Un montaje de Albert Gimeno con una imagen de Juan Antonio Samaranch de fondo
El olvidado genio de la lámpara
"Esta ciudad, con la sociedad olvidadiza y tontorrona que tiene, prioriza el castigo a Samaranch por sus cargos durante el franquismo sobre el reconocimiento estruendoso para quien con sus oficios puso en el mapa a la capital catalana"
Las calles de Barcelona contarán en el futuro con el sello de seis artistas, tres emergentes y tres consagrados, para impulsar la apuesta por el arte con la idea de incrementar el inventario artístico de la ciudad. Una buena idea del consistorio porque afrontar los problemas habituales —seguridad, limpieza, vivienda— no debe dejar en el olvido otras cuestiones que también sirven para embellecer el concepto de urbe moderna.
Se trata de la puesta en marcha del programa municipal de Impulso al Arte Público. Las primeras noticias acerca de dicha iniciativa ya desvelaron que tres personas serían protagonistas en el reconocimiento artístico: Ildefons Cerdà, el padre del urbanismo moderno barcelonés, y la pareja accidental que adquirió fama universal por su alianza en la Barcelona olímpica, como fueron Montserrat Caballé y Freddie Mercury. Esas elecciones no admiten mácula. En el caso de Cerdà, aunque con presencia en el callejero barcelonés, servirá de reconocimiento ciudadano para alguien que defendió una apuesta urbanística atrevida y brillante. Respecto al talento de Caballé y Mercury —majestuoso por separado—, el mundo recuerda la pieza musical interpretada para la celebración de la olimpiada barcelonesa.
De todos modos, el consistorio ha vuelto a desaprovechar con esta iniciativa la posibilidad de homenajear convenientemente al que se convirtió en el padre real de la consecución de los Juegos Olímpicos. No es la primera vez que se desaprovecha esa oportunidad y el caso es que el cambio político en el puente de mando municipal tampoco ha permitido tener la sensibilidad necesaria para ponerse de pie ante la figura de Juan Antonio Samaranch.
Supongo que nadie pondrá en duda a estas alturas de la historia que, sin la capacidad de negociación, y con la habilidad para mover esos hilos invisibles que requieren los grandes acontecimientos, Barcelona no hubiera sido lo que empezó a ser en 1992 si Samaranch no hubiera ocupado la presidencia del Comité Olímpico Internacional. Junto a la figura política de Pasqual Maragall, Samaranch es merecedor, al menos, del mayor de los respetos. Pero esta ciudad, con la sociedad olvidadiza y tontorrona que tiene, prioriza el castigo a Samaranch por sus cargos durante el franquismo sobre el reconocimiento estruendoso para quien con sus oficios puso en el mapa a la capital catalana.
En general, compartimos espacio con una sociedad a la que le cuesta homenajear de verdad a quien más lo merece. Quizás habría que priorizar los alardes positivos que las presuntas sombras porque si nos ponemos a usar el microscopio no existiría figura pública impecable. Ni en Barcelona, ni en ningún otro lugar del mundo. Es muy posible que muchos de los adalides en la crítica a Samaranch por su relación con el franquismo sean hijos o nietos de empresarios catalanes regados por el Régimen. Ellos enderezaron su historia familiar gracias al dictador, pero luego son los primeros en rasgarse las vestiduras en su alocado intento de romper con el pasado. En fin. Confiemos en que algún día la ciudad de los prodigios haga justicia a quien frotó la lámpara y salió como un genio de ella.