“Un día sin música es un día perdido”, decía el difunto George Steiner. Los que comulgamos con esa idea nos preparamos para un 2024 lleno de citas con compositores de los que se celebra algún aniversario, una oportunidad como otra cualquiera para dedicarles una mayor atención y esperar buenos conciertos en las mejores salas europeas. Este año nuevo nos trae efemérides de Josef Suk, Luigi Nono, Smetana, del estreno de la séptima de Sibelius, Milhaud, Joaquín Rodrigo, Bruckner, Richard Strauss, Schönberg, Fauré, Gustav Holst, Chopin, Charles Ives o de la novena de Beethoven. De entre todos ellos empezamos hoy con el bicentenario del nacimiento de Anton Bruckner y el centenario de la muerte de Gabriel Fauré.

Bruckner es un compositor que ha ido adquiriendo cada vez mayor relevancia desde su redescubrimiento a lo largo del siglo XX. De ser un tardoromántico postwagneriano, considerado a veces demasiado ampuloso, cuando no unspielbar, imposible de tocar, pasó a ser un precursor revolucionario. Después de la segunda guerra mundial, los mejores directores, de Otto Klemperer a Karajan, Eugen Jochum, Pierre Boulez, Celibidache o Günter Wand, se afanaron en dar su particular versión de las monumentales sinfonías del austríaco.

Anton Bruckner (1885) dibujado por Hermann von Kaulbach

Gracias a ese revival, tenemos hoy una discografía inagotable que en sus mejores grabaciones nos da una visión poliédrica de un universo sonoro único y fascinante. Si la sinfonía romántica, de Beethoven en adelante, fundó el idioma secular, emancipado de la música religiosa, Bruckner utilizó esa nueva forma para recuperar el canto medieval. Su extrema modernidad estriba en esa tensión entre un estilo que nació para la expresión de la subjetividad y al que sin embargo Bruckner le obliga a salir de la misma para seguir alabando a la divinidad. 

Si uno escucha su temprana música religiosa, como sus maravillosos motetes, sus grandes misas o su bellísimo y poco divulgado Requiem, entenderá mejor cómo el que fuera organista del monasterio de San Florian, ya en su época madura y especialmente en su vejez, consiguió crear un nuevo lenguaje sinfónico hecho tanto de Beethoven, Schubert y Wagner como de Bach y la polifonía medieval y renacentista. Buena parte de la fascinación que Bruckner ha ejercido en el oído moderno se explica por esa espiritualidad tácita que comunican sus nueve grandes sinfonías. Su sonoridad viene del templo y su arquitectura recuerda el espectro de coros extintos, mientras que su obsesivas repeticiones, a veces meras escalas, como en la octava, desafían las linealidad propia del relato romántico, devolviendo lo humano a su lugar secundario, ancilar de lo numinoso. 

'Requiem'

En nuestra época se han grabado muchas integrales de Bruckner, algunas notables, como la de Daniel Barenboim con la Statskapelle de Berlín, y otras excelentes, como la muy reciente de Herbert Blomstedt con la Gewandhaus de Leipzig, pero este año sobresale el proyecto de Markus Poschner con la muy bruckneriana orquesta de Linz. Para celebrar el bicentenario del compositor, Poschner se ha decidido a grabar todas sus sinfonías –incluida la nullte, la anulada por su autor y que por eso tiene en el catálogo el número cero– en todas las versiones que hizo.

Bruckner, que era de suyo maniático –padecía de “aritmomanía” o compulsión por contar–, nunca dejó de revisar sus obras, a veces por petición de los perplejos directores de la época, que no entendían lo que estaba haciendo, y otras por su propia insatisfacción. La fijación de sus partituras es por eso particularmente problemática y las orquestas se ven obligadas a elegir una u otra edición. Poschner ha querido grabarlas todas y gracias a ello podemos ir escuchando su evolución compositiva en una propuesta experimental. 

El resultado, hasta la fecha, es notable y a ratos excitante. La lectura de la quinta, sobre todo, y luego de las sucesivas versiones de la cuarta y la octava, es excelente. Poschner demuestra que conoce bien la música y que tiene algo que decir sobre ella. Su aproximación es a menudo arriesgada, sorprendente, llena de decisiones peligrosas que a la postre se demuestran acertadas para el conjunto orgánico.

Grabación de la Octava Sinfonía de Bruckner dirigida por Markus Poschner e interpretada por la orquesta de Linz

Su Bruckner es más seco y austero que las versiones canónicas de Celibidache o Jochum pero por ello mismo resulta convincente y seductor. A lo largo de este año, esperamos que se vayan publicando el resto de grabaciones, además de los conciertos que el director alemán, con apenas cincuenta años, va a dar en distintas salas del orbe germánico, especialmente en el monasterio agustino de San Florian, a medio camino entre Viena y Salzburgo, en cuya iglesia se encuentra el sepulcro de Bruckner. 

El 2024 también será el del centenario de la muerte de Gabriel Fauré. En su funeral, celebrado en la iglesia de la Madeleine de París, se tocó su Requiem, una obra tan popular que ha llegado a eclipsar el resto de sus composiciones. Fauré escribió la misa de difuntos afectado por la muerte de sus padres, entre 1886 y 1888. Como Bruckner, él también había sido organista –de la Madeleine– y la experiencia de acompañar tantas ceremonias fúnebres al teclado le ayudó a componer su obra maestra.

Gabriel Fauré

El Requiem conoció tres arreglos, el primero para coro, órgano, violines y timbales, un segundo en el que el autor añadió la parte del barítono y un tercero para orquesta, que suele ser el que se toca en concierto. La originalidad de la obra estriba en su carácter apaciguador, de aceptación de la muerte y celebración de la vida. Para ello, Fauré omitió el tradicional Dies irae del género y lo sustituyó por el responsorio In Paradisum. Asimismo incluyó un Pie Jesu, inicialmente pensado para voz blanca, pero que pronto empezó a ser cantado por soprano.

Es uno de los movimientos más bellos jamás escritos. Entre las grabaciones clásicas, destaca la de André Cluytens de 1963, con Dietrich Fischer-Dieskau y Victoria de los Ángeles, que canta un Pie Jesu inmenso. También es muy recomendable la de Andrew Davis, grabada en 1977, con la Philarmonia. Ese disco se complementa además con el Requiem de Maurice Duruflé, inspirado en el de Fauré y también muy hermoso. 

Como decíamos, el Requiem ha eclipsado el resto de la obra de su autor, por ejemplo Pelléas et Mélisande, su suite orquestal, o su música para piano –excelente la grabación de Nicolas Stavy– o sus maravillosas canciones, sobre todo Aprés un rêve, originalmente compuesta para voz y piano y a menudo adaptada a chelo o violín y piano, como en la reciente interpretación de la joven prodigio María Dueñas. Pero hay que escuchar también la versión vocal. El disco con todas las Mélodies de Fauré, cantadas por Barbara Hendricks, con Michel Dalberto al piano, es muy recomendable. Extraordinaria es también toda su música de cámara, tan proustiana, como su Élegie, para chelo y piano. Y sobre todo su cuarteto de cuerda, escrito al final de su vida.

'Pelléas et Mélisande'

Maurice Ravel, discípulo de Fauré, le había dedicado su cuarteto en 1903 y le había animado a componer uno propio, pero el maestro siempre se negó, demasiado intimidado por la preeminencia de Beethoven en el género. Pero al final de su vida se atrevió y nos dejó una obra maestra en tres movimientos que constituye su testamento, ejemplo cabal de late style, de estilo tardío, como los últimos cuartetos de Beethoven, a los que mira sin dejarse cegar. Hay una grabación suprema del cuarteto Ebène en la integral de su música para cuerdas y piano editada por Erato. 

Tanto Bruckner como Fauré demostraron, cada uno a su muy distinta manera, cómo la extrema atención al pasado puede ser una forma de revolución artística mucho más perdurable que la ostensible vanguardia. Escuchar su obra en el siglo XXI es una experiencia distinta, reparadora. Sigamos, pues. Feliz año musical.