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1972: El año en que renació el rock

Roxy Music y David Bowie publicaron trabajos ese año y cambiaron muchas cosas, una revolución musical que podrían descubrir ahora algunos adolescentes

El cantante, líder de Roxy Music, Bryan Ferry, en una actuación / EFE
El cantante, líder de Roxy Music, Bryan Ferry, en una actuación / EFE

El 16 de junio de 1972 fue un día glorioso para la música pop británica en el que salieron dos discos sensacionales que tendrían una influencia colosal sobre mucho del material por venir: el primer álbum de Roxy Music (titulado, simplemente, Roxy Music) y el quinto de David Bowie, The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Mañana jueves se cumple el aniversario número cincuenta de la efeméride y creo que no va mal recordarla en los tiempos que vivimos, cuando el rock ha dejado de ser relevante, no le interesa prácticamente a nadie que no haya cumplido el medio siglo de vida y los jóvenes buscan sus emociones en otros géneros que, por regla general, a los supervivientes del mundo viejuno nos ponen los pelos como escarpias. Huelga decir que ambos discos han envejecido magníficamente y siguen sonando tan frescos como cuando se grabaron: no hay en ellos ni una sola canción mala o mediocre, pueden escucharse de principio a fin sin detectar un solo momento muerto y son de lo más parecido que he encontrado a genuinos monumentos de la música pop del siglo XX.

David Bowie, en un concierto en Washington el 11 de noviembre de 1974 / HUNTER DESPORTES (CREATIVE COMMONS)
David Bowie, en un concierto en Washington el 11 de noviembre de 1974 / HUNTER DESPORTES (CREATIVE COMMONS)

En 1972, las cosas no acababan de funcionar muy bien para David Bowie. Su primer álbum había pasado inadvertido. Del segundo, básicamente la obra de un folkie, solo había salido un hit, Space oddity, con el que nuestro hombre creyó que se la abrían las puertas de la fama, pero no fue así. Su tercer disco, The man who sold the world, constituyó un fracaso comercial absoluto, y hasta la crítica, aunque reconociéndole ciertos méritos, lo encontró tremendamente deprimente (lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que surge de la muerte prematura del hermanastro esquizofrénico del artista: corre por Movistar una interesante película, Stardust, que retrata muy bien al Bowie cuya carrera parece no ir a ninguna parte). El cuarto, Hunky dory, fue su primer gran disco y el público empezó a prestarle atención. Pero el estrellato no le llegaría hasta el quinto, el protagonizado por un extraterrestre andrógino llamado Ziggy Stardust e inspirado en uno de los mayores excéntricos del rock, Vince Taylor, un tipo que, a principios de los 60, actuaba embutido en prendas de cuero y maquillado y que acabó como una regadera, avistando ovnis y creyéndose la reencarnación de Jesucristo. Finalmente, Bowie había logrado fabricar un disco física y conceptualmente redondo a base de un folk rock con tintes futuristas que funcionaba a la perfección y que le voló la cabeza a más de un adolescente (yo incluido) cuando salió a la venta.

Salvar la vida a una generación

Lo mismo me ocurrió con el primer álbum de Roxy Music, uno de los primeros y más logrados intentos de convertir el rock en una faceta más del arte contemporáneo. Su líder, Bryan Ferry, iba para artista --tuvo como profesor en la universidad de Newcastle a Richard Hamilton, uno de los padres del pop art-- y sobrevivía como profesor de dibujo en una escuela para niñas de Londres cuando empezó a escribir las canciones que acabarían en aquel experimento de rock retro futurista que fue la primera entrega de su grupo. Con una voz melodramática que a veces parecía parodiar a Elvis Presley, Ferry retorció el pop de tal manera --con la oportuna colaboración de Brian Eno y sus ruidillos-- que lo convirtió en algo totalmente nuevo que, de hecho, partía del reciclaje de todo tipo de material previo. Roxy Music sonaba a música del futuro compuesta en el pasado. A mí me resultó fascinante desde la primera escucha, tal vez porque no recordaba a nada concreto de los años 60 y a todo a la vez. En los 70, no lo olvidemos, el rock estaba en plena evolución y todos andábamos a la busca del más difícil todavía, de cosas que nos sorprendieran y nos volvieran tarumbas. En ese sentido, Bowie y Roxy nos salvaron la vida a unos cuantos, de la misma manera que los Beatles y los Stones se la salvaron a la generación anterior (y los Smiths a la siguiente).

Brian Ferry, uno de los iconos de la música rock elegante / WIKIPEDIA
Brian Ferry, uno de los iconos de la música rock elegante / WIKIPEDIA

1972 nos dio a algunos ciertas alegrías suplementarias. En noviembre apareció el segundo disco en solitario de Lou Reed, Transformer, producido por David Bowie y su guitarrista, Mick Ronson, que sigue siendo a día de hoy mi favorito del artista (aunque a los puristas les parece una obra de Bowie por persona interpuesta, lo cual a mí ya me está bien). Y en un momento indeterminado del año, Steve Harley formó su grupo Cockney Rebel, los grandes olvidados de los años del glam rock, cuyos dos primeros discos, The human menagerie (1973) y The psychomodo (1974), siguen pareciéndome sendas obras maestras (sustituir la guitarra por el violín eléctrico fue una idea brillante que le dio al material una sonoridad muy especial).

Conclusión: creo que 1972 fue uno de los mejores años en toda la historia de la música pop. Celebremos que muchos de los que lo vivimos aún seguimos arrastrándonos por este planeta. Y confiemos en que algunos adolescentes curiosos los descubran un día de éstos, cuando ya estén hartos de divas, raperos y gañanes del reguetón: la esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde.