El cantante Jorge Drexler

El cantante Jorge Drexler JORGE DREXLER

Músicas

Jorge Drexler: la canción de autor, el tambor chico y la vanguardia

'Taracá'. el nuevo disco del cantautor Jorge Drexler propone un viaje y una reflexión por los ritmos folclóricos del candombe, a la par que medita sobre la importancia del baile en la vida humana

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Las bicicletas son para el verano y los cantautores para el tardofranquismo. O eso parecía en los años sesenta y setenta, donde armados de guitarra y literatura alcanzaron una extraña popularidad. La efervescencia de los tiempos, la lucha contra el régimen y una sociedad con ganas de mitin y metáfora hicieron que los antiguos guateques se convirtieran en una boite con octavillas por el suelo y, a poder ser, mucho humo.

Cantaban en castellano, catalán, euskera o gallego. Raimon llenaba la Autónoma de Madrid con los versos de Ausiàs March. Serrat reinaba en las listas de éxitos con sus melodías de aire mediterráneo y Silvio Rodríguez oficiaba su misas revolucionarias desde todos los radiocassettes de la resistencia.

Pero llegaron los ochenta y la mayoría de ellos fueron barridos mediáticamente por las huestes politoxicómanas y coloristas del pop chillón de la Movida. Un nuevo cinismo —de repente se imponía ser más descreídos que nadie— parecía pregonar que todo lo que no fuera hedonismo estaba destinado al olvido o a la caspa. "El que no esté colocado que se coloque", proclamaba Tierno Galván desde las televisiones y el ayuntamiento. Tuvieron que pasar veinte años para que la herencia de la canción de autor fuera reivindicada por una nueva generación.

El extraño revival se vio avivado por unas circunstancias especiales. Aupados a lomos de la reacción ante una nueva etapa política conservadora —la primera legislatura de Aznar con el soporte de Pujol— y sostenidos por nuevas cabeceras como El Gran Musical y una joven audiencia que se reunía en Libertad 8 o el Café Central. El Imperio de los cantautores contraatacaba —por decirlo con la retórica de George Lucas— y lo hacía con nuevos mitos originarios: la leyenda de un Javier Álvarez casi preadolescente descubierto en una parada de metro; la calidez de Pedro Guerra contaminándonos con sus efluvios canarios, o Albert Pla y su heterodoxia genialoide.

El resto de la nueva camada de cantautores era mitad nostálgica, mitad irónica; tal vez no haya mejor canción que la explique que la celebérrima Papá, cuéntame otra vez, donde Ismael Serrano le pide a su progenitor que le vuelva a explicar por enésima vez las batallitas de las carreras huyendo de los grises. Tal vez ese admitido cansancio ante lo ya explicado —y el sonrojo ante los excesos románticos— fuera su principal tara, su pecado original.

Muchos de ellos parecían nacer cansados. Vivir por un retrovisor almibarado. Se entregaban, como dice el tango, sin luchar. La escena, salvo honrosas excepciones, resultó no estar cargada de futuro.

Un cantautor heterodoxo de Montevideo

Pero vamos a ocuparnos de una de esas excepciones. Ya desde el mismo origen, Jorge Drexler, se presentó con unas credenciales que acabarían por definir su carrera posterior. Un cantautor heterodoxo, de Montevideo —se lo trajo Joaquín Sabina para Madrid—, tan alejado de la imagen de crápula vividor como del minimalismo compositivo. Era otorrinolaringólogo —que adecuado, ¿no?—, ligado a una tradición de doctores, de familia judía y cultivaba una canción popular y analógica pero ya alterada por los loops y las maquinitas.

El esqueje uruguayo hibridó de fábula en tierra española, dejándonos discos como Sea o el exitosísimo Eco (2004), con canciones como Todo se transforma o Yo soy un moro judío que vive entre los cristianos. Desde entonces ha ido ampliando a la par repertorio y alcance público, aunque el momento de mayor visibilidad fue tal vez cuando decidió recoger cantando a capella un Óscar en una ceremonia en la que no le tuvieron en cuenta en la programación: “rema, rema”.

Llega ahora a nuestros oídos Taracá, donde vuelve a su Montevideo natal —no lo hacía desde Eco— y rescata el uso de los tambores del candombe para la canción de autor contemporánea, el ritmo popular del Uruguay. En buena parte de los temas, el sonido afro-uruguayo ancestral se hermana con sonoridades contemporáneas y samplers.

