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Planta petrolera

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Pensamiento

2026: la guerra de los recursos ya está aquí (y las empresas lo saben)

"Cuando los recursos energéticos se convierten en el verdadero motor de las decisiones políticas, la frontera entre sostenibilidad y geopolítica se vuelve difusa"

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Si alguien pensaba que 2026 iba a ser el año de la sostenibilidad ordenada, la geopolítica se ha encargado de desmontar esa ilusión en apenas unas semanas. Lo que estamos viendo no es una sucesión de crisis aisladas, sino la confirmación de una tendencia clara: la competencia global por los recursos ha entrado en una fase abierta.

Energía, petróleo, minerales críticos, alimentos, rutas logísticas y territorios estratégicos han vuelto al centro del tablero. Y lo han hecho sin complejos, con movimientos unilaterales y decisiones que erosionan las reglas que durante décadas habían contenido el conflicto.

Durante años, la narrativa de la transición energética convivió con una contradicción evidente: seguíamos dependiendo estructuralmente del petróleo mientras proclamábamos su obsolescencia. Venezuela es uno de los ejemplos más incómodos de esa tensión. Un país con enormes reservas, empobrecido y desestabilizado, convertido en pieza geoestratégica precisamente por aquello que el discurso verde daba por amortizado.

El petróleo no ha desaparecido del mapa. Al contrario. En un contexto de tensión global, sigue siendo un recurso de poder, una palanca económica y un activo estratégico. Lo que cambia es el relato: ya no se disfraza de cooperación, sino de necesidad.

Cuando los recursos energéticos se convierten en el verdadero motor de las decisiones políticas, la frontera entre sostenibilidad y geopolítica se vuelve difusa. Y las empresas lo saben.

La transición energética no se sostiene solo con voluntad política. Necesita litio, cobalto, níquel, cobre, tierras raras. Necesita agua, estabilidad, infraestructuras y territorios seguros. Y esos recursos no están repartidos de forma equitativa.

Lo que estamos viendo en 2026 es la normalización de una lógica preventiva: asegurar hoy el acceso a los recursos que mañana serán escasos. Ya no se espera a que el mercado actúe. Se interviene, se presiona, se condiciona.

Europa lo está viviendo de forma especialmente intensa. Su dependencia de importaciones energéticas y minerales la convierte en un actor vulnerable en un escenario donde el poder se ejerce a través del control de materias primas. España, con una industria profundamente integrada en cadenas globales, tampoco es ajena a esta tensión.

Cuando el poder sustituye al derecho, el mensaje para la economía es inequívoco: las reglas dejan de ser reglas y pasan a ser decisiones.

Para las empresas —especialmente industriales, energéticas, tecnológicas y alimentarias— este escenario no es teórico. Es operativo. Las cadenas de suministro se vuelven más frágiles, la inversión más cautelosa y la planificación a largo plazo más incierta.

Las grandes tecnológicas ya están rediseñando sus cadenas de suministro para reducir dependencias críticas. Las energéticas diversifican proveedores. Las alimentarias buscan nuevas rutas logísticas ante la volatilidad climática y geopolítica. Todo ello tiene un  coste que no aparece en los informes, pero sí en las decisiones estratégicas.

La sostenibilidad corporativa entra así en una fase incómoda. ¿Cómo sostener compromisos ESG cuando el acceso a recursos críticos depende de decisiones geopolíticas imprevisibles? ¿Cómo hablar de estabilidad cuando la energía, el territorio o los materiales se convierten en instrumentos de presión?

El riesgo deja de ser una variable financiera y se convierte en riesgo sistémico.

Durante años hemos hablado de sostenibilidad como si fuera un camino técnico y consensuado. La realidad es más cruda. La sostenibilidad también es poder, y cuando los recursos escasean, el conflicto emerge.

Esto no invalida la transición ecológica. Pero sí obliga a replantearla desde una lógica menos ingenua y más realista. No habrá transición sin gobernanza. No habrá sostenibilidad sin reglas compartidas. Y no habrá estabilidad económica si los recursos se gestionan desde la imposición.

Lo que ocurre en 2026 no es un accidente. Es el resultado de décadas de dependencia energética mal resuelta, de cadenas de suministro hiperconcentradas y de un orden internacional que se ha ido vaciando de autoridad.

La guerra de los recursos no empieza en 2026. Se hace visible en 2026. Y obliga a empresas, gobiernos y mercados a asumir una verdad incómoda: no hay sostenibilidad posible en un mundo donde el acceso a la energía y a los materiales se resuelve por la fuerza o la amenaza.

Las empresas que entiendan este cambio no hablarán solo de impacto ambiental, sino de resiliencia, diversificación y gobernanza. Las que no, seguirán construyendo estrategias verdes sobre un terreno cada vez más inestable.

Porque, nos guste o no, la sostenibilidad del futuro ya no se juega solo en los informes. Se juega en el tablero geopolítico.

Y ahí, las reglas importan más que nunca.