Jordi Mercader opina sobre el regreso de Salvador Illa
Esperando a la verdad del presidente Illa
"Las certezas que tenemos son deprimentes, sin caer en el fatalismo. El Govern está en minoría, sin presupuestos, depende de dos grupos parlamentarios indecisos, rivales y absortos en sus disquisiciones internas, y cualquier movimiento de Pedro Sánchez tiene eco en el Parlament"
El presidente Illa ha vuelto al despacho con el buen tono al que ha acostumbrado al país, subrayando así su papel de antídoto de épocas recientes en el que la gesticulación tóxica de los presidentes era el pan de cada día. Sin embargo, ¿es la actitud conciliadora un factor suficiente para gobernar?
En sus primeras palabras tras superar la infección ósea que lo ha mantenido en segunda línea en estas semanas de emergencias climáticas y movilidad crítica, el presidente de la Generalitat ha anunciado la llegada del “momento de ofrecer certezas, soluciones, respuestas y la verdad”. Palabras muy tranquilizadoras que, de hecho, describen la obligación de todo gobierno. Sin embargo, su promesa de ofrecer la verdad tiene algo de perturbadora.
Estos días nos han contado desde el gobierno por qué las infraestructuras ferroviarias no soportaron la lluvia torrencial, desplomando el servicio de Renfe; estamos informados por los portavoces oficiales del por qué ERC y los Comunes no están dispuestos todavía a aprobar los presupuestos; incluso existe la certeza, sustentada por los precedentes, de la razón de la tibia reacción de la Generalitat frente al Ministerio de Transportes, Adif y Renfe por haberlos dejado en evidencia ante todos los anuncios de restablecimiento de la normalidad.
También resulta evidente por qué el nuevo sistema de financiación es más positivo que singular, conocemos la causa de por qué Carles Puigdemont sigue en Waterloo, y hasta estamos al caso de las dificultades para alcanzar los objetivos en la política de vivienda.
Entonces, ¿cuál es la verdad que desconocemos?
Las certezas de las que disponemos, en cambio, son deprimentes, sin caer en el fatalismo, claro. El gobierno catalán está en minoría, sin presupuestos, depende a diario de dos grupos parlamentarios indecisos, rivales electorales y absortos en sus disquisiciones internas, especialmente ERC.
Y, además, cualquier movimiento de Pedro Sánchez, tan en minoría como Salvador Illa, tiene su eco en el Parlament, siempre en relación de dependencia respecto de lo que suceda en el Congreso.
El presidente Illa está atrapado en un pantano, aunque asegura saber cómo salir. La negatividad del contexto minimiza los efectos de su virtud pacificadora. Para la sociedad catalana, su apuesta por la conciliación es valiosa, seguramente imprescindible, aunque su materialización en políticas operativas o avances institucionales concretos es muy modesta.
Todo son planes. Los más vistosos, los consorcios mixtos paritarios Generalitat-Estado (agencia tributaria, Renfe, inversiones) para superar la resistencia del PSOE a los traspasos efectivos de competencias y dineros. La fórmula es pragmática, porque rehúye el encontronazo con el gobierno amigo de Sánchez y, de paso, enfrenta a ERC y Junts por su actitud ante la realpolitik.
Sin embargo, este ejercicio de supervivencia tiene un horizonte muy limitado. No constituye ningún progreso federal ni supondrá ninguna satisfacción soberanista. Un día, los republicanos recuperarán su empeño agitador y encontrarán nuevos puentes con el movimiento independentista.
Y todo esto sucederá mucho antes de que el PSC equilibre su relación con el PSOE.