Josep Maria Cortés y una imagen de Lamine Yamal con la bandera 'estelada' independentista
Lamine, con el dolor de la humanidad
"Lamine Yamal es listo; sabía que provocaría un embrollo si cogía el palo de la bandera palestina en plena rúa de los campeones en el centro de Barcelona"
“Toda la vida he jugado a futbol para salvar a mi gente”, dice a menudo Neymar, y me consta que Lamine, poco dado a la docilidad, no entiende lo que quiere decir el brasileño.
Y tiene razón el joven: ¿Qué es esto de salvar a mi gente? Lo que nos consta aquí son las festonadas que le reblandecieron los músculos al astro carioca. A Lamine le pega más el “yo nací jugando fútbol” de Eduardo Galeano, el escritor uruguayo enamorado de la pelota, humano hasta la médula, hincha del Nacional de Montevideo, una pasión que compartió con Mario Benedetti, otro maestro de las letras.
A Lamine le va la invención sobre la marcha; se baja la cintura del pantalón y se sube las medias hasta más arriba de la rodilla para evitar que los defensas le adivinen el embrujo. No se le ve la rodilla, que es lo que anuncia la dirección del pie en el driblin, como hacía el mítico Sir Stanley Matthews, el legendario extremo derecho inglés, célebre por su asombrosa longevidad profesional hasta los 50 años, y por ser el primer ganador del Balón de Oro en 1956 a los 41 años. El apodado "mago del regate" destacó en el Stoke City y el Blackpool, siendo el único jugador nombrado caballero (Sir) mientras seguía en activo.
Lamine surca los caminos del británico, pese a que su ídolo incomprendido sigue siendo Neymar, que ahora juega en el Santos, el equipo de Pelé. Lamine es listo; sabía que provocaría un embrollo si cogía el palo de la bandera palestina en plena rúa de los campeones en el centro de Barcelona. La lanzó alguien del público al autobús de los campeones y él la cogió con naturalidad; estoy seguro de que siente el abominable crimen de guerra de Bibi Netanyahu en Gaza. Es listo, sufre como el que más el dolor de una nación que, al fin y al cabo, es el dolor del mundo. A Hansi Flick no le gustó; hoy le damos un pésame sentido por la muerte de su padre.
Lamine ha ganado para siempre. No es una cuestión de bandos, sino de humanidad y anhelo de paz. Se acerca el Mundial y España no tiene a Garrincha, el jugador que convirtió la imperfección en arte, en las playas de Bahía de Guanabara, en liza con el futbol paulista de la otra mitad de Brasil; Garrincha tenía una pierna más corta que la otra y la espalda siempre dolorida, pero él inventó el regate que nadie tuvo y ganó dos mundiales. Lamine le destronará pronto.
De Latinoamérica, hipérbole total de la hermosura, llega el resquemor generado por Ayuso, señora de la virtud, Malinche de medio pelo, “reina de la vacuidad”, dice el corrido. Allí, en el Estadio Azteca, tal vez jugará Lamine este verano con la Roja. Él sabe que el futbol es “la única religión que no tiene ateos” (Galeano), y también conoce “la melancolía irremediable después del amor y al final del partido”.
En la grada resuena la solidaridad con las víctimas, amiga del pase medido al pie, “la caricia del futbol”, en palabras de Johan Cruyff. La cancha vibra a diario en la calle descalza de Gaza. La Palestina civil e indefensa no es un bando, ni es el terrorismo de Hamas; es el dolor de la humanidad, su bandera representa al planeta entero.