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Pensamiento

Las leyes de Lavoisier: aproximaciones a la situación política actual

"Lavoisier acertaba cuando reconocía que toda transformación política implica costes. Las políticas económicas, las reformas fiscales, las decisiones territoriales o las medidas sociales siempre producen efectos que deben ser asumidos y gestionados"

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Antoine Lavoisier formuló los principios fundamentales de la química moderna. Sus trabajos introdujeron el método experimental cuantitativo, basado en la medición precisa, y sentaron las bases para comprender que en toda transformación física o química los elementos cambian de forma, pero no desaparecen.

Aplicado metafóricamente a la política: los votos, el poder o las corrientes de opinión no desaparecen; se transforman y se redistribuyen entre diferentes actores y opciones políticas.

La política y la ciencia pertenecen a ámbitos distintos del conocimiento pero, en ocasiones, determinados principios científicos ofrecen metáforas útiles para interpretar fenómenos sociales complejos.

Una de las analogías más sugerentes es la que puede establecerse entre la situación política actual y las leyes formuladas por el químico francés Antoine Lavoisier.

Su célebre principio de ”conservación de la masa”, según el cual “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”, permite reflexionar sobre la dinámica del poder, de los votos y de los apoyos ciudadanos en las democracias contemporáneas.

Si trasladamos esta idea al actual escenario político, podríamos afirmar que los votos tampoco desaparecen, aunque se incremente la abstención como consecuencia de la desafección provocada por determinadas actuaciones políticas.

Los ciudadanos pueden modificar sus preferencias, cambiar de partido o incluso optar por la abstención, pero las ideologías que existen en una sociedad rara vez se extinguen por completo. La desaparición de las ideologías nos acercaría al abismo de las dictaduras.

Lo que sí se está generando es una transformación de su expresión política. Del mismo modo que la materia cambia de estado, sin dejar de existir, las ideas políticas evolucionan, se adaptan y reaparecen en escenarios distintos.

La misma lógica puede aplicarse al poder político, este no desaparece, solo se transforma y se redistribuye. Cuando un partido pierde capacidad de influencia, otro la gana, o bien esa influencia se reparte entre varios actores que deberían cooperar para ejercerla.

Esta situación resulta especialmente visible en los sistemas parlamentarios actuales, caracterizados por una creciente fragmentación política y por la dificultad de alcanzar mayorías absolutas. Es el caso que se manifiesta con toda su crudeza en la vida política española.

En este contexto, los pactos y las coaliciones se convierten en mecanismos de conservación y adaptación del poder a la realidad de los hechos. Lo que un partido no puede conseguir por sí solo, puede alcanzarlo mediante acuerdos con otras fuerzas.

Esta circunstancia debería obligar a sustituir las lógicas de confrontación permanente por una cultura política basada en la negociación, el compromiso y la búsqueda de consensos.

La cacería puesta en marcha por la derecha más conservadora y retrógrada contra el presidente Sánchez, nos conduce a un clima beligerante que invalida cualquier política basada en acuerdos y consensos tácitos.

Otra aplicación interesante de las ideas de Lavoisier se relaciona con el concepto de energía. La idea de que la energía no se pierde, sino que se transforma, ofrece una valiosa enseñanza para la política.

La movilización ciudadana, el malestar social, las demandas colectivas o la confianza en las instituciones constituyen formas de energía política que no desaparecen simplemente porque sean ignoradas.

Cuando los gobiernos son capaces de canalizar esas energías mediante reformas, procesos de participación o diálogo, favorecen la estabilidad, la cohesión y el progreso social.

Sin embargo, cuando las instituciones no ofrecen respuestas satisfactorias, esa misma energía puede transformarse en desafección, protesta, polarización o apoyo a nuevas fuerzas políticas, generalmente extremistas que crecen en la oposición al “sistema”.

Lavoisier acertaba cuando reconocía que toda transformación política implica costes. Las políticas económicas, las reformas fiscales, las decisiones territoriales o las medidas sociales siempre producen efectos que deben ser asumidos y gestionados.

El coste político puede manifestarse de diversas formas: pérdida de apoyo electoral, desgaste institucional, conflictos internos, movilización ciudadana. Por todo ello debemos explicar de forma pedagógica cuáles son los beneficios obtenidos para el conjunto de la sociedad.

Existe, además, una dimensión adicional que refuerza la vigencia de esta analogía. En política, como en la naturaleza, los vacíos rara vez permanecen sin ocupar durante mucho tiempo. Cuando un partido abandona determinadas reivindicaciones sociales, suelen aparecer nuevos actores dispuestos a representarlas.

La política funciona como un sistema en permanente búsqueda de equilibrio, donde las fuerzas se compensan y los espacios de poder tienden a ser ocupados.

En definitiva, las leyes de Lavoisier ofrecen una metáfora especialmente útil para interpretar la realidad política contemporánea. Los votos se transforman, el poder se redistribuye, la energía social encuentra nuevos cauces de expresión y los costes de las decisiones terminan manifestándose de una forma u otra.

La política es un proceso continuo de transformación de los apoyos recibidos, donde el conflicto cambia constantemente de forma sin dejar de existir.

La fortaleza de una democracia depende de su capacidad para aliviar las tensiones, generar estabilidad y transformar los disensos y la confrontación permanente en acuerdos que permitan la participación y el progreso colectivo.

La existencia de Vox y la subordinación del PP a su socio imposibilitan el acuerdo.