener valor, la fractura no será solo tecnológica. Será también social, profesional y psicológica.

El verdadero riesgo no es solo que la máquina reemplace tareas. Es que haya personas que dejen de sentirse útiles en el mundo que viene.

Y aquí está el verdadero dilema.

Las empresas que no se suban a este tren probablemente no sobrevivan. La transformación no es opcional.

Pero si automatizamos sin pensar en las personas, el coste no lo paga solo una empresa. Lo paga la sociedad entera.

Por eso creo que la clave está en que las personas evolucionen al mismo ritmo que la tecnología. Y eso significa aprender a soltar lo que la máquina ya puede hacer mejor, y poner en valor lo que no puede: el criterio, la creatividad, la confianza, la capacidad de decidir.

La IA puede ayudarnos a trabajar mejor.

Pero no debería acabar definiendo por sí sola qué entendemos por talento, criterio, liderazgo, creatividad o valor humano dentro de una organización.

La verdadera pregunta no es si la IA va a cambiar el trabajo. Eso ya está ocurriendo.

La verdadera pregunta es si seremos capaces de transformar a las personas, las organizaciones y nuestra cultura del trabajo con la misma velocidad con la que estamos transformando las herramientas.

Porque eso no lo decide ningún algoritmo. Lo decidimos nosotros.