Pensamiento

Ataque al patrimonio común

31 diciembre, 2014 08:31

El mundo está como está porque no sabe interpretar casi ningún nombre. ¿Quién sabe nada de Lluís Nicolau d’Olwer? Hijo de un notario, y con segundo apellido irlandés, Nicolau fue diputado, dirigió el Banco de España y presidió la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), inspirada por Indalecio Prieto. Fue uno de los tres ministros de la República que el 17 de abril de 1931 volaron juntos en avión, desde Madrid a Barcelona, para persuadir a Francesc Macià a que desistiera de su proclamada República Catalana. El resultado fue la Generalitat. Los otros dos ministros eran el tarraconense Marcelino Domingo y el granadino Fernando de los Ríos. Parece ser que fue éste -quien provocase la frase de Lenin ‘¿Libertad, para qué?’- la persona que sugirió recuperar la vieja Diputació del General, desconocida por el antiguo coronel que tenían enfrente. Siempre hay sorpresas.

Fue un político catalanista, demócrata y liberal. Veía la democracia como un método, no como un credo

Aquel mismo 1931, cuando tenía 45 años, Nicolau d’Olwer publicó un libro ahora reeditado: La lliçó de la dictadura (RBA), que contiene sus artículos escritos entre 1928 y 1929 en el diario La Publicitat; órgano de prensa de Acció Catalana, de la que fue fundador. Fue un político catalanista, demócrata y liberal. Veía la democracia como un método, no como un credo. La democracia sin la actitud liberal y razonable degenera en oligarquía. Esta actitud es un enfoque humanista: “consiste en mirarlo todo con ojos humanos, captarlo todo con inteligencia humana, amarlo todo con corazón humano”. Quien no admita “que pueda equivocarse y que los otros puedan tener razón, es un individuo absolutamente antisocial, porque no admite la primera ley de la convivencia”. Esta frase merece mi sincero y cálido aplauso.

Nicolau sabía matizar: a la muerte del general Primo de Rivera, señaló que una dictadura bajo el siniestro Martínez Anido hubiera sido una tragedia, pero que bajo Primo de Rivera había sido una penosa ‘opereta’; dio el golpe de Estado “no por propio impulso, sino solicitado, y no para salvarse él, sino para salvar a otros”. Y con respecto a Cataluña, recalcaba que Primo de Rivera, dictador sin sangre, comenzó simpatizando con “el regionalismo de tipismo o culinario” y acabó por tener “una fobia cortante y provincial” a lo catalán. Su hostilidad, creía Nicolau, produjo “más beneficio al espíritu de nuestra tierra que si hubiera continuado su idilio inicial con la derecha catalanista”. No sé.

Contra las pretensiones de los señores de la tierra que se creen con todo derecho de propiedad, se debe alzar “un espíritu amplio de solidaridad ciudadana”

La lectura de su artículo El patrimonio de todos, del 30 de diciembre de 1928, me ha producido especial interés y me ha dado qué pensar. En él cuenta que los ‘botiguers’ de la Rambla de Cataluña pretendían convertirla en boulevard para ganar más, y que asimismo los canónigos de la catedral de Barcelona querían cambiar el coro de sitio y llevarlo al altar mayor; en este caso, para mayor pureza litúrgica. Y asevera Nicolau d’Olwer: Creen que tienen derecho, porque es de ellos. Pero “exageran, exageran mucho. No. La ciudad, con todas sus bellezas y con todos los imponderables de sus tesoros de arte y de historia, es algo indivisible. Cada parcela no es propiedad de quienes efímeramente la regentan. Es un condominio de todos los que allí vivimos e incluso de los que han vivido y de los que vivirán. La Rambla de Cataluña es tan nuestra, de todos, como de los tenderos que allí están. Es más nuestra que de ellos, porque nosotros tenemos el derecho a pasearnos por ella y ellos tienen el deber de mantener allí unos establecimientos decorosos”.

Un párrafo a releer. En efecto, hay realidades indivisibles y “cada parcela no es propiedad de quienes efímeramente la regentan. Es un condominio de todos los que allí vivimos e incluso de los que han vivido y de los que vivirán”. Contra las pretensiones de los señores de la tierra que se creen con todo derecho de propiedad, se debe alzar “un espíritu amplio de solidaridad ciudadana” que, con constancia, tenacidad y decidido propósito de vencer, “haga imposible el nacimiento de proyectos que son un ataque al patrimonio común”. Nosotros podríamos decir hoy algo parecido, escribiendo ‘éxito’ en la última frase, en lugar de ‘nacimiento’. Ante los ataques organizados y continuados contra nuestro patrimonio común, no puede haber indiferencia, sino sensatez, coraje y dignidad.