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Ignacio Vidal-Folch y un puesto de libros y rosas frente a la sede del Govern en Madrid

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Pensamiento

Sant Jordi, sólo la tercera mejor fiesta del mundo

"Convengamos sensatamente en que, después del Carnaval de Río y la Feria de Sevilla, es la más bonita"

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Sant Jordi fue ayer. The party is over. Hoy, a currar, bastardos. En seguida os daréis cuenta de que el mundo sigue siendo igual de adverso, o incluso un poco más que anteayer.

No pude asistir a la fiesta de la rosa y el libro en Barcelona, pues estoy en Madrid. Pero al pie de los muros del Ministerio de Cultura habían instalado una parada en la que regalaban libros que financió la Dirección General del Libro y Bibliotecas, o que ésta financió y se quedó con un stock.

Había un montón de ejemplares de La medida de un hombre, una antología poética de Vinyoli, en edición bilingüe.

--¿Es gratis de verdad? —pregunté al joven que atendía— ¿Puedo llevarme dos?

--Como si quieres llevarte el montón entero.

Me llevé cuatro, uno para mí y los otros tres para amigos, que creo que les gustarán. También pesqué una Antolojía poética de Juan Ramón Jiménez, selección de Soledad González Ródenas, que no sé si será pariente de Tono. Y un suntuoso catálogo titulado Cabaret de las criselefantinas parisienses y berlinesas de los años 30, de la colección de la casa Lys, estupendo museo de Art Nouveau y Art Déco que hay en Salamanca, en un edificio modernista todo acristalado, precioso.

También me llevé Un temps révolu, uno de los cinco tomos de autobiografía del olvidado poeta francés Georges Haldas. Me lo llevé casi por compasión. La verdad es que no tengo tiempo para leerlo, y hojeándolo me pareció que Haldas fue un poco comunista, pero quién sabe si en un momento tonto lo abro, y me engancha. En cualquier caso, en mi biblioteca se sentirá más acompañado que en los almacenes del ministerio. Lo he colocado en la estantería y desde ahí lo oigo que susurra: “Léeme, léeme”. Bueno, ya veremos.

Pensé que con Vinyoli, Juan Ramón, las criselefantinas de la casa Lys y el tal Haldas, eso ya honraba sobradamente, a la distancia, a Sant Jordi. Pero como es sabido, en ese día se compra y se regala, no se obtiene gratis. Así que me fui a la librería Antonio Machado y compré otros dos libros: La amante de Wittgenstein, novela de David Markson, y La última frase, de la artista prematuramente fallecida Camila Cañeque, antología de 452 últimas frases de libros. Me los había recomendado un amigo de cuyo criterio me fío.

A la hora de pagar, vi que tenían junto a la caja Historia de la alegría, un historiador francés que trabajó con Georges Duby en su Historia de la vida privada. Como el tema me interpela, lo compré también.

Digo todo esto para que quede claro que rindo tributo a los ritos de la tribu, que no soy un antisocial, que respeto las tradiciones y celebro que la fiesta de ayer diera, precisamente, alegría, especialmente a muchas mujeres que recibieron una rosa inesperada, a algunos escritores que se ponen morados de firmar sus libros y de recibir elogios y parabienes de los clientes, a los editores que hacen buena caja, y a mucha otra gente a la que le encanta, como al Hombre de la multitud de Poe, estar entre una masa de seres humanos bien apretados, con dificultades para desplazarse.

Ahora bien: que, como algunos han escrito en vísperas de Sant Jordi, ésta sea “la fiesta más bonita del mundo”, o “la mejor fiesta del mundo”… no, alto, amigos, por ahí no paso. ¿Qué clase de fiesta maravillosa consiste en regalar una rosa a una mujer? ¿Estamos en tiempos provenzales? ¿Y es muy festivo regalar un libro? A mí, como acabo de exponer, me regaló ayer siete el Ministerio de Cultura, y te aseguro que no me puse a dar brincos.

¿A esto le llamamos fiesta? Oye, ya puestos llámalo orgía también, si quieres. Acepto pulpo como animal de compañía. ¿Cómo la mejor, la más bonita fiesta del mundo? ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Es que has viajado por todo el mundo, has asistido a ciertas fiestas que celebran los maorís en Rarotonga o Tongatapu y otras islas de la Polinesia, cantando a coro al son de la música lánguida de las caracolas que llaman “pu”, al claro de luna y del cielo estrellado, junto a las tranquilas aguas del Pacífico que lamen la playa?

¿Has estado en el Carnaval de Río, has visto a esas mulatas despampanantes semidesnudas meneándose alegres al incesante son de la samba? O sin necesidad de ir tan lejos, ¿me vas a comparar la fiesta de la rosa y el libro con la feria de Abril en Sevilla, donde las mujeres van embutidas en ceñidos vestidos de faralaes que las convierten a todas en monumentos, y los hombres (bueno, algunos hombres) llevan torerita y sombrero cordobés, donde se baila y se canta y se bebe rebujito y manzanilla y se gasta y se desparrama hasta el delirio (¡y hasta el más profundo aburrimiento, sí!), día tras día, noche tras noche?

Así que convengamos sensatamente en que, después del Carnaval de Río y la Feria de Sevilla, Sant Jordi es la mejor, más bonita, fiesta del mundo. O sea, la tercera.