Ignacio Vidal-Folch critica la interpretación del actor Sergi López en 'Sirat'
Sergi "panxacontenta" López, el eslabón débil de 'Sirât'
"Sergi López no es precisamente Jack Lemon, que hubiera bordado su papel en 'Sirat'. En cuanto aparece en pantalla dan ganas de irse. Si Laxe gana el Oscar, tendrá merecimiento. Habrá demostrado firmeza ante la adversidad. O sea, ante López"
Vi el verano pasado Sirât, la película del gallego Oliver Laxe nominada para los Oscar de Hollywood, y de la que todo el mundo habla, pues compite al Oscar y tiene visos de ganarlo.
La película cuenta la historia de un padre de familia normal, convencional, al que la hija se le ha escapado al norte de África para participar en algunos de esas raves, sesiones musicales de música electrónica, en la que los participantes, gente marginal y patibularia, desinhibidos mediante la ingesta de drogas, bailan durante horas como los endemoniados medievales del baile de San Vito.
Esa gente bailonga está sudada, viste camisetas roñosas, físicamente es horrible, hace un calor infernal, la música es estruendosa y el baile es como de subnormales en trance.
Algún comentarista no muy lúcido ha sugerido que esos espacios constituyen una suerte de “alternativa” o de “disidencia” de la sociedad ordenada y tradicional. (¡No, hombre! Esas fiestas no son alternativas, sino un lujo que se permite la sociedad convencional o tradicional. Se llama “soltar lastre”).
Bien, el atribulado padre va como alma en pena por los raves enseñando la foto de la hija perdida a los participantes, a ver si alguien la ha visto.
Entre los derelictos humanos a los que pregunta se encuentra con unos cuantos cadáveres ambulantes que se prestan a llevarle en sus coches, ruinosos todoterreno cargados con bidones de gasolina, a otra rave que se va a celebrar Mauritania adentro, pasado el desierto.
Sólo Dios sabe por qué esas fiestas se celebran en sitios tan inhóspitos y desangelados, y no, por ejemplo, en el jardín de la casa de George Clooney a la orilla del lago Como, donde los bailarines podrían darse un refrescante baño al amanecer y luego desayunar una taza de chocolate con churros en la pastelería del pueblo, con lo restaurador que es eso tras una noche de excesos.
Pero no, ellos prefieren las tiendas de campaña y los alacranes. Será una manera de volverle la espalda a esta sociedad podrida; cierto es que en el lago Como probablemente al cabo de unas horas de estruendo llegaría la policía municipal a impartir orden: “Ma cos'è tutto questo baccano? Abbassate la musica, mascalzoni!”.
El caso es que la chica perdida, o fugada, puede estar por allí, en otra maldita rave al fondo del desierto.
La hija desaparecida opera como lo que Hitchcock llamaba “el McGuffin”: el motivo que hace que las cosas se muevan. Da igual si se trata de un maletín con un arma nuclear, un halcón maltés o un sabio científico que ha sido secuestrado por los malos.
Aquí, como decíamos, el McGuffin es una hija díscola a la que hay que encontrar, porque se ha fugado de la tutela familiar. Lo cual no tiene nada de extraño, teniendo en cuenta que el padre es Sergi López, un señor que deprime sólo verle. Tiene aspecto de irredento devorador de calçots, de lo que en catalán llamamos “un panxacontenta”
En el periplo en busca de la chica rebelde, a López y a sus nuevos amigos les pasa de todo. Tienen que superar adversidades sin cuento. Sube montañas, cruza desiertos, no te caigas al precipicio. Algunos fallecen. Pero bueno, para los supervivientes el viaje es una experiencia vital transformadora, aunque acabe como el rosario de la aurora ha valido la pena, han aprendido algo.
La película, financiada por los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar, gracias a quienes Laxe ha podido disponer de un presupuesto decente con el que no había podido contar en anteriores y prometedoras películas, y que ha sabido aprovechar con inteligencia, no es que sea una obra de arte excepcional, pero funciona.
Tiene grandeza estética. Amaneceres en el desierto… anocheceres suntuosos… Es un producto bien realizado. Mantiene el interés desde el primer hasta el último instante. Y anuncia que el director es capaz de hacer cosas más grandes en el futuro inmediato. Si no insiste con las raves.
A ratos, la película resulta incluso conmovedora, y ello no sólo por la notable habilidad técnica y narrativa de Laxe, sino, sobre todo, por su agudo talento en la selección de los actores, que el cineasta eligió precisamente entre los asistentes a algunas raves, a las que, según dice, es aficionado.
Estos personajes son lo que Gallardo y Mediavilla, los creadores de Makoki, solían llamar “piltrafas del arroyo”. En sus rostros, en sus cuerpos –algunos, mutilados— está escrito y es visible el intenso sufrimiento que se paga por vivir la vida “al margen”. Esos cuerpos, esos rostros, son de una elocuencia extrema. Llenan la pantalla. Conmueven como la imagen de la bondad desnortada.
Todos, menos, precisamente, Sergi López, el único actor profesional del elenco. Es un hombre muy a gusto con su propia fealdad y prosaísmo, pero está demasiado bien alimentado. Camina con los pies a las diez y diez, para mejor sostener el tripón. En cuanto aparece en pantalla te dan ganas de irte a comer una ración de calçots, manchándote la asquerosa camiseta con salsa romesco, y beberte un porrón de vino peleón. Para subirle la graduación, échale un chorrito de aguarrás. Luego, a hacer la siesta. Roncando como si no hubiera un mañana.
Sergi López no es precisamente Jack Lemon, que hubiera bordado un papel así. El calçotaire se carga la película. En cuanto aparece en pantalla dan ganas de irse. Si Laxe gana el premio al que aspira, y que le deseamos, tendrá mucho merecimiento. Habrá demostrado sobradamente firmeza ante la adversidad. O sea, ante López.