La IA que acaba con puestos de trabajo y Toni Garrell
La factura laboral de la inteligencia artificial
"Más allá de la responsabilidad individual de adaptarse a los cambios laborales generados por la IA, es necesario pedir a los gobiernos e instituciones que articulen planes de transición justa y marcos regulatorios que pongan a las personas en el centro"
El pasado jueves 23 de abril, en plena celebración de Sant Jordi, conocí la noticia de que Meta reducía en un 10% su plantilla, unos 8.000 trabajadores altamente cualificados.
Casi simultáneamente, Microsoft anunciaba un incentivo de bajas que afectaría a un 7% de sus trabajadores.
No son solo ellas las que han anunciado reducciones de plantilla. En los últimos meses también lo han hecho, entre otras, Amazon, Oracle y Snapchat.
Según diversas informaciones, los puestos de trabajo tecnológicos afectados en los primeros cuatro meses de 2026 superan los 70.000. Este hecho refuerza la idea de que el impacto de la IA sobre el empleo no es una especulación, sino que se basa en cómo funciona la tecnología y en evidencias empíricas.
Estas reducciones responden a dos factores simultáneos: por un lado, la necesidad de financiar el creciente coste de la infraestructura de IA (chips, datos, electricidad); por otro, al hecho de que el uso de la IA permite automatizar tareas que antes requerían equipos amplios, lo que permite reducir gastos y aumentar la productividad.
Hay que asumir que la IA automatiza tareas cognitivas, no solo manuales. Un hecho diferencial respecto a las tecnologías anteriores, dado que puede automatizar tareas intelectuales como redactar textos, analizar datos y diagnosticar, atender clientes o programar.
De hecho, ya en 2023 Goldman Sachs explicaba que hasta un 25% de las tareas laborales podrían ser sustituidas completamente, y el McKinsey Global Institute estimó que hasta el 30% de las horas trabajadas podrían automatizarse antes de 2030, si bien menos del 10% de los empleos pueden automatizarse completamente.
En este contexto, hay que entender que la IA no solo sustituye puestos de trabajo en el presente, sino que también reducirá la necesidad de nuevas contrataciones.
Estamos avanzando hacia un paradigma en el que muchas tareas que pueden hacerse con robots e IA tenderán a desplazar a las personas, algo que caracteriza la actual era digital. Es necesario, por tanto, prepararnos para afrontar los retos que esto comporta.
La capacidad de la IA y la robótica para ejecutar tareas, incluidas las cognitivas, a menudo de manera más eficiente reduce la necesidad de trabajo humano en determinados ámbitos. Ahora bien, esta realidad no debe simplificarse: la IA no elimina todos los puestos de trabajo, pero sí transforma muchos y crea otros nuevos.
Ante este escenario, el reto no es resistir el cambio, sino aprovecharlo. La clave está en repensar la formación básica, profesional y universitaria, invertir en formación continua, desarrollar competencias digitales y, sobre todo, potenciar aquellas habilidades genuinamente humanas como el pensamiento crítico, la creatividad, la colaboración y la capacidad de resolver problemas complejos.
La IA no solo sustituye, sino que también amplía posibilidades: permite crear nuevos modelos de negocio, mejorar la toma de decisiones y generar oportunidades profesionales hasta ahora inexistentes.
Trabajar en esta nueva era implica aprender a convivir con la tecnología, utilizarla como aliada y mantener una actitud proactiva ante el cambio constante.
En consecuencia, el riesgo real no es una desaparición total del trabajo humano. Estudios recientes señalan que, aunque algunas tareas son automatizables, existen barreras no técnicas que protegen aproximadamente el 64% de los puestos de trabajo de una sustitución total inmediata.
Ahora bien, estamos en una transición desigual y potencialmente disruptiva, especialmente para determinados colectivos que no dispongan de la requerida capacidad de adaptación.
En definitiva, la factura laboral de la inteligencia artificial ya ha comenzado a evidenciarse y de momento la pagan, sobre todo, los trabajadores de los sectores más expuestos a la automatización.
Mientras las grandes tecnológicas reducen plantillas para financiar la infraestructura de IA, surge una pregunta incómoda: ¿quién se hará cargo del coste social de esta transición?
Si las ganancias de productividad se concentran y el empleo se polariza, el debate ya no será solo tecnológico, sino político. Por eso, más allá de la responsabilidad individual de adaptarse, es necesario pedir a los gobiernos e instituciones que articulen planes de transición justa y marcos regulatorios que pongan a las personas en el centro.
Prepararnos, pues, no significa únicamente aprender a convivir y trabajar con la IA, sino decidir colectivamente cómo mitigamos sus daños y cómo hacemos posible el progreso compartido.