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José Antonio Bueno opina sobre el vínculo entre España y América Latina

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Pensamiento

De espaldas a Hispanoamérica

"La doctrina de Trump, América para los americanos, nos pilla en una pésima posición. No somos referencia para nadie"

Publicada

Si comparamos la herencia colonial del Reino Unido con la Commonwealth y de Francia con su indiscutible liderazgo en África y en Indochina, los restos del Imperio español son inexistentes.

Para empezar, Francia cuenta con un Ministerio de Ultramar porque, con distinto nivel de autonomía, todavía manda en la Guayana Francesa, Guadalupe, Martinica, Reunión y Mayotte, que son parte integral de Francia y la UE, y en Colectividades de Ultramar como la Polinesia Francesa, Nueva Caledonia (con estatuto especial), Wallis y Futuna, San Pedro y Miquelón, San Bartolomé y San Martín, además de su innegable influencia en el Sahel, en parte del Magreb, de África occidental y ecuatorial. Tanta, que el Banco de Francia sigue emitiendo el franco CFA, moneda de ocho países de África occidental.

Reino Unido, por su parte, gobierna en Bermudas, Gibraltar, Islas Malvinas, Islas Caimán, Turks and Caicos, islas Vírgenes Británicas… y el Rey es el jefe del Estado de Canadá, Jamaica, Antigua y Barbuda, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Bahamas, Belice y Granada, Australia, Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea, Islas Salomón y Tuvalu.

El imperio español fue más grande, poderoso y libre que el británico o el francés, nunca reconocido más allá del periodo napoleónico. Pero nos hemos tragado la leyenda negra a cucharadas y, aunque Isabel la Católica es la precursora de la carta de los derechos humanos y las tierras otrora provincias españolas de ultramar hoy son un auténtico crisol de razas porque nunca, nunca, nunca España movió un dedo para exterminar a los locales, no hemos sido orgullosos de nuestra historia.

Más bien al contrario: hemos comprado, y seguimos comprando, las sandeces que repiten auténticos indigentes intelectuales que antaño se escribieron con intereses comerciales, y hoy se repiten de manera totalmente acrítica en aras de los valores woke. El mestizo nace gracias a los españoles y portugueses que nunca tuvieron el más mínimo problema de mezclarse con los locales, mientras que ingleses, franceses y holandeses solo defendían su raza y su estirpe. Ellos son, junto con Bélgica, quienes tendrían que pedir perdón, nunca nosotros.

El desmembramiento de las provincias españolas de ultramar, nunca colonias, se produjo como consecuencia de una visión centralizadora de la casa Borbón, pues los Austrias nunca pensaron que Zaragoza fuese más importante que La Habana.

Esa centralización de mitad del siglo XVIII soliviantó a los criollos, y aprovecharon la debilidad de España por la invasión napoleónica a comienzos del XIX para proclamar su independencia. España no se fue de América, España desapareció a comienzos del siglo XIX y, durante todo ese siglo, bastante tuvo con sobrevivir. La extinción del imperio español en el siglo XIX, especialmente entre 1808 y 1826, solo se entiende por la extrema debilidad patria.

El trauma de pasar de ser un país “en el que no se ponía el sol” a ser solo un país medio pobre en Europa hizo que no mirásemos hacia América ni en el siglo XIX ni en casi todo el siglo XX. El pasado, pasado fue, y ahí nos quedamos, ignorándolo cuando no abjurando de él.

El resurgir del orgullo patrio, primero con Felipe González y luego con José María Aznar, hizo que las empresas con potencial de internacionalización pensasen en América como su territorio natural. Telefónica, Endesa, Indra, BBVA, Santander, Gas Natural, Unión Fenosa, Aguas de Barcelona… cualquier empresa que quería salir de España pensaba en Hispanoamérica por la cercanía cultural y el uso de una lengua común.

Nuestro Ibex 35 tenía una brillante presencia allende los mares. Hasta empresas de capital francés o alemán dotaron a sus filiales españolas de capacidades para crecer en América, lo mismo que hicieron con sus filiales austriacas para abrir negocios en el este de Europa.

Así, a finales del siglo XX y comienzos del XXI se fueron creando empresas más que resultonas que operaban en Argentina, México, Colombia… como si estuviesen en España. No era neocolonialismo, era aprovechar nuestra ventaja competitiva, el idioma y la cultura común.

Ese volver a América empresarial se fue enfriando por propia dinámica de negocio, por cambios accionariales o, simplemente, por falta de atención.

La vuelta a América, brillante y con sentido, se apagó con Rodríguez Zapatero, y ni Rajoy ni Sánchez han hecho nada por volver a brillar al otro lado del Atlántico, ni política ni empresarialmente.

Las cumbres Iberoamericanas, iniciadas en 1991, fueron languideciendo, dejando de ser anuales en 2014, en paralelo a la llegada al poder de gobiernos populistas en el continente que, en lugar de asumir el legado común, iniciaron un discurso indigenista fuera de todo contexto y realidad. Especialmente, cuando los apellidos de la inmensa mayoría de los dirigentes populistas americanos son europeos y, en gran parte, españoles. No hace falta que pidan explicaciones a España, con que lo hagan sus abuelos sería suficiente. Y, para colmo de males, los gobernantes de nuestro país, en lugar de oponer datos al falso relato, entraron en el estúpido juego victimista.

Hoy, España es a Hispanoamérica poco más que Alemania o Suiza, un cliente y un inversor, pero que no ejerce su cercanía cultural, por más que muchos cascos históricos de la Nueva España se han restaurado con impuestos de este lado del Atlántico.

América, a pesar de los pesares, sigue siendo el primer destinatario de nuestros fondos de cooperación internacional, pero sacamos entre poco o nada de esa inversión.

Cuando el 47 presidente de los Estados Unidos quiere resucitar la doctrina Monroe, América para los americanos, nos pilla en una pésima posición. No somos referencia para nadie. Y nuestro único activo es que hablamos su idioma: lo posee al menos el 20% de la población norteamericana, con su Secretario de Estado a la cabeza.

Si, además, nos dedicamos a llevar la contraria al jefe, nuestra irrelevancia será, simplemente, absoluta. Una de las pocas esperanzas es el papel de Repsol, invitado a la mesa de los mayores del petróleo y que puede encontrar grandes oportunidades en este nuevo escenario.