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El Papa León XIV y una imagen de la Sagrada Familia

El Papa León XIV y una imagen de la Sagrada Familia Fotomontaje CG

Pensamiento

La Sagrada Familia y la madurez pendiente

"Una ciudad no puede medirse únicamente por los ingresos que genera. También debe valorar los costes: presión turística, transformación del comercio de proximidad, conflictos vecinales y pérdida de calidad urbana"

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La visita del Papa León XIV a Barcelona para bendecir la Torre de Jesucristo es una ocasión para medir algo más que una altura: la capacidad de una ciudad y una sociedad para relacionarse con su propia herencia sin reducirla a instrumento.

La culminación de la aguja central de la Sagrada Familia, con sus 172,5 metros, convertirá el templo en la iglesia cristiana más alta del mundo.

Es un logro técnico extraordinario y un hito arquitectónico que merece reconocimiento. Pero también invita a preguntarse si hemos sabido estar a la altura de la obra: urbanísticamente, culturalmente, políticamente.

Lo que nació como un templo expiatorio en una zona entonces periférica de Barcelona se ha convertido en un coloso que domina el perfil urbano de la capital. En una de las sociedades más secularizadas de Europa, esa presencia monumental no deja de resultar paradójica. No por su significado religioso, sino porque plantea interrogantes sobre escala, integración urbana y equilibrio entre patrimonio, turismo e interés ciudadano.

El genio artístico de Gaudí es indiscutible. Sin embargo, también son legítimas las críticas que la evolución del proyecto ha suscitado desde hace décadas.

La Unesco solo protege la fachada del Nacimiento y la cripta, las únicas partes realizadas íntegramente bajo la dirección del arquitecto. El resto constituye una prolongación contemporánea de su legado, realizada con rigor, pero también con interpretaciones particulares que no son del agrado de todo el mundo.

El debate no ha sido menor. Oriol Bohigas llegó a definirla como una "realidad monstruosa" y una "vergüenza mundial". Durante décadas, las administraciones catalanas consintieron su construcción sin permiso municipal hasta su regularización bajo la alcaldía, paradójicamente, de Ada Colau.

Con el tiempo, algunas posiciones se han matizado: Òscar Tusquets pasó de cuestionar la continuación de las obras a considerarla una de las grandes realizaciones arquitectónicas de nuestro tiempo. El debate, por tanto, sigue abierto.

El impacto económico de la Sagrada Familia es extraordinario. Pero una ciudad no puede medirse únicamente por los ingresos que genera. También debe valorar los costes: presión turística, transformación del comercio de proximidad, conflictos vecinales y pérdida de calidad urbana. La admiración por una gran obra no debería impedir un debate razonable sobre sus consecuencias.

La verdadera paradoja, sin embargo, no es urbanística, sino histórica. La Sagrada Familia alcanza su culminación cuando la fe que la inspiró ocupa un lugar cada vez más marginal en la sociedad catalana.

La Barcelona de Gaudí era una ciudad donde el catolicismo constituía un horizonte cultural compartido. La actual es una metrópolis plural y secularizada. Como si la obra hubiera sobrevivido mejor que la cosmovisión que la hizo posible. Pero también mejor que la madurez política que debería acompañarla.

Lo demuestra el modo en que una parte del debate público catalán ha reaccionado ante la visita de León XIV: no centrándose en el significado religioso, cultural o urbano del acontecimiento, sino en el grado de reconocimiento que el Papa dispensará a Cataluña y al catalán.

Es normal esperar que Prevost utilice una lengua viva y profundamente arraigada en la vida del país. Lo triste es la persistencia de una actitud que necesita la validación de observadores externos. Desde Salvador Illa hasta Carles Puigdemont, reaparece una vieja pulsión que revela una dificultad persistente para comportarnos como un cuerpo político maduro.

León XIV insistirá en la dimensión espiritual de la obra de Gaudí. Hará bien. Porque detrás del fenómeno turístico y del icono arquitectónico sigue existiendo el proyecto religioso del genial arquitecto. Una sociedad madura debería prestar más atención a ese mensaje que a la cantidad de palabras que el Papa pronuncie en una lengua u otra.