Hace unos días, en el colegio oficial de ingenieros industriales de Cataluña, estuvimos debatiendo sobre Shenzhen y la evolución tecnológica de China, así como de la importancia que tiene la soberanía industrial y tecnológica para garantizar la competitividad, el progreso económico social, la seguridad, la autonomía política y una mayor resiliencia en caso de conflictos o crisis globales. A la vez que permite proteger los datos sensibles y valores culturales, la soberanía favorece el desarrollo industrial, la generación de empleo, la transición energética y, muy especialmente, la innovación, que es la clave de la competitividad y el progreso.

Reflexionar sobre China y los logros alcanzados en sus avances tecnológicos, industriales, de movilidad y otros, nos condujo a considerar la situación en la Unión Europea. La UE tiene una enorme dependencia tecnológica tanto por su dependencia de empresas estadounidenses (Google, Amazon, Apple, Microsoft) como chinas (Tencent, Huawei, BYD, Mindray o Meituan) en sectores críticos como la inteligencia artificial, la movilidad eléctrica, la salud o el almacenamiento en la nube. Algo que también ocurre con su falta de capacidad para fabricar chips avanzados, los cuales son territorio de EEUU, Corea del Sur y Taiwán.

A la vez, en clave interna, Europa se caracteriza por su afán regulatorio y su fragmentación política, legislativa y de mercado. A diferencia de EEUU o China, la UE está compuesta por 27 estados con prioridades, intereses y regulaciones diferentes, que compiten entre ellos y actúan, frecuentemente, de forma individual hacia terceros países. Ello dificulta avanzar en el logro de la indispensable soberanía tecnológica e industrial.

La pregunta que surge, ante la percepción de que la Unión está perdiendo el tren del futuro, es si tiene capacidad para lograr la soberanía tecnológica e industrial para mantener e incrementar la capacidad de generar progreso socioeconómico, manteniendo los valores fundacionales de la Unión. Sin duda, la respuesta se encuentra en tres aspectos: dotación científica, la cual es muy notoria; la base industrial, que si bien se ha reducido, tiene fortalezas para apoyarse, como Airbus, surgida de la colaboración paneuropea, o la empresa neerlandesa ASML, líder en tecnología para semiconductores; y, en tercer lugar, una buena capacidad económica.

En cuanto a la capacidad económica, es preciso considerar que China tiene un enorme potencial, siendo un país de 1.473 millones de habitantes, con un PIB de 16.418.615 millones de euros en 2023, y cuya inversión en Investigación y Desarrollo (I+D) alcanzó el 2,54% de su PIB. La UE de los 27, en su conjunto, tiene un PIB de más de 17 billones de euros, e invierte en I+D el 2,24% del PIB. Unas cifras muy importantes, pero aún distantes del PIB de EEUU, que asciende a unos 25,6 billones, con una inversión en I+D del 3,4%.

Sin duda, el potencial económico y de investigación de EEUU y China es enorme, pero también lo es el de la Unión Europea. Sin embargo, las prioridades políticas y métodos son muy diferentes. Además, si bien la Unión Europea invierte significativamente en investigación, lo hace muy por debajo de EEUU y China. Una inversión insuficiente en I+D, que se agrava por la contrastada dificultad en transformar sus resultados mediante la innovación en competitividad industrial, dificultando el surgimiento de grandes empresas tecnológicas a escala global. Es en este contexto que hay que encuadrar el reciente informe Draghi y el previo de Letta.

La Unión Europea tiene las capacidades para lograr la soberanía tecnológica. Para ello es esencial reducir la dependencia de proveedores externos, fortaleciendo cadenas de suministros críticas, y apoyar a startups tecnológicas. Pero, para lograrlo, necesita asumir su dificultad para competir en un mundo donde el Pacífico es el nuevo epicentro económico y Europa, la periferia.

Ello obliga, por un lado, a aumentar su inversión en I+D y transformar sus resultados en innovación industrial, fortaleciendo sectores estratégicos clave, fomentar colaboraciones público-privadas y replicar éxitos paneuropeos. Y, por otro, a pensar más en clave de Unión Europea y menos en los estados que la conforman. Aunque eso parezca imposible, tanto en lo que respecta a sus inversiones estratégicas, de cooperación interna e internacional; y reformar y uniformizar las muchas regulaciones que frenan el avance en un mundo caracterizado por la rapidez y la interdependencia.

Todo ello requiere unidad y visión estratégica. De hacerlo, o no, dependerá el bienestar de sus ciudadanos.