Fátima Vila y Elon Musk
Musk, los zombis y la creación de empleo
"Llevamos años dejando a merced de otros la configuración de nuestros relatos, la modelación de nuestro pensamiento, y ya en plena guerra híbrida, al amanecer del día de la batalla, somos extraordinariamente débiles"
Elon Musk se burla de España con una escena de Guerra Mundial Z. Para cualquier friki, el chiste se cuenta solo. Descontextualiza que algo queda. Y en este mundo nuestro: descontextualiza, que todo queda. Guerra Mundial Z: una película mediocre que versiona una novela magistral. Un refrito made in Hollywood en el que se reescriben los argumentos para que queden bien los de siempre.
Musk, ese genio y villano de cómic, pretende ridiculizar a España como parte de la sospechosa respuesta coral que los líderes de la internacional conservadora han dado a la dramática –y difícilmente espontánea– irrupción de decenas de miles de personas en Ceuta.
Varios días después algún medio apunta a las redes sociales. Pienso en lo poco que sabemos de cómo funciona el mundo. Con la cantidad de universitarios que tenemos, con lo buenas que son nuestras conexiones wifi… Y pienso en que, como la película trucada de Brad Pitt, en estos tiempos, la información debería consumirse con manual de instrucciones. Con un esquema que te permita saber dónde está el truco.
Todos deberíamos saber cuándo se cambia un argumento y todos deberíamos saber cómo funciona nuestro mundo, bien cargadito de desinformación y propaganda. Esa arma vieja y silenciosa que solo identifican unos pocos elegidos, los que la usan. La propaganda bien hecha, la que uno se traga con gusto, ya sea pagando en el cine o quedándose hasta la madrugada chupando vídeos que no sabe de dónde han salido, ni si los montó un ser humano.
Así están las cosas. Es tan importante saber de propaganda en tiempos de guerra…
Musk cita la versión trucada de la obra maestra de Max Brooks porque quizás no sabe –dicen que los hombres muy hombres leen poca ficción– que en esa novela los zombis son solo una excusa para mostrar una distopía poscapitalista en la que el dinero y la tecnología se vuelven inútiles y los países pobres abren sus fronteras para acoger a los nuevos parias, los ciudadanos ricos, cuyas ciudades han colapsado bajo los muertos vivientes.
Siento los spoilers, pero es que este es el chiste, agridulce y solo apto para lectores, pero chiste.
Esta tercera revolución industrial lleva más de una década dándonos pistas de la importancia de prepararse para un mundo nuevo con dilemas antiguos: qué es la realidad, qué es la libertad, qué es la vida o la verdad.
Sin embargo, parece que los que mandan –que son muchos y variados– prefieren que nos arrolle por si, en el compás de espera y a cuenta de tanta gente calentita, consiguen un concejal más, aprueban un decreto o ganan unas elecciones pensando, ilusamente, que las cosas seguirán siendo como antes.
Como si alguna vez hubiera sido una buena idea poner al lobo a cuidar de los corderos, nuestros representantes –que información tienen– han permitido que nos hackeen la cabeza, con nuestro beneplácito y regusto, pero sin advertencia. Todavía hay quien teme que le manipule el diario de derechas o el de izquierdas. Y lo que da más miedo: hay quien se cree tan librepensador que ha dejado de leerlos. No sea que le lleven la contraria o les expliquen algo aburrido. Generaciones enteras a merced del algoritmo.
Llamadme ilusa, pero me sorprende que el imperio de la desinformación nos maneje y zarandee sin que a nadie con una mínima responsabilidad institucional le parezca que sea un buen momento para darnos herramientas. Lo vemos mover hilos aquí y allá, en forma de masas desesperadas que responden a una llamada viral, ya sea para cruzar fronteras o pertrecharse contra el otro.
No hay revolución tecnológica que no traiga tensiones y guerras… sangrientas e híbridas, en las que se somete al contrario en lo físico, pero también en el pensamiento. Para que nos deje colarnos con un caballo gigante de madera, para que nuestro enemigo se mate con su propia espada, para debilitarle hasta que lo asesinen sus propias milicias. Qué viejas son las historias de la guerra, pero qué poco hemos aprendido de ellas.
Llevamos años dejando a merced de otros la configuración de nuestros relatos, la modelación de nuestro pensamiento, y ya en plena guerra híbrida, al amanecer del día de la batalla, somos extraordinariamente débiles.
Los tecnopesimistas hablan del colapso de la clase trabajadora y del fin de la democracia. Los tecnoptimistas defienden que el hombre encontrará salidas y la revolución tecnológica traerá nuevos empleos. Permítanme una reflexión corporativista –una es maestra–, pero se me ocurre una solución a medio camino que podría contentar a todos.
Aunque sea porque más vale mala democracia conocida que tecnocracia por conocer, si estuviera en la UE, en un banquillo del Congreso, no me temblaría el pulso para liberar recursos y contratar docentes que muestren a la ciudadanía, desde los 3 a los 100 años, qué se está haciendo con sus datos, con sus emociones, con sus cerebros.
La alfabetización digital no debería ir de dar un portátil a un niño o enseñarle Drive al abuelo, sino de explicar quién está dirigiendo nuestro mundo y mantener ciudadanos críticos con posibilidad de elegir. En los albores de este medievo digital que lo mismo nos viraliza un Six Seven, que un asalto, que una fe, que un linchamiento, necesitamos más que nunca invertir en esto.
Si no somos tan pesimistas para hacerlo por proteger nuestra democracia, seamos tecnoptimistas: hagámoslo, aunque sea, para crear nuevos empleos.