Manuel Peña opina sobre las infraestructuras ferroviarias de Huelva
Huelva abandonada y apaleada
"El desprecio hacia Huelva y sus infraestructuras por parte de los gobernantes ha sido y es reiterado e insultante"
Atocha, las 17:45 horas de un día en 2019. El por entonces alcalde socialista de Huelva, ahora diputado nacional, sale de la sala VIP, justo enfrente de los andenes 11-13. Está a punto de salir (quizás a su hora: 18:05) el Alvia 2384 destino Huelva; nadie sabe a qué hora llegará. Pero, ante la sorpresa de los pacientes viajeros, el edil se dirige hacia otra puerta próxima donde parte, a las 18:00 horas, un AVE destino Sevilla; le espera su chófer personal en Sevilla-Santa Justa. Abucheos, silbidos, quejas.
No es una anécdota. El desprecio hacia Huelva y sus infraestructuras por parte de los gobernantes —incluso sus propios representantes provinciales, autonómicos y nacionales— ha sido y es reiterado e insultante. Cualquiera que haya viajado en tren en alguna ocasión, durante al menos los últimos 20 años, desde o hacia esta capital andaluza ha podido comprobar las inquietantes y peligrosas condiciones en las que transcurría su desplazamiento.
El trayecto entre Madrid y el intercambiador de Majarabique, en Sevilla, se hacía por la vía de alta velocidad en un convoy de dudosa seguridad, con fuertes vibraciones y repetidos fallos técnicos.
Una vez que el Alvia adapta su ancho de ruedas a la vía convencional, la segunda parte del viaje hasta la estación término de Huelva se realiza por un trazado del siglo XIX de 87 kilómetros, con una duración de entre una hora y media y dos, con una sola parada en La Palma del Condado. Los traqueteos y zarandeos se sufrían —y se seguirán sufriendo— a menor velocidad, en ocasiones por debajo de los 20 kilómetros por hora, según anunciaban las pantallas que acabaron quitando.
Cuando empezaron a sucederse los problemas de Rodalies en Cataluña, cuando los AVEs comenzaron a retrasarse, averiarse o cancelarse, los onubenses ya no se sintieron tan abandonados. Durante décadas, solo circulaba un tren de ida y vuelta a Madrid de larga distancia. Hasta el maldito 18 de enero, dos: uno malo (Alvia) y otro peor (Intercity).
Desde hace algo más de 20 años, los ciudadanos de Huelva han elevado quejas y más quejas, se han organizado en coordinadoras, han denunciado, se han manifestado. Y sí, en cada campaña electoral, el candidato opositor de turno ha prometido el AVE y, en cada inicio de legislatura, el nuevo ministro de Fomento ha asegurado que en tres años llegaba.
Desde hace más de 20 años, los onubenses han reivindicado el AVE porque era más rápido y, sobre todo, porque era más seguro. Un trazado nuevo con taludes sin grietas y traviesas nuevas. Y dejar de jugarse la vida por ir a Sevilla por una autovía en pésimo estado y atestada de camiones con mercancías peligrosas procedentes del contaminante polo químico. El regalito que, junto a las extensas e inestables balsas radiactivas de fosfoyesos, dejó el desarrollismo franquista y que aún “disfrutamos”.
La tragedia del 18 de enero ha dejado noqueada a Huelva. Parece una broma macabra. No tiene alta velocidad, pero pone sus víctimas en el altar del sacrificio del Estado español, por el maldito azar o por la ineptitud manifiesta de sus gobernantes. ¿AVE? Los onubenses ya no sueñan con él, ahora tienen pesadillas, y siguen pidiendo lo mismo: una vía nueva y segura. Dejar de estar abandonados y, a ser posible, no ser ciudadanos ignorados, como el Alvia en Adamuz durante un tiempo tan trágico como infinito.