Un trozo de pizza (?), una caca (?), una cara sonriente (?), un corazón verde (?)... Cada día, 1.600 millones de personas en todo el mundo intercambian 5.000 millones de emojis, las populares imágenes de colores con las que acompañamos nuestros mensajes de teléfono y publicaciones en las redes sociales, y que actúan como una especie de barómetro de nuestras emociones o incluso de nuestra sensibilidad hacia la diversidad: hace 20 años, un emoji no era más que una simple bolita amarilla sin pelo, origen, raza ni género, mientras que ahora hay una enorme variedad donde elegir, desde rostros con cinco tonos diferentes de piel, a hombres, mujeres o género neutro, pasando por todo tipo de comida (?), profesiones (?) y símbolos religiosos (⛪️).

Está claro, pues, que enviar un emoji ha dejado de ser una decisión tomada a la ligera. Sin embargo, poco sabemos de ellos. ¿Dé donde salen los emojis? ¿Cómo se crean? ¿Quién decide los que aparecen en nuestro teclado? ¿Qué impacto tienen en nuestras vidas? Todas estas preguntas son las que se plantea la periodista canadiense Stéphanie Cabre en su nuevo documental, Emoji-nation, que acaba de estrenarse en Arte.tv.

Expresividad

“Antes, los mensajes estaban limitados a 250 caracteres y eso daba muy poco margen para expresar emociones y sus matices”, explica en el documental el diseñador gráfico japonés Shigetaka Kurita, considerado el inventor de los primeros emojis. A finales de los noventa, Kurita, que entonces trabajaba para Docomo, la mayor operadora telefónica de Japón, se dio cuenta de que al reemplazar palabras por pictogramas (en japonés e significa imagen; moji, letra), los mensajes de teléfono quedaban libres de connotaciones negativas y ganaban en expresividad, así que su compañía empezó a introducir algunas de sus creaciones. El resultado: 176 pictogramas pixelados inspirados en señales de tráfico o carteles de las calles de Tokio, ideales para hablar del tiempo o del tráfico, que hoy se exponen en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

“Nunca imaginé que iban a tener tanto éxito”, admite Kurita en el documental. Sus emojis enseguida fueron imitados por otras operadoras telefónicas japonesas como Softbank, creadora del emoji original con forma de caca, marcando el inicio de una auténtica revolución digital.

Dos emojis de peluche dentro de una caja decorada con emojis / PIXABAY

La pandemia cambió el lenguaje

En la actualidad, los emojis se han convertido en un lenguaje universal usado en todo el mundo y que, como el resto de lenguajes, no es estático. Durante la pandemia, por ejemplo, los emojis más utilizados en Twitter fueron el de un virus verde fluorescente que apenas se usaba antes, el del buzón de correos (para envíos de paquetes), el papel de wc, la cara amarilla que llora de risa (?) y el de jabón de manos. Por el contrario, los menos usados fueron el del corte de pelo (??) y el de hacerse un selfi.

“Este alfabeto pictórico no surge de la nada: había que darse un entorno cultural que permitiera a la gente entender este tipo de simbolismo para luego ser capaz de expresarse a través de una imagen visual en lugar de con un texto lineal”, explica en el vídeo Marcel Danesi, semiólogo y profesor Antropología de la universidad de Toronto. Según Danesi, diversos movimientos artísticos, como el futurismo, el dadaísmo o la ilustración de cómics “han contribuido a remodelar el cerebro moderno para que, literalmente, vayamos dando significado a las imágenes, en lugar de procesarlas de forma lineal”.

Melocotón… o culo

Una de las particularidades de los emojis es precisamente que su significado varía según el entorno o plataforma que se utiliza. El pictograma melocotón (“peach”) se usa normalmente para referirse a la fruta del mismo nombre o al culo (?), pero en EEUU también se usa para referirse al término judicial  impeachment (impugnación). Solo un 7% de usuarios de internet utiliza melocotón para referirse a la fruta, según Emojipedia, una página de internet que clasifica los emojis por categorías, significados, diseño y popularidad.

Otro caso curioso es el de la berenjena (?). Mientras en occidente es un símbolo porno, en Japón se asocia con la celebración del día de los muertos, explica Kurita, asegurando que él no lo creó.

Un lenguaje personal

“La gracia de los emoticonos es que pueden servir para crear un lenguaje personal”, explica Jennifer Daniel, especialista en emojis del consorcio Unicode, una organización sin ánimo de lucro con base en Silicon Valley que se encarga de la estandarización de los caracteres que se usan en internet, incluyendo los emoticonos.

Daniel pone como ejemplo el emoticono de un trozo de pizza: “Si a dos enamorados les gusta la pizza, pueden enviarse trozos de pizza para expresar ‘te quiero’. Eso es lo divertido de jugar con imágenes y palabras, y es un juego que no tiene edad”, añade.

Tres emojis con mascarilla / PIXABAY

¿Quién decide los nuevos emojis?

Sin embargo, ¿quién pone las normas de este juego? Es decir, ¿quién decide los emojis que encontraremos en nuestros teclados? Un solo organismo: el consorcio Unicode, que no deja de ser una organización controlada por los representantes de las principales multinacionales tecnológicas. Dentro del consorcio Unicode existe un subcomité que se encarga de aprobar los nuevos emojis, que los ciudadanos de todo el mundo pueden proponer a través de la web.

Uno de los casos más conocidos es el emoji de la mujer con hiyab, propuesto en 2016 por Rayouf Alhumedhi, una estudiante de Stanford de origen saudí que se sentía frustrada al no identificarse con ningún símbolo cuando chateaba con sus amigos. Rayouf explica en el documental que para representarse a ella misma usaba el emoticono de un hombre con turbante unido por una flecha al de una mujer con pelo negro (?➡️??), hasta que un día se hartó y buscó en Google cómo crear un nuevo emoji y encontró la forma de someter su propuesta. “Hay muchas mujeres en tecnología usando el hiyab, tenía sentido exigirlo”, recuerda. Al año siguiente lo consiguió, sumándose a la lista de logros en la batalla por la inclusión que han vivido los emojis en los últimos ocho años.

El hiyab y la pareja gay

Tres años antes, en 2015, se introdujeron los emojis con cinco tonos de piel diferentes. Luego vino el de la pareja gay (?‍❤️‍?), más tarde el de la primera mujer médico, luego el del hiyab y en 2019, la gota de sangre que representa la menstruación, seguido de los emoticonos de género neutro.

“Nos dimos cuenta de que todos estos estereotipos de género no tienen por qué verse reforzados en el teclado”, dice Daniels, que forma parte del subcomité que decide los 60 emojis nuevos que se aprueban al año para todo el mundo.

Cómo formar parte del consorcio

Para tener voto en esta decisión, hay que pagar los 21.000 dólares al año que cuesta ser miembro del consorcio. Los principales son empresas tecnológicas, pero también hay instituciones gubernamentales, como el Ministerio de Religión de Omán, los Gobiernos de India y Finlandia, que abogó por el emoji de la sauna, y la Asamblea de Córcega, que se habría gastado 52.800 euros para promocionar el emoji de su bandera nacionalista, según el documental.

Activismo, márketing, publicidad… todo el mundo quiere formar parte de este nuevo lenguaje de impacto universal. Pero el desafío más grande es otro: ¿es ético que un solo organismo, el consorcio Unicode, concentre todo el poder de decidir qué emoticonos podemos usar, sabiendo que una vez aprobados, no se pueden eliminar nunca más?