Taracá el nuevo disco de Jorge Drexler

Taracá el nuevo disco de Jorge Drexler

Drexler parece utilizar una coartada conceptual —con tesis, argumento, desarrollo y coda— para organizar cada uno de sus últimos discos. En Bailar en la cueva (2014) la música disco; En Salvavidas de hielo (2017) determinó que toda la percusión del disco nacería de golpearla en distintas partes del cuerpo.

La percusión y el baile como Big Bang

La tesis principal de Taracá es la percusión y el baile como Big Bang. El cuerpo golpeando una superficie antes de que existiera cualquier otra cosa que llamáramos música, antes de la melodía, antes de la armonía, antes del mismo concepto de canción: el golpe, el parche, la madera resonando. Y el baile como consecuencia lógica. Es emocionante escuchar un álbum tan vivo y lleno de ideas.

Se abre con Toco madera, que tras unos primeros compases más tradicionales, se quiebra en lo que será después una suerte de narrativa retrofuturista, que mezcla referencias a la Inteligencia Artificial y a la cueva paleolítica. La yuxtaposición de las sonoridades de raíz y las electrónicas de esta pieza van a ir apareciendo y mutando en cada uno de los temas posteriores, como en esas novelas en las que la primera página ya nos dan las claves temáticas de lo que vendrá después.

Su propuesta más conceptual

La segunda canción también resulta paradigmática para entender la condición híbrida y multiforme de la propuesta. En Cómo se ama lo que en apariencia es una balada romántica tradicional se convierte en toda una reflexión sobre el trecho que va de escribir canciones de amor a la incapacidad de amar en la vida de civil. A la vez que desarrolla el argumento —sus canciones son conferencias bailables—, Drexler va mutando la balada en una suerte de hip hop contemporáneo.

Pero no se imaginen aquí grandes parrafadas o exageraciones líricas como las del último Manolo García —sorry—, las variaciones y la imaginación aparecen de forma natural, sin aspavientos, como la respiración de un músico que, ya cumplidos los sesenta, sigue conectado con su arte e imaginería.

Si hay una canción que resume mejor el método Drexler en este disco es El tambor chico. Ahí explica, musicado y pedagógico, por qué el acento fuerte del candombe no cae en el primer tiempo del compás sino donde nadie lo espera. Que el ritmo te descoloque es la lección filosófica. Que te obligue a buscar el uno en un sitio distinto al habitual: eso es el candombe.

El estribillo de la canción bautiza el disco. Taracá, taracá. Onomatopeya rítmica que —si uno lo pronuncia despacio— suena a: estar acá. La vida le cabe en esa semicorchea. Y más: Ante la duda, baila, completa el argumento del disco con su perorata bailable. Un repaso histórico a todos los momentos en que los poderosos —La Iglesia, la censura, los jueces— intentaron legislar contra el movimiento de caderas.

Un disco de colaboraciones

Cualquier disco —en realidad cualquier trabajo artístico que se precie— es un trabajo colectivo, pero este más. Acompañando al cantautor nos encontramos a los combos la Rueda de Candombe que fusionan el candombe uruguayo con las rodas de samba de Brasil, y la murga —grupo que se dedica a canciones propias del carnaval uruguayo— Falta y Resto en Palabras, la canción que cierra el disco.

Se nota que Drexler, que ha cumplido sesenta y un años —treinta de ellos ya viviendo en Madrid— tiene posibles y ha tirado de los contactos y colegas de tener un hijo jovencísimo y talentoso: Pablopablo. Así, en mitad del folclore más auténtico aparecen Young Miko en Te llevo tatuada. O las jóvenes cantantes Meritexll Neddermann o Ángeles Toledano en la milonga de Cuando cantaba Morente junto a Julio Cobelli a la guitarra.

En fin, canciones con argumento y remate, tesis y coda, la densidad del ensayo y el pulso del tambor.

PD: Permítannos una confesión. Repasando el artículo nos percatamos de que nos ha salido laudatorio. Tal vez en exceso. Le comentamos a un amigo que nos hemos dejado comentar que en algunas ocasiones a Drexler se le nota —demasiado— que forma parte de la misma tradición que el Benedetti más cursi. El amigo nos contesta rápido. Nos recomienda que no lo hagamos, que lo dejemos para otro artículo. Que reconozcamos en este que a Drexler le debemos noviazgos y amores y matrimonios. Y que todavía continua el idilio.