El opinador Guillem Bota
Filmin en la Dinamarca del Sur
"Orwell se habría quedado corto al lado de lo que planeaba hacer esta tropa. Todo aquel que osara salirse del discurso oficial sería perseguido, boicoteado y sus oficinas vandalizadas, para que aprendiera que verdad solo hay una y es la que dicte el independentismo."
Lo bueno del documental “Ícaro”, de la plataforma Filmin, es que gracias a las reacciones que ha suscitado, hemos experimentado de primera mano cómo habría sido la Cataluña independiente que nos quisieron endilgar: un lugar donde escribir, filmar, pintar o cantar estaría controlado por el poder y solo se permitiría hacerlo si lo que reflejase el libro, la película, el cuadro o la canción no criticase ni levemente al independentismo.
Un sueño de país, en el cual los ciudadanos estarían obligados a ver el programa infumable de la señora de Puigdemont –por cierto, la Diputación de Barcelona le ha renovado el contrato–, a escuchar a Jordi Basté y a bailar en las discotecas al ritmo de Lluís Llach, todos ellos libres de sospecha de ser desafectos al régimen.
Orwell se habría quedado corto al lado de lo que planeaba hacer esta tropa. Todo aquel que osara salirse del discurso oficial sería perseguido, boicoteado y sus oficinas —si las tuviera— vandalizadas, para que aprendiera que verdad solo hay una y es la que dicte el independentismo.
La prensa sería solamente una, grande, libre y catalana, los sindicatos serían verticales —no vaya a ser que surja un movimiento obrero pretendiendo libertad de expresión— y los diputados del Parlament —con sus correspondientes cuotas familiares— deberían jurar fidelidad al movimiento independentista. La de censor sería la profesión más demandada.
Es que se empieza dejando pasar sin más un documental que critica la actuación de los independentistas, y se termina admitiendo que la gente pueda expresarse libremente, y eso sí que no.
A Filmin se la ha de machacar, no solo porque se lo merece al haber reflejado lo que jamás se debe reflejar en una pantalla, sino, sobre todo, para avisar a todos los creadores de que hay líneas que en Cataluña no se pueden cruzar.
De hecho, hay solo una línea, pero está muy clara: todo lo que tenga que ver con el independentismo, desde sus líderes a su infantería y a sus financiadores, es angelical, y todo lo que provenga de España es demoníaco. Con lo fácil que es aprenderse esta regla, parece mentira que haya todavía quien la desconozca.
La libertad de expresión está muy bien, pero siempre que sea para acusar a los demás de no respetar la nuestra. No puede admitirse que, a causa de esa pretendida libertad de expresión, haya quien discrepe del sagrado carácter pacífico del independentismo y que, por si fuera poco, programe en su plataforma una película rodada libremente; eso último es el colmo.
En cualquier documental que se emita en territorio donde tenga competencias la Generalitat, los policías españoles deben ser tratados como sádicos sin sentimientos que vinieron a Cataluña a disfrutar pegando a gente inocente, y los enmascarados que lanzaban cócteles molotov, apedreaban a la autoridad e incendiaban Barcelona, han de quedar reflejados como jóvenes que no tuvieron otro remedio que actuar así, pobres inocentes a quienes las circunstancias empujaron al vandalismo. Si Filmin no pasa por el aro mostrando las cosas de esta manera, Filmin debe desaparecer. Así con las cosas en Cataluña.
Uno nunca pensó que, cuando pretendían vendernos que Cataluña podía ser la Dinamarca del Sur, se estaban refiriendo a la Dinamarca ocupada por los nazis en 1940 con la operación Weserübung, un país dedicado íntegramente a rendir culto al líder supremo y a acallar, por la fuerza si fuese necesario, cualquier voz discrepante. En la Cataluña que nos quisieron imponer, los catalanes deberíamos estar tan mudos como La Sirenita que mira al mar en Copenhague. Por la cuenta que nos traería.