Joaquim Coll, el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez Europa Press
Sánchez, ¿un activo o un lastre para el PSC?
"La llegada de un Gobierno del PP y Vox, que en Cataluña sería recibido de manera muy negativa, estimularía la participación del votante progresista"
La relación entre el PSC y el sanchismo ha entrado en una fase delicada. No porque los socialistas catalanes discrepen sustancialmente de su política de alianzas —difícilmente podrían hacerlo mientras gobiernan gracias a acuerdos igualmente complejos—, sino porque el deterioro del clima político en Madrid amenaza con erosionar uno de los principales activos del PSC: su imagen de fuerza institucional, pragmática y orientada a la gestión.
Jaume Collboni representa junto al resto de los alcaldes metropolitanos esa tradición del socialismo municipal catalán. Su apuesta por una Barcelona más ordenada, segura y funcional conecta con un electorado en general poco interesado en la épica ideológica y muy sensible, en cambio, a la eficacia cotidiana de los servicios públicos, la vivienda, el transporte o la seguridad.
Ese espacio político existe. Y ha sido históricamente la base del poder socialista en Cataluña.
El problema para el PSC no son los pactos. Su electorado ha demostrado desde hace tiempo una considerable tolerancia hacia las alianzas transversales cuando estas sirven para garantizar estabilidad institucional. Lo que empieza a generar desgaste es otra cosa.
La percepción de improvisación permanente, una legislatura agotada, incapaz de aprobar un solo presupuesto, un Gobierno que abusa de los decretos-leyes y una dinámica parlamentaria absorbida por los escándalos y las investigaciones judiciales.
Cada nueva polémica que afecta al entorno del Gobierno Sánchez añade un coste reputacional que los alcaldes socialistas no pueden ignorar. La investigación judicial que afecta a José Luis Rodríguez Zapatero —expresidente, referente político y figura tutelar del actual ciclo socialista— agrava todavía más esa sensación de agotamiento.
Ahí reside la verdadera dificultad para Salvador Illa y para el mundo municipal socialista. El PSC ha reconstruido con notable habilidad una centralidad política basada en la moderación, la gestión y la estabilidad institucional. Pero esa reconstrucción se ve afectada negativamente por una legislatura española moribunda.
El PSC ha sido históricamente fuerte cuando ha logrado presentarse como un espacio autónomo: catalanista sin rupturismos, progresista sin maximalismos y profundamente institucional.
Esa tradición política explica buena parte de su recuperación reciente. Y también explica la creciente necesidad de marcar perfil propio frente a un Gobierno Sánchez cuyo objetivo es resistir y llegar como sea al verano del 2027.
El relevo en la Moncloa es inevitable y, ante ese escenario, prolongar artificialmente una legislatura sin rumbo podría acabar teniendo más costes que beneficios para el propio PSC. Los alcaldes socialistas necesitan oxígeno para defender en mayo del año que viene su gestión sin quedar atrapados por una dinámica que no controlan.
Al contrario, la llegada de un Gobierno del PP y Vox, que en Cataluña sería recibido de manera muy negativa, estimularía la participación del votante progresista.
Salvador Illa ha demostrado inteligencia estratégica. Durante años, el socialismo catalán ha construido su fortaleza sobre la gestión, la proximidad y una cierta cultura de gobierno alejada de la polarización madrileña. Y ahí es donde la pregunta del título encuentra respuesta.
Pedro Sánchez fue un activo para el PSC en la etapa de reconstrucción del espacio socialista tras el procés. Hoy, en cambio, representa sobre todo un lastre para los intereses locales y metropolitanos. No por las alianzas parlamentarias, sino por el clima de provisionalidad, agotamiento y deterioro institucional que rodea a la política española, de cuya responsabilidad él no puede librarse.