Mujer con burka
Inmigración, burka e ignorancia
"Si ni siquiera allí el velo integral aparece como una exigencia religiosa incuestionable, ¿por qué aquí se pretende presentar como intocable en nombre del multiculturalismo?"
La regularización de inmigrantes es una buena noticia. Y conviene decirlo claro, sin complejos. Es buena para quien sale de la sombra, deja atrás la clandestinidad y puede empezar a vivir con un mínimo de seguridad. Pero también es buena para el país que decide ordenar una realidad que ya existe, en lugar de seguir fingiendo que no la ve.
Y no solo eso: una regularización bien hecha también aumentará la productividad de nuestro país, porque permite aflorar trabajo, cubrir vacantes, incorporar de verdad a miles de personas al mercado formal y reforzar una economía que necesita más empleo regular, más cotizantes y mejor aprovechamiento de su fuerza laboral.
Pero una regularización de este alcance no puede convertirse en una coartada para relativizar principios que no son negociables. La regularización solo será un éxito si sirve para incorporar plenamente a quienes llegan a un espacio común de ciudadanía.
Eso significa acceso al trabajo, a la educación, a la sanidad y a la ley. Pero significa también algo más: asumir que en una democracia los derechos van unidos a deberes, y que entre esos deberes hay uno esencial e innegociable: respetar la libertad y la igualdad de las mujeres como principio común.
No podemos celebrar la integración legal de una mujer mientras cerramos los ojos ante su anulación personal. Y conviene además decir otra cosa: en todo este debate hay mucha ignorancia. Se mezclan conceptos, se confunden símbolos y se despacha como libertad lo que muchas veces no es más que una forma de sumisión presentada de forma amable.
Yo no hablo aquí del pañuelo, hijab, ni hablo de la fe íntima de cada uno. Hablo del burka, del niqab, del velo integral y de lo que representan en demasiados casos: la desaparición del rostro de la mujer del espacio público.
El burka es un vestido impuesto por los talibanes: obligaron a las mujeres a utilizarlo de la misma forma que les prohibieron estudiar, conducir o acceder a cualquier independencia social.
Los integristas intentan sacralizar tradiciones populares que no tienen ningún fundamento coránico. Y hay que recordar que, durante el peregrinaje a La Meca, en estado de ihram, las mujeres no deben llevar el rostro cubierto con niqab o velo facial ajustado.
Si ni siquiera allí el velo integral aparece como una exigencia religiosa incuestionable, ¿por qué aquí se pretende presentar como intocable en nombre del multiculturalismo?
Qué flaco favor estamos haciendo a las mujeres que van a la cárcel, que son castigadas o que incluso mueren en sus países simplemente por quitarse el velo, si aquí convertimos ese mismo símbolo en un tabú que nadie se atreve a cuestionar.
No estamos ayudando a esas mujeres. Las estamos traicionando.
Amnistía Internacional ha seguido documentando en Irán detenciones arbitrarias, condenas, flagelaciones y otras formas de represión contra mujeres y activistas que desafían el velo obligatorio.
No sirve de nada dar papeles a una mujer si luego la dejamos encerrada en un barrio, en una comunidad o en un entorno donde siguen imperando las mismas reglas del país del que huyó o del sistema que la somete.
Y eso no impide, por supuesto, que cada uno respete su religión, su cultura y la siga de una forma íntima, personal y libre, siempre y cuando respete también a los demás y las normas comunes de una sociedad democrática.
Una cosa es la fe. Otra muy distinta es utilizarla como coartada para justificar la desigualdad o el sometimiento de la mujer.
España ha recorrido un camino largo para ser un país más libre, más laico y más igualitario. Ser un país de acogida no puede significar ahora dar marcha atrás.
No podemos defender la regularización con una mano y tolerar con la otra símbolos de sometimiento que desmienten todo aquello que decimos proteger.
La inmigración nos enriquece cuando el que llega se suma a un proyecto común de libertad. Pero si los políticos, por miedo a ser tachados de intolerantes, permiten que la mujer siga siendo sometida por el mero hecho de que “en su cultura se acepta”, están fracasando.
No hablo solo del burka, sino de cualquier forma de sumisión o violencia contra la mujer que algunos pretenden blanquear en nombre de la cultura o de la tradición.
Y conviene decirlo: esta ignorancia no pertenece a un solo partido ni a un solo sector. Está en quienes utilizan este tema para agitar el miedo, pero también en quienes, por no parecer intolerantes, renuncian a defender la libertad de las mujeres con la claridad que merece.
Regularizar es incluir. Y no hay inclusión posible detrás de una rejilla en la cara.