Nacho Vegas
Nacho Vegas y la ética de la canción imperfecta
Tras veinticinco años de trayectoria, el músico asturiano publica Vidas semipreciosas, su noveno álbum de estudio, una colección de canciones sobre el paso del tiempo, el compromiso social y la belleza de lo imperfecto
Cuando éramos cursis a muchos fanáticos lectores de las revistas Rockdelux, Q, Rolling Stone o Mojo nos gustaba llamar songwriters a los músicos que escribían sus propias canciones y nos parecían guais. Nuestro tierno catetismo nos hacía creer que en el grupo de los buenos solo podían estar artistas extranjeros, preferiblemente anglosajones: Bob Dylan, Nick Drake, Leonard Cohen. Los cantautores —pronúnciese con toda la condescendencia del mundo— eran un tostón. Y además eran nuestros. Los de la tradición del ripio y la guitarrita de madera. Los de la americana de pana y la caspa del mitin pesuquero tardofranquista: "¡A cabalgar, a cabalgar, hasta enterrarlos en el mar! ".
La diferencia no era terminológica o solo naïve. Funcionaba como tonto cortafuegos generacional o marcador de estatus. Los songwriters encarnaban en nuestra risueña imaginación una forma elevada de canción popular: sujetos sensibles pero irónicos, críticos con su realidad política pero reacios a pontificar, poetas legitimados por un halo carismático que los libraba de cualquier sospecha de boina. Los cantautores —Jose Luis Perales, Patxi Andión, Paco Ibáñez, Víctor Manuel— eran los pesados, los que cantaban al amor banal o llamabab a una lucha de clases que nos parecía —estamos hablando de los tiempos del aznarato— superada, los que se parecían a nuestros padres. No se crean que era una cuestión de edadismo, también mirábamos por encima del hombro a contemporáneos: Ismael Serrano, Pedro Guerra, Javier Álvarez o Rosana.
Nacho Vegas (Gijón, 1974) que pareció desde el principio pertenecer sin fisuras al primer grupo, al de los songwriters, nos demostró con el tiempo, disco a disco, canción a canción, que muchas veces también pertenecía al segundo, el de los cantautores. Y, sobre todo, que lo mejor, como casi todo en la vida, era reventar esas costuras para salirnos de la impostura, de la cobarde superioridad moral y poder así disfrutar de la música sin las anteojeras de nuestra gilipollez.
Claro que había cantautores españoles que eran unos ñoños o relamidos, pero en la misma medida que en cualquier tradición cultural. Incluso con el paso del tiempo en los cancioneros de algunos de aquellos cantautores de los que antes renegábamos, si uno buscaba bien, se podía encontrar temas brillantes, que emocionaban, que conectaban con una realidad no tan boyante o exquisita como nos gustaba suponer en aquella época.
'Actos inexplicables'
Con la publicación de su primer disco en solitario, Actos inexplicables, Vegas fue uno de los primeros prisioneros en escapar de la caverna platónica del indie nacional. Había formado parte de Eliminator Jr. y Manta Ray dos de las bandas más destacadas de lo que se vino a llamar el Xixón Sound, la escena de grupos, locales, fanzines y radios libres de a ciudad. Eran tiempos donde se consideraba de mal gusto —hortera— cualquier forma de reivindicación social o incluso cantar en castellano. El correlato cultural de una época marcada por el individualismo hedonista o cortavenas y una desconexión casi programática de cualquier tradición propia.
En ese primer disco destacaba El ángel Simón, una kilométrica canción dedicada a la prematura muerte de su padre (exalto cargo del PSOE), llena de oscurantismo, humor negro y fascinación por la herida. En su último disco —el magnífico Vidas semipreciosas, digámoslo ya— podemos encontrar su réplica o continuación en Fiu —hijo en asturiano— primer tema que el gijonés dedica a Cristina Vegas. Si la primera canción canta a la memoria doliente del padre muerto —“pienso en ti cada día”— la segunda es un folk alegre y celebratorio de la vida, el linaje político y las enseñanzas de su madre: “me enseñó que sin justicia libertad no es cosa cierta”.
En los 25 años que van del uno al otro Vegas ha construido una trayectoria a todas luces excepcional, insobornable y personalísima, consecuente de una manera nada obvia. En ella conviven lo confesional y terrible de la oda a la heroína de El jardín de la duermevela con la festiva luminosidad humorística de El hombre que casi conoció a Michi Panero. La denuncia social, en la mejor tradición pop de sus admirados The Housemartins, en muchas de las canciones que compuso tras el 15-M: Resituación, Runrún o el deleite melódico de canciones de La zona sucia o los arreglos de San Remo —a lo Augusto Algueró— de esa última maravilla llamada La Bestia, que propone una inteligente teoría poética, es decir, de cómo demonios da el tipo con una canción.
'La zona sucia'
En ese trayecto, una de las virtudes más constantes de Vegas ha sido su manera de titular sus trabajos. Cada sintagma que da nombre a sus discos funciona como un núcleo semántico alrededor del cual se organiza el sentido general. Si La zona sucia tomaba prestado un concepto de la Fórmula 1 para hablar del lugar donde se acumulan los restos, el desgaste y la materia quemada de la vida, Vidas semipreciosas vuelve a operar de forma similar. Las piedras semipreciosas —menos duras, menos puras, menos valiosas— son, precisamente por eso, más próximas a nuestras existencias. Nada de joyas inalterables, sino bisutería frágil e imperfecta.
El nuevo disco es un compendio estimulante de todo lo anterior y añade al repertorio alguna faceta nueva. Se abre precisamente con Alivio —una de esas novedades— que parte de una cita del beatnik William S. Burroughs —“quizás cualquier placer sea un alivio”— para reflexionar sobre qué se esconde tras nuestra necesidad de hedonismo. Tal vez, parece decir Vegas, el placer no sea más que un placebo necesario, una tirita ante tanta rozadura del día a día. El tratamiento musical, insistimos, añade sonoridades estimulantes: hay recitado y cuerdas airadas y entre ellos se estable un contraste deliberado y vivificante.
Entre las catorce canciones que forman parte del disco encontramos tres interludios construidos a partir de las voces de presos o personas condenadas por la justicia española. Denuncian casos de abuso judicial o (supuesta) persecución política: Alsasua, Los seis de Zaragoza, el Procés y la condena a las sindicalistas de Las seis de la Suiza.
'Vidas Semipreciosas'
Esos fragmentos no funcionan como simples consignas ni como relleno militante, sino como irrupciones de lo real. Voces concretas, con nombre y contexto que recuerdan que detrás de los grandes relatos jurídicos y mediáticos hay vidas atravesadas por casos desproporcionados, condenas ejemplarizantes o una concepción expansiva del castigo. Lejos de solemnizar el discurso, Vegas los integra con naturalidad en la secuencia del álbum, aceptando que la canción popular —si aspira a decir algo verdadero sobre su tiempo— no puede mantenerse al margen de la violencia institucional ni de la criminalización de la protesta.
El álbum no se concentra solo en las reivindicaciones o consignas de la izquierda más combativa, o que esos discursos sirven para dar empaque comprometido o impostado a una obra banal. Vegas ha conseguido que todo le funcione de forma orgánica, que aceptemos que un tema humorístico como Deslenguarte —junto al sin par Albert Pla— puede ir al lado de los deliciosos consejos para no perder la esperanza de la mano de la poeta Mary Oliver en Los asombros o el folk reivindicativo y en asturiano de Seis pardales, con la ayuda de Rodrigo Cuevas. Si todo disco es una obra colectiva, este lo asume y lo celebra. Se incorporan voces, idiomas —euskera, catalán, asturiano—, colaboradores, productores y artistas gráficos como Candela Serra para las ilustraciones del vinilo.
En fin, la obra de Nacho Vegas ha ido demostrando que todo lo que propone puede confluir de manera coherente: lo íntimo y lo político, la tradición y la disidencia, el folk y la independencia artística, la herida personal y la conciencia colectiva. Al final los que no nos enterábamos éramos nosotros. Porque la desgana y el cinismo son cómodos y parecen (falsamente) elegantes, pero la buena música popular no puede prescindir de aquello que escribían con obcecación los cantautores: la denuncia de los excesos de los poderosos, la defensa de los más desprotegidos o la importancia de los cuidados. Las guitarras —por mucho que se empeñara Woody Guthrie— no matan fascistas, pero sí pueden servir para reunirnos en la defensa de lo colectivo y lo justo. Porque nada de eso, diga lo que diga el algoritmo en este tiempo de lobos, puede ser cutre o trasnochado