Javier Serrano Copete y la imagen de un elefante
El cementerio de los elefantes
"Es aberrante, o quizá muy humano, que las calles sigan sin dedicarse a científicos o artistas, y no a políticos, por definición, sectarios"
Todo hombre, decía Heidegger, es un “ser para la muerte”. La consciencia del luto y la sed de transcendencia, y no solo de lo vivo y perecedero, es el motor vital por antonomasia que motiva una razón creadora, más allá del conocido como “instinto”, y que diferencia al hombre del resto de especies.
El progresivo camino hacia el agotamiento biológico sobrepasando, con creces, la esperanza de vida que nos toca como especie, hace que los problemas cognitivos, y la propia vejez, sean circunstancias por las que toda persona va a pasar, salvo desafortunados imprevistos.
El mito del cementerio de elefantes es una creación basada en múltiples leyendas y alguna que otra apreciación científica. Más allá de ser una escena de El rey león (o el título de alguna película o serial) no existen lugares masivos de entierro para paquidermos, aunque sí de matanzas masivas.
De todos modos, sea en elefantes africanos o en asiáticos, sí que se ha constatado la existencia de comportamientos cercanos al luto, e incluso, de alguna suerte de protoentierro que demuestra el sentir del elefante, reflejando su categoría de ser moral.
Se ha comprobado que a los proboscídeos les cuesta abandonar los cadáveres de sus congéneres, y que incluso se conmocionan cuando pasan cerca de sus huesos, llegando algunos elefantes indios a “enterrar” a sus bebés.
La caza de elefantes, comportamiento nada modélico en lo social, y de difícil moral, no deja de ser un monumento a la aberración humana de la necesidad de demostrar el poder sobre la naturaleza (como ya hicieren los monarcas asirios con los leones asiáticos, tal y como lo reflejaron en sus impresionantes relieves palaciegos).
El uso del argumento cinegético del control de poblaciones (en lugares como Botsuana) en seres “algo más” que sintientes es de una laxitud notoria, y de difícil justificación sin respuesta.
Desde los inicios de la civilización al hombre le ha preocupado su entierro. Sea contratando seguros de decesos, o buscando dónde ser enterrado (si en Granada o en Madrid, por ejemplo), a todo jerarca o plebeyo le ha aterrorizado no tener dónde pasar el último viaje.
El propio Derecho romano justificó la necesidad de establecer siempre heredero (como hace el Código Civil de Cataluña) en la voluntad de que alguien continuara la jefatura de la familia (pater familias)… y mantuviera el culto doméstico.
Al ser recordado por la familia, en algunos casos, se le une la necesidad de ser recordado por la sociedad. El recuerdo familiar, salvo excepciones, no pasa de la segunda generación y siempre que el comportamiento haya sido cariñoso o, cuando menos, atento (al “bala perdida”, de alguna forma, se le medio perdona con un olvido más próximo, salvo casos extremos).
El recuerdo social es más caprichoso, y su búsqueda más asfixiante por momentos.
Los logros políticos son siempre producto de la narrativa, lo mismo que la propia experiencia humana si nos basamos en ciencia, pero con unos incentivos jerárquicos y de prevalencia que la etología parece querer asemejar a los alfas entre babuinos.
Sabido es que a los emperadores romanos les obsesionaba, muy especialmente, ser deificados y no caer en la Damnatio Memoriae (o condena de la memoria) que implicaba la maldición en el recuerdo, y entre otras cuestiones, ser borrado de cualquier representación pública.
El Infierno de Dante ya hacía referencia, en su Divina Comedia, a los diferentes políticos que, según el genio del florentino, habitaban en una eterna Damnatio Memoriae. Fraude (fiscal, entre otros), lujuria, gula, avaricia… los diferentes círculos en el infierno dantesco parecieren las habitaciones de un gigantesco hotel donde, quién sabe si sin remedio, siempre pudieren habitar los políticos del momento, actual o precedente.
La justicia es relativa, y la memoria, selectiva. Las campañas forzadas de restablecimiento, ante una próxima muerte, no dejan de ser una marioneta en manos de Hécate o un hueso en alguna de las fauces de Cerbero, cosejas que se intentan inventar para recordar con cariño a quienes están en ciernes de entrar en lo soñado por Dante, eso sí, con algún atenuante concedido, quizá en forma de algún servicio o obra pública de mención.
Cuesta creer que quienes tuvieren “abuelos florentinos” sueñen, aún, con tener una plaza y calle en cada pueblo y ciudad de la región que, a su ver, construyeron. Es aberrante, o quizá muy humano, que las calles sigan sin dedicarse a científicos o artistas, y no a políticos, por definición, sectarios. El peligro de la Damnatio Memoriae aterra, y el tiempo es corto.
Queda por reflexionar sobre si en España nos comportamos excesivamente bien con el recuerdo de nuestros políticos ancianos. Jubilamos pronto (Trump está mucho más próximo en edad a Felipe González que a Pedro Sánchez) y “enterramos” antes (ningún expresidente del Gobierno español, y acaso pocos autonómicos, han salido indemnes a la “justicia pública” y a la pena de telediario).
Al final, parafraseando al falso César de turno, la profesión de político tiene estos riesgos…