Ignacio Vidal-Folch y una imagen del Gran Canal de Venecia
Los abrazos en Venecia
"Acechan al mundo nubarrones tan negros que quién sabe qué pasará mañana. Aquellos abrazos tan inesperados y deliberados, supuestamente de bienvenida, eran, en realidad, formas de despedirse"
Acabo de volver de Venecia, donde se inauguraba la bienal de arte, y donde quería ver el pabellón de España, en la que el artista catalán Oriol Vilanova ha presentado una de sus instalaciones a base de su colección de postales, que compra en los mercadillos con perseverancia y siguiendo criterios muy codificados. Aquí las he celebrado repetidamente. La de Venecia es estupenda.
Más que las obras expuestas, de las que quizá les hablaré otro día, aunque la écfrasis, o sea, la descripción verbal precisa y lo más exacta posible de las obras de arte, es uno de los géneros más frustrantes y desagradecidos de la escritura, lo que más me llamó la atención es una manera de saludarse entre los artistas, comisarios, periodistas, empleados en museos, críticos y aficionados con los que te encontrabas en los recintos expositivos, paseando por la calle o en las terrazas de las cafeterías. Una manera totalmente nueva, y que me pareció intrigante.
Hasta ahora, cada año la gente se saludaba según la convención, es decir, o bien estrechándose las manos, sea recia o blandamente, o bien dándose en las mejillas, o en el aire a unos centímetros de las mejillas, dos besos más o menos etéreos. Son formas de saludar, de restablecer contacto con un conocido y de empezar una conversación de circunstancias que están totalmente codificadas, que no llaman a confusiones y que, más allá de una civilidad más o menos cordial, no significan necesariamente nada.
Este año, no. Este año detecté que, para los encuentros casuales en Venecia, se ha puesto de moda una nueva forma de saludarse. Es más corporal. Verán: consiste en que el hombre o la mujer te sujeta con la mano derecha, con la que te da unos apretoncitos en el antebrazo, mientras pasa el otro brazo por tu espalda o por el cuello, y a veces incluso esta aproximación se remata apoyando la cabeza en tu hombro. Como si buscasen refugio en ti, quisieran olisquear qué colonia llevas o se condolieran de una desgracia que te ha pasado.
No quedaba claro si querían decir “sí, ya me he enterado de lo tuyo, valor, saldrás adelante”, o, por el contrario “soy un náufrago, me estoy ahogando, socorro”.
Pero a continuación las conversaciones seguían con la natural liviandad de la ocasión. ¿Cuándo habéis llegado? ¿Dónde estás instalado? ¿Has visto el pabellón de Dinamarca? El mejor es el Ruritania. Ayer descubrimos un restaurante que te recomiendo. Ayer vimos a García, le dan miedo los aviones y ha venido en coche. Etcétera.
A la cuarta o quinta vez que me vi sometido a tan inesperados abrazos, empecé --llevado por el impulso de la mímesis, que tan consustancial es a las sociedades humanas-- a prodigarlos yo mismo a troche y moche, y al primer conocido con el que me tropezaba, me apresuraba a palparle el antebrazo, darle apretoncitos con los dedos, le pasaba la otra mano por la espalda, y agregaba, ya de mi propia cosecha, por iniciativa propia, unas cariñosas palmaditas.
Como a nadie se le había ocurrido antes lo de las palmaditas, pensé que debería patentarlo como versión Premium del nuevo abrazo veneciano. Pero luego quise descodificar este nuevo y extraño ritual de forasteros en Venecia.
A qué venía tan íntima cordialidad, qué podían querer decir.
Lo más probable, pensé, es que, como ya el año pasado y el anterior me encontré aquí mismo con estos hombres y mujeres, estos abrazos celebran precisamente la repetición, y la confirmación, de que somos parte no ya casual, sino persistente, de un acontecimiento culturalmente muy distinguido. ¡Estamos tú y yo en el mismo barco, mejor dicho, en el mismo trasatlántico! El abrazo era, pues, un recibimiento estamental o de clase. La confirmación de una distinción.
Pero luego, pensándolo mejor, llegué a la conclusión de que era precisamente lo contrario: un signo de descreimiento y fatalidad. Se abrazaba la gente y se daba apretaditas en el antebrazo como una manera de aludir a la precariedad y la, digamos, gloria engañosa y volátil de nuestra estancia en la ciudad de los Canales: un doliente reconocimiento de su calidad de trampantojo. Porque acechan al mundo nubarrones tan negros que quién sabe qué pasará mañana. Aquellos abrazos tan inesperados y deliberados, supuestamente de bienvenida, eran, en realidad, formas de despedirse.