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Gonzalo Bernardo opina sobre las dificultades de los jóvenes en España

Gonzalo Bernardo opina sobre las dificultades de los jóvenes en España

Pensamiento

Tres generaciones de jóvenes: una comparación

"Hoy en día, cuando los jóvenes se van de casa, deben hacer frente a dos dificultades: un reducido salario y un elevado importe del alquiler"

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En la actualidad, muchos jóvenes están descontentos. En primer lugar, porque su salario les parece exiguo. En segundo término, debido a que consideran su actividad profesional escasamente estimulante y poco relacionada con los estudios cursados. Finalmente, por la dificultad de acceder a la propiedad de una vivienda o por el elevado porcentaje de sus ingresos que deben destinar al alquiler de un piso.

En las siguientes líneas, compararé la situación actual de los jóvenes con la de sus padres y abuelos cuando tenían la misma edad. En concreto, analizaré cómo vivían las personas de entre 18 y 35 años durante las décadas de los 60 y 90 del pasado siglo y cómo lo hacen ahora quienes se encuentran en dicha franja de edad.

Los jóvenes de la década de los 60

La mayoría de ellos había empezado a trabajar a los 14 años. A esa edad, algunos ya habían abandonado los estudios y otros los compatibilizaban con el trabajo. Una parte de los ingresos que obtenían los entregaban a sus progenitores para mejorar la economía doméstica, pues muchas familias llegaban con dificultades a final de mes. El padre y la madre solían trabajar: el primero en la economía oficial y fuera del hogar; la segunda, en la sumergida (por ejemplo, para la industria textil) y desde casa.

Nunca fueron adolescentes, pues no se lo pudieron permitir. En muy poco tiempo, pasaron de niños a adultos. Específicamente, de jugar en la calle a trabajar en una fábrica u oficina. Para aumentar sus ingresos, hacían muchas horas extras en su empresa o tenían más de un empleo. Si surgía la oportunidad, también trabajaban algunos sábados o domingos. Debían aprovechar todas las posibilidades que les ofrecía el mercado laboral para ahorrar y vivir en el futuro mejor de lo que lo hacían sus padres.

Con poco más de 20 años, muchos ya contaban con un proyecto de vida definido. No obstante, para hacerlo realidad y compartirlo con su pareja, debían previamente adquirir una vivienda. Hasta que no la tenían, no se casaban. El piso solía ser pequeño, pues difícilmente superaba los 60 m2 útiles y, a menudo, se encontraba en un barrio con escasos servicios.

Para poder adquirir la vivienda, la pareja había ahorrado durante varios años, pues la mayoría de los padres no tenía dinero para dejarles o donarles. Si el piso comprado era una vivienda de protección oficial (VPO) construida por un promotor privado, debían pagar inicialmente al menos un 10% del precio establecido, y el resto mediante letras mensuales o trimestrales durante 10 años. Después de abonar la entrada, podían vivir en la vivienda, pero solo tenían la posibilidad de escriturarla a su nombre tras haber satisfecho el importe de la última letra.

En la década de los 60, el destino de moda de los recién casados era Palma. Para muchas parejas, suponía su primer viaje en avión, una experiencia que tardarían mucho en repetirla. Los viajes turísticos al extranjero solo los hacían unos pocos privilegiados, pues la mayoría de las familias regresaba en verano a su pueblo, siendo este el lugar donde los jóvenes o sus padres habían nacido.

Los jóvenes de la década de los 90

En la década de los 90, al igual que en la precedente, un gran número de jóvenes accedió a la universidad. En aquellos años, con independencia de su origen social, cualquier persona que cumpliera los requisitos académicos establecidos podía acceder a unos estudios superiores. Unas matrículas asequibles, el incremento del número de becas y el esfuerzo económico de muchos padres hicieron posible que numerosos hijos de obreros se convirtieran en los primeros universitarios de sus familias.

Una elevada formación y una gran motivación por triunfar en su profesión les permitió progresar rápidamente en sus empresas. Para conseguirlo, muchos tuvieron que restarles horas al ocio y a la vida familiar para dedicárselas al trabajo. El peaje a pagar no les pareció desproporcionado, pues creían que era el pasaporte hacia una vida mejor, y en su memoria estaba grabado el gran esfuerzo realizado por sus padres para sacar adelante a la familia. Tenían claro que debían sembrar para después recoger los frutos.

A diferencia de sus padres, ellos sí fueron adolescentes, pues se incorporaron más tarde al mercado laboral. Para la mayoría, la adolescencia finalizó cuando, con 18 años, entraron en la universidad o consiguieron un empleo. A los 25 años, muchos ya tenían un proyecto de vida bastante claro. Sin embargo, quienes tenían pareja no se iban a vivir con ella sin haberse casado previamente y, en un gran número de casos, sin haber adquirido un piso.

Mientras vivían con sus progenitores, la mayoría de los jóvenes no aportaba nada a la economía familiar. Los padres les decían que se quedaran con todo lo que ganaban, ahorraran el máximo posible para poder comprar un piso y formar un hogar con su pareja. La vivienda era bastante más cara de lo que había sido, ya que, entre 1986 y 1991, su precio aumentó en términos nominales y reales un 234,1%  y 131,9%, respectivamente.

Si tenían pareja, muchos jóvenes descartaban alquilar un piso, incluso como solución temporal. No les importaba adquirir una vivienda usada, de escasa superficie y alejada del barrio donde habían vivido durante mucho tiempo, si esa era la única opción que podían pagar. Estaban convencidos de que dicha vivienda sería la primera, pero no la definitiva, porque dentro de pocos años tendrían la suficiente capacidad económica para comprar una nueva, de más m2 y mejor ubicada.

A diferencia de sus padres, cuando compraban la vivienda, la escrituraban. Para hacerlo, contaban con dos ventajas: un mercado hipotecario competitivo y unos progenitores con ahorros dispuestos a ayudarles económicamente. En los años 90, las cajas de ahorro tenían en la concesión de hipotecas su principal negocio y estaban dispuestas a financiar hasta el 80% del precio del piso durante 15 años. No obstante, entre 1991 y 1995, les afectaron negativamente los elevados tipos de interés hipotecarios, pues el promedio del lustro se situó en un 12,8%.

En la década de los 90, especialmente durante los primeros años, el principal destino del viaje de novios era un tour por uno o varios países europeos. Aunque los jóvenes seguían yendo al pueblo, lo hacían con menor frecuencia que sus padres, pues también pasaban una parte de sus vacaciones en destinos de playa o en otras naciones del viejo continente. A diferencia de sus padres, solían ir más por ocio a los restaurantes, aunque mucho menos que los jóvenes actuales.

Los jóvenes actuales

Si la década de los 90 destacó por el elevado número de licenciados, la actual lo hace por la abundancia de veinteañeros con uno o más másteres universitarios. Sin embargo, su excelente formación no suele reflejarse en sus salarios, ni al inicio de su vida laboral ni unos años después. En comparación con la anterior generación, los jóvenes actuales necesitan más tiempo para lograr un incremento sustancial de su poder adquisitivo. De hecho, muchos que ya superan los 35 años aún no lo han conseguido.

Una coyuntura explicada por varios factores. En primer lugar, porque en la actualidad la mayoría de las empresas tiene como objetivo prioritario reducir costes. Unos recortes que afectan especialmente a la partida de personal, ya que en un gran número de compañías constituye el gasto más elevado. En segundo, debido la existencia de una mayor competencia para acceder a puestos de trabajo cualificados y bien remunerados, pues en los últimos años ha aumentado más el número de graduados que el de buenos empleos.

En tercero, porque en el mercado laboral existe un difícil encaje entre la oferta y la demanda. En otras palabras, las empresas no encuentran los perfiles profesionales que necesitan, y numerosos jóvenes no consiguen un empleo acorde con su formación. Dicho desajuste explica por qué un yesero puede llegar a ganar 6.000 € al mes y un recién graduado en Comunicación Audiovisual, menos de 1.500 €.

No obstante, los jóvenes también son parcialmente responsables de lo que les sucede. Para muchos de ellos, el trabajo no ocupa un lugar prioritario en sus vidas, pues lo esencial es tener tiempo libre y disfrutar del presente. En consecuencia, algunos prefieren empleos que permiten el teletrabajo respecto a otros que ofrecen una mayor remuneración, rechazan aquellos que exigen trabajar durante algún día del fin de semana y no quieren realizar horas extras, aunque estén bien remuneradas.

Para una parte de ellos, las palabras sacrificio y competitividad no forman parte de su diccionario. La primera, porque sus progenitores les han proporcionado rápidamente casi todo lo que les han pedido. Por eso, son la generación de la inmediatez. La segunda, debido a que la escuela la ha convertido en maldita, al creer equivocadamente numerosos pedagogos que es un sinónimo de rivalidad.

Nadie los ha preparado realmente para la vida adulta. Por eso, a muchos les resulta difícil dejar atrás la adolescencia y algunos continúan comportándose como si aún fueran muy jóvenes, aunque ya no lo son tanto. Debido a ello, una parte sustancial no tiene un proyecto de vida claro hasta cerca de los 35 años, alrededor de una década más tarde que la generación de sus padres. Un retraso que influye negativamente en la consolidación de las parejas, el número de hijos, el desarrollo profesional y el acceso a una vivienda propia.

En comparación con la generación anterior, los jóvenes actuales tienen una ventaja y un inconveniente cuando deciden comprar un piso. Por un lado, disfrutan de unas condiciones hipotecarias más favorables. Por el otro, deben hacer frente a un precio relativo de la vivienda mucho más elevado, ya que en las últimas tres décadas, el importe de los inmuebles ha aumentado mucho más que los ingresos de los hogares.

Las mejores condiciones hipotecarias actuales se sustentan en una mayor oferta de préstamos, tipos de interés más reducidos y plazos de devolución más largos. Ahora, los prestatarios pueden elegir entre hipotecas fijas, mixtas o variables. En cambio, en la década de los 90, solo existían las últimas, y su tasa de interés dependía de la evolución del IRPH de cajas o bancos, o del Mibor a un año.

En diciembre de 2024, la mayoría de los prestatarios podía acceder a una hipoteca a 30 años a un tipo de interés fijo del 2,3%. También existía la opción de contratar una mixta y pagar durante las diez primeras anualidades un tipo del 1,7% y en las siguientes Euríbor a un año +0,5 puntos porcentuales. En contraste, en los años 90, la tasa de interés media anual de los préstamos destinados a la compra de una vivienda se situó en un 9,6% y el plazo inicial promedio en 17,5 años.

En la década de los 90, según el Banco de España, un hogar mediano necesitaba destinar 3,9 años de ingresos brutos a adquirir una vivienda de 93,5 m2. En cambio, en 2024 debía dedicar 7,2 anualidades. En una sustancial medida, un elevado aumento derivado de una gran caída del tipo de interés medio hipotecario anual, pues entre 1991 y 2024 pasó del 15,2% al 3,7%. Una disminución que permitió a las familias endeudarse mucho más para adquirir una vivienda y pagar un mayor precio por ella.

El último factor hace que la conclusión obtenida sea distinta si el comprador del piso recurre al endeudamiento en lugar de abonar su precio al contado. En 2024, los adquirentes destinaron el 35,2% de su renta disponible al pago de la cuota hipotecaria. En cambio, en la década de los 90, en seis de sus diez años debieron dedicarle un porcentaje más elevado.

Para acceder a la propiedad de una vivienda, el principal obstáculo para los jóvenes es el escaso ahorro acumulado. En comparación con la generación precedente, poseen unos ingresos relativos inferiores, mayores gastos cotidianos y un dispendio adicional considerable: el importe del alquiler de la vivienda en la que residen.

En los años 90, las parejas solían convivir tras contraer matrimonio. En contraste, ahora muchas lo hacen pocos meses después de iniciar su relación. Una ventaja desde el punto de vista afectivo, pero un gran problema para adquirir un piso. En las grandes ciudades, los hogares jóvenes suelen destinar más del 30% de sus ingresos netos al pago del arriendo.

En los años 60, el turismo para los jóvenes era un lujo. Tres décadas más tarde, una actividad de ocio más. En la actualidad, una imperiosa necesidad. Por eso, gastan mucho más en viajes que los veinteañeros de las generaciones anteriores, debido a que viajan con una mayor frecuencia y a destinos más lejanos. La mayoría apenas visita el pueblo de sus padres o abuelos, pues no les parece un lugar atractivo. Aunque conservan algunos parientes, no tienen amigos, ya que en su infancia pasaron mucho menos tiempo en él que sus ascendientes.

Conclusiones

En la década de los 60, España era una nación pobre. En cambio, en la actualidad está entre las naciones más desarrolladas del mundo. En ambos períodos, las expectativas de los jóvenes han sido muy distintas, pues también lo son su nivel de formación, las prestaciones recibidas de sus progenitores y el grado de protección del que han disfrutado.

En los años 60, cuando los jóvenes abandonaban el hogar familiar, no experimentaban un empeoramiento de sus condiciones de vida. No lo hacían porque en su casa siempre había existido una economía precaria y la vivienda donde residían era pequeña, ofrecía unas escasas comodidades y la habitación en la que dormían la compartían con uno o más hermanos.

En la actualidad, cuando se independizan, muchos jóvenes viven peor de lo que lo hacían, a pesar de tener un nivel académico superior al de sus homólogos de las décadas de los 60 y 90. Estos últimos aprovecharon las oportunidades que les ofreció el mercado laboral, lograron en pocos años una mejora sustancial de su nivel de vida y pudieron adquirir una vivienda mucho mejor que aquella en la que habían pasado su infancia.

Ahora, cuando se van de casa, deben hacer frente a dos dificultades: un reducido salario y un elevado importe del alquiler. A unos no les queda más remedio que conformarse con vivir en una habitación y a otros con seguir dependiendo de sus padres, pues les piden que les ayuden económicamente cada mes. Dado que ninguna de las dos soluciones les gusta, se encuentran defraudados y desorientados. Consideran que ellos han cumplido, pero la sociedad no les ha recompensado como si hizo con sus progenitores cuando eran jóvenes.

Una y otra vez, sus padres les han repetido que debían tener un magnífico currículum académico. En otras palabras, obtener un grado universitario, dominar el inglés casi como si fuera su lengua materna y cursar un máster de especialización. Han hecho lo que les habían indicado, pero el mercado laboral les ha decepcionado, pues les ha ofrecido una remuneración escasamente atractiva y unas reducidas posibilidades de rápido progreso profesional.

Ellos no están contentos con las empresas, pero muchos empresarios tampoco con los jóvenes, pues están disgustados con su dedicación al trabajo, disponibilidad para asumir responsabilidades y capacidad para afrontar adversidades. Unos déficits parcialmente atribuibles a la sobreprotección de sus progenitores y a un sistema educativo que no les ha preparado adecuadamente para tener éxito en el mercado laboral.

En los próximos años, es difícil que su situación mejore de forma notable. En primer lugar, por la errónea política de vivienda del Gobierno. En segundo, debido a que es necesaria la adopción de numerosas medidas valientes, acertadas y consensuadas entre los dos principales partidos del país.

En tercero, porque debe transcurrir como mínimo un lustro para poder sustituir un modelo económico basado en los bajos salarios (impulsado por Mariano Rajoy) por otro sustentado en un elevado incremento de la productividad. A pesar de ello, no debemos ni podemos resignarnos a que los jóvenes actuales constituyan una generación perdida